7/05/2012

MINEROS




Mineros
por Pedro Patzer
 
Ahí viene el hombre, ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre, allí viene/debajo de su poncho” - escribió el poeta chileno Gonzalo Rojas, hijo de un minero.
El minero dice “haiga”, el minero dice: “al dentrar”: ¿Será que en las profundidades de la tierra hay verbos en estado puro, verbos sin reales academias, verbos con la fuerza del volcán y con el testimonio de la primera piedra del mundo, verbos con la gramática del socavón?
La tiranía de la definición indica que la minería es una de las actividades más antiguas de la humanidad, consiste en la obtención selectiva de minerales y otros materiales a partir de la corteza terrestre. Sin embargo, la definición omite que el minero es el panadero de la tierra, el jardinero de la flor del petróleo, el sacerdote que celebra la misa de la roca y el cerro escondido.
“...creadores de la profundidad,/saben, a cielo intermitente de escalera,/ bajar mirando para arriba,saben subir mirando para abajo...” (César Vallejo)
El minero integra la hermandad de los soles recónditos, la cofradía de las profundidades de la tierra, la congregación de los hombres que confunden el día con la noche, pues los ojos del minero se enfrentan al sol como virgen ante el bullicio del deseo, porque el minero es el obrero del oro de la sombra, peón de los ocasos dormidos bajo el mundo.
Juan Navarro insepulto y sepultado/ yace en el fondo de la mina oscura./ Afuera el sindicato con premura/ un grandioso homenaje ha preparado./ "Fue mártir del progreso, fue soldado..."/ Declama el intendente en su lectura/ y en solemne responso el señor cura/ lo llama "boliviano iluminado"./ De qué sirven los cirios y oraciones/ y ese cheque que firman los patrones/ y ese cura, ese juez, esa bandera?/ De qué sirve todo eso Juan Navarro/ si estás muerto y pudriéndote en el barro/ sin saber que en Oruro es primavera?” (Carlos E. Figueroa)
Minero, profanador del secreto hondo del planeta, tiene una santa de las profundidades, Santa Bárbara, y un espectro de mujer que cada tanto lo acecha, la viuda negra. Como se sabe, la mujer tiene prohibido el ingreso a la mina, se cree que si ella penetra en el socavón la maldición caerá sobre los mineros. Extraño, si se tiene en cuenta que la Pachamama, la Madre Tierra, es mujer, pero también curioso si se considera la importancia de la Palliri (mujer que selecciona los minerales) a la que Manuel J. Castilla le dedicara un poema: “Qué trabajo más simple que tiene la palliri./Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,/elige con los ojos unos trozos de roca/que despedaza a golpes de martillo en la tierra...Qué inútil que sería decir que en sus miradas/hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;/que pudo ser pastora de las nubes/ y se quedó en minera,/que pudo hilar sus sueños por las cumbres/viendo bailar la rueca” Víctor Montoya, escritor boliviano, sostiene: “Cuentan que el Tío (El Tío, deidad andina de los mineros) se enamoró de la Palliri más hermosa del campamento minero. Respondía al nombre de Soledad Chungara; tenía las trenzas largas y la piel más blanca que la porcelana china, y aunque a veces parecía una monja, mantilla blanca en la cabeza y pollera negra que le daba más abajo de las rodillas, era tenida por mujer de mala vida. Los mineros no se atrevían a mirarla a los ojos, porque decían que su desgracia estaba escondida en su belleza”
El minero es el intérprete del ancestral canto de la tierra, devenido en piedras. Él habita las hondas oficinas del planeta, allí donde las ventanas muestran los antiguos océanos de la humanidad ¿Será por eso que los mineros urden los primeros inventarios de la noche secreta del mundo?
Las manos del minero develan el antiguo testimonio del corazón del planeta, rasguean la guitarra paleolítica, tocan el viejo tambor del mundo.
Ebrio del vino de abajo, de la sangre de la tierra, del rocío planetario, el minero navega a través del río de los siglos de la roca, de ese vino, sudor de los primeros que sembraron el día nocturno de la mina, lágrimas de los que lloraron el paraíso perdido en el oro, arroyo seco de los pobres ricos que hacen tumbas llamadas minas, sangre del Cristo minero que perdura en cada piedra que el obrero del socavón trabaja, sin saber que está urdiendo con sus manos, su propia lápida.

6/25/2012

ESTACIÓN KOSTEKI Y SANTILLÁN (AVELLANEDA)





ESTACIÓN KOSTEKI Y SANTILLÁN (AVELLANEDA)
Entrar a la muerte de a dos, en un invierno de pólvora
dos rostros que crecen en los muros,
dos nombres que crecen en la historia
dos epitafios de aerosol y nadie olvida la canción
de aquel junio, en que en Avellaneda
volvieron a matar al mundo
y ellos querían alcanzar el puente
y ellos querían alcanzar el puente
Dejar de ser dos cuerpos del ayer
y comenzar a ser el espíritu de lo que vendrá:
el nombre de una estación que huela a olla popular
el dibujo de la bandera, pañuelo de las lágrimas
del otro planeta, del que aún no tiene mapas,
ni conquistados, ni arrabales, ni fronteras
y ellos querían alcanzar el puente
y ellos querían alcanzar el puente

PEDRO PATZER, POEMA PERTENECIENTE A CANCIONERO DEL TREN ROCA (VÍA QUILMES)

6/14/2012

EL LUNFARDO DE DIOS







El lunfardo de Dios
por Pedro Patzer*
 
Dios chamuya en la boca de algunos hombres, Dios habla en la boca del mendigo que nos pide una moneda, porque sospechamos que nos está reclamando un algo más, quizás romper el mundo y construirlo desde un lugar mucho más humano, o nos invita a reconocer quién es el mendigo y quién el rico, porque sólo es rico el que está lleno de cosas que nadie podrá robarle nunca:¡No hay ladrón que pueda con la riqueza de un hombre libre!
Dios chamuya en la boca de aquella muchacha que entona nanas campesinas, canciones de cuna que arropan universos pequeños, Dios habla en la boca del pescador que de a orilla en orilla, multiplica milagros paganos, mientras la lavandera enjuaga las viejas banderas de los modestos naufragios de río. Dios chamuya en el canto del pájaro, que lleva al calabozo, todas las canciones del día que el preso tiene vedadas. Dios habla en el chillar de la vieja bicicleta del anciano cartero y en la mirada de Lola, la última chamán ona. Dios chamuya en el arco iris que se burla de hermosura del riachuelo contaminado y en el pan duro, en el río seco, en el bosque devastado (ahí Dios habla con ese idioma tan parecido al silencio) Dios chamuya en el sirviñacu en que los amantes prueban que cada día es una eternidad en el amor, y habla en el que planta un árbol, en el que levanta su voz en defensa de un cerro (Famatina no se toca, suele decir Dios, en la boca de algunos riojanos) Dios chamuya en la canilla que gotea infancia en el patio de un poema de Rafael Amor y en la radio AM donde la madrugada porteña se hace voz de Dolina.
Dios habla en el crujir del bote del jangadero , en las manos heridas del minero, en el movimiento de Viracocha en el maíz, en la coca que se mastica en la puna. Dios habla en murmullo de salamanca, chamuya en la boca de ese diablo tan lleno de milagros provincianos. Dios habla en la obrera de burdel, que tal vez dice la palabra necesaria, para que los náufragos de la noche alcancen la isla del día, y chamuya en los ejes de la carreta que el juglar de los antiguos caminos se niega a engrasar
Dios habla en el solitario galopar del caballo salvaje, Dios chamuya en los ladridos del perro de campo que le da la bienvenida al forastero y al fantasma
Dios habla en la boca del anciano que nos cuenta que el mar empieza en la mirada de una mujer, y chamuya en la boca de la mujer que nos enseña que el desierto comienza en su ausencia. ¿Pero Dios existe? ¿Pero este es un texto religioso? Dios chamuya en mi duda, en mi desconcierto, en mi asombro, en el tic tac del reloj que me sigue recordando, lo poco que dura este milagro

6/01/2012

El Grito Sagrado




El Grito Sagrado
por Pedro Patzer*
 
Entre los fiscales del buen gusto (sibaritas de la cultura) y los mercachifles de la industria cultural (que por haber domado a algunas fieras de poco vuelo, se creen expertos en doma y canto), entre los corsarios de ríos secos (showmans, y managgers), y un país que le da la espalda a sus tesoros espirituales, una nación tilinga, devastada por la colonización cultural, que aplaude a rabiar el solo de guitarra del virtuoso gringo, lo que no está mal, pero deja morir en la pobreza y el olvido a la lira de Luis Franco. Entre todo esto me pregunto, Pedro: ¿para dónde va la vida? ¿si la mayoría acepta ser parte del club de la gran simulación, yo debiera sonreír y participar del mismo cóctel de elegidos, y decir palabras amenas acerca de la cultura? ¿Y qué pasa con el destino de cada hombre? ¿y qué con el sino de cada alma? ¿acaso no es una catástrofe presentarse ante alumnos de un terciario y que ellos no sepan quién es Atahualpa Yupanqui? ¿Qué debo hacer, seguir acariciando a la cómoda bestia de la cultura, o darle una patada para intentar sacarle su grito sagrado? ¿No nos cansa el confort cultural y estar tan de acuerdo en seguir levantando monumentos que ni siquiera le sirven de techo al mendigo? ¿Por qué mejor no tener una cultura popular monumental, una vida monumental? ¿Cuántas necrológicas habrá que escribir hasta urdir un manifiesto que nazca para nacerlo todo, una proclama que se parezca a la garganta desesperada del que en el medio de su provinciano abismo, canta la patria de los solitarios, la patria de los que ni el eco le presta su ejercicio, para sostener sus voces? Pienso en Borges y en Horacio Guarany, me pregunto: ¿por qué nunca nuestra cultura los sentó en la misma mesa?; pienso en Landriscina, que jamás fue considerado miembro de la academia argentina de Letras: ¿acaso alguien ha conseguido describir literariamente al carácter argentino, mejor que cada cuento de Landriscina? Pienso en los medios masivos que sólo mencionan a artistas populares cuando estos mueren, y ahí recuerdan la importancia de su obra, y hacen informes con pianito de fondo, incluso el presentador de la noticia se atreve a agregar un bocado: “ ...hasta siempre querido Chango...pasamos a deportes: ayer ganó Boca...” Es que es hermoso que te den una palmada en la espalda, que te consideren parte de la cosa, pero amigos, ¿de qué sirve ser un hombre de la cultura, cuando tu cultura está colonizada? Es como ser dueño de una casa tomada. ¿Alguna vez tuvieron noticias de alguna película catamarqueña, de alguna obra de teatro formoseña, de un pintor de Chubut ? José Agustín Ferreyra “¿quién?” - pregunta el experto en cine iraní y Nouvelle vague. José Agustín Ferreyra, repito, el Negro Ferreyra, el cineasta argentino, el que en la década del ´20, filmó películas con un marcado localismo estético que fundamentalmente retrataban los personajes y situaciones del suburbio porteño y al que por supuesto, los hombres de la cultura “civilizada” dieron la espalda, tal es así, que casi nunca le cedieron una sala para exhibir sus obras, porque Ferreyra, iba contra los cánones de lo europeizante, valores heredados del axioma Civilización y Barbarie, donde por supuesto lo bárbaro siempre fue lo nativo, mientras que lo civilizado, lo extranjero. En este contexto: ¿quién quiere ser un héroe cultural? Pues, sería transformarse en algo así como la mucama del millonario, que por vivir en una mansión, comienza a pensar como su patrón, olvidando que sus hermanos e hijos, siguen viviendo en la misma calle de tierra, donde la lucha por el pan, prosigue trágicamente.
Considero que ha llegado el momento en que nuestra cultura popular debe dar un paso trascendental, para que ella comprenda que en la historia de cada hombre está la cultura y que cada hombre debe hacer cultura con su propia historia, con su padre desocupado, con su abuelo con chagas, con la inundación que le derribó la casa, con el guiso flaco que muchas veces le puso seudónimo al hambre, con el maltrato que sufren muchas mujeres, con el desierto que crece en tantas cosas.
Es tiempo de que la cultura salga de los museos y de las secretarías de cultura, y tome las calles de tierra y las avenidas , y huela un poco a bosta y al perfume de las flores que crecen en nuestros jardines, a asado de albañil y a comedor comunitario, una cultura que refleje más el país que somos en los sueños, y no el país que sueñan los esbirros de la “alta cultura”, porque esta es una época en que el grito sagrado viene creciendo, y viene siendo algo así como un malón de ilusiones dispuesto a llevarse puesta a esa idea de “civilización” que sólo se dedicó a cortar y pegar, fórmulas extranjeras y a negarle el espacio que se merece la cultura interior.
Como hizo José Hernández con su Martín Fierro, el Negro Ferreyra con El tango de la muerte, Teresa Parodi con sus personajes del Corrientes profundo y tantos que se animaron a narrar la vida en argentino, a ponerle música y coplas a las heridas de sus hermanos, a levantar las banderas de las naciones íntimas, aunque el viento sea flaco, aunque los desprecien los cronistas que trabajan para el Konex, aunque no los difundan los medios masivos, porque a la larga, sus obras serán espejos donde los hombres libres, habrán de mirarse 

5/11/2012

Patio, declive por el cual se derrama el cielo en la casa


Patio, declive por el cual se derrama el cielo en la casa
por Pedro Patzer*

El patio es el declive/ por el cual se derrama el cielo en la casa./ Serena,la eternidad espera en la encrucijada de estrellas./ Grato es vivir en la amistad oscura/ de un zaguán, de una parra y de un aljibe” - escribió Jorge Luis Borges
El patio es el primer escenario de la ilusión , el puerto donde la nave de la vida comienza su travesía ¿Cuántos mundos y paisajes se han inventado en los patios?¿Cuántas batallas se han librado en ellos? ¿qué edad de tardes y madreselvas tienen, estos nidos de infancia y canto? Patio, imperio del sol, aventura de los exiliados de la siesta,primera excusa de las guitarras
Silencio. Sólo queda/ un olor de jazmín./ Lo único igual a entonces,/ a tantas veces luego…/¡Sinfin de tanto fin!” Patio Primero de Juan Ramón Jiménez
¿Cuántos forasteros de la infancia regresan al patio? ¿cuántos héroes de tierra, cuántos inventarios de gorriones? ¿Cuántas parras y cuántas madreselvas, cuántos diciembres de jazmines insurrectamente amarillos, cuántos silencios de primeras ausencias, cuánta vejez en el ronquido de la campana, habrán poblado el viejo patio? ¿cuántas lluvias de nadie, cuántos naufragios de la nostalgia?
Con la tarde/ se cansaron los dos o tres colores del patio./ Esta noche, la luna, el claro círculo,/ no domina su espacio./ Patio, cielo encauzado” Un patio, Jorge Luis Borges
En el primer patio hay inconmensurables tesoros, aunque los niños envejecidos, sobornados por el destino adulto, pierden sus mapas, porque en los patios los ángeles descansan en sus brisas y las luciérnagas se confunden entre el escándalo de estrellas
¿Qué camino nos devuelve al patio, qué horóscopo de niñez e imposible, nos vislumbra el regreso? En el patio se inicia un idioma tan rico, que a veces cuando entramos al mundo, la cosa se empobrece. Cuando entramos a las edades, a las discusiones criminales de eso que llaman ser adulto. Patio, faro del primer océano, privilegio de la tarde provinciana, acceso directo al mundo que cambiamos en el juego, sin la necesidad de ganar, sólo con la certeza de que entre rayuelas y escondidas, tentamos a lo imposible. Patio, semilla del sueño, recuerdo eterno del porvenir, precoz juguete de la memoria, en el patio las únicas monedas son de lluvia, somos parte de la polémica del rocío, nuestras alcancías de atardeceres y uvas, nuestras obligaciones con las hormigas y el azúcar, nuestros triunfos de pan y manteca, nuestras derrotas en los días de tormentas.
Patio, primera escuela de la imaginación, patria del ciempiés y la cigarra, continente de las nanas y de las canciones de María Elena Walsh 

4/04/2012

SI PUDIERA LLAMARME





Si pudiera llamarme
por Pedro Patzer*
 
“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo." - escribió Gabriel García Márquez.
Tal vez deba alcanzar el nombre de todo: llamarme como el desconocido pájaro que tantas veces escuchan cantar, por las noches, los locos del pabellón; o tener el nombre de la llave mágica, que el humilde cerrajero intenta inventar: llave que desnude los zaguanes de los palacios donde nunca fuimos invitados (palacios que tal vez no existan) llaves que nos faciliten el rescate de todos los rostros que fueron encarcelados en los retratos, que permanecen cautivos en museos donde el bostezo ha fundado imperios; si pudiera tener el nombre de la hierba que crece en la vías abandonadas, porque esa hierba es el ejercicio de lo eterno; si pudiera llamarme como los amigos invisibles de cada niño, y los espectros que hacen bochinche en el silencio del anciano. Si pudiera tener el nombre de los atletas que alcanzan las cimas de los silencios de los yoguis, y de las misteriosas luciérnagas que anidan en los bandoneones.
Si pudiera llamarme como el vagón que agoniza en los talleres ferroviarios, porque él consiguió alcanzar el nombre de una nostalgia que sólo se hace con telaraña de ángel y milagro de hombre, una nostalgia del moribundo rezando por la agonía secreta de la enfermera
Si pudiera tener el nombre de amarillo de los viejos libros (ese sol que ha forjado la aurora de tantas almas) y llamarme como el óxido del barco (que jamás llevó arpones para cazar hermosas sirenas), tener el nombre del espejismo que en el desierto de la ciudad, cree hallar, el desesperado transeúnte. Si pudiera llamarme como los días que el preso tacha en la pared de la celda, y como los boletos de ida, que los adolescentes sacan para visitar el país de la utopía (país de donde sus padres se exiliaron, cuando eligieron acatar el himno del rebaño)
Si pudiera llamarme como lo que escribo, como lo que sueño, como lo que amo, seguramente tendría el nombre que tengo, el nombre que la vida me confirma a cada paso.

3/22/2012

Otoño, un movimiento del espíritu humano



Otoño, un movimiento del espíritu humano
por Pedro Patzer*
 
Otoño, capital de lo que pudo haber sido y provincia de lo que debería haber sido mejor
Otoño, todo lo que los ausentes se animan a recordarnos en los arrabales del amarillo, o tal vez, todo lo que el olvido desata en el naranja (pupitres de otoño en aulas donde el cuaderno y la telaraña, barcos hundidos en la memoria de los viejos capitanes, maderos heridos por las rústicas manos del carpintero, que siempre se negaron a la guitarra) ¿Será el otoño un pentagrama del silencio de la especie, un reloj que indica la edad de la melancolía (esa alegría por estar triste), o quizás la catedral de la miel humana?
Otoño en las madres , otoño en la prostitutas, otoño en los templos y en los lupanares, otoño en los altares y en los muelles, otoño en las banderas y en las camisas colgadas en los balcones,otoño en la pólvora y en la morfina.
Para los poetas, es el otoño la religión del mundo. Pablo Neruda, vivía el otoño como todo un acontecimiento poético, una especie de época de celebración de las pasiones humanas, tal es así, que el chileno, le escribió desde una oda: “Ay cuanto tiempo/ tierra/ sin otoño,/ cómo/ pudo vivirse!” hasta un testamento: “Entre morir y no morir/ me decidí por la guitarra/ y en esta intensa profesión/ mi corazón no tiene tregua,/ porque donde menos me esperan/ yo llegaré con mi equipaje/ a cosechar el primer vino/ en los sombreros del Otoño
Para Juan Gelman, es el otoño, el espacio donde cualquier sentimiento, alcanza la jerarquía de naufragio: “Debí decir te amo./ Pero estaba el otoño haciendo señas,/ clavándome sus puertas en el alma
Jaime Dávalos, anunció: “es ancho y negro el olvido/ que entra el otoño en el corazón
Para María Elena Walsh, el otoño era un Señor: “El señor se para en una esquina/ y del bolsillo de su pantalón/ saca banderitas de neblina/ y un incendio color de limón./ Con sus tijeritas amarillas/ pasa por el jardín: le cortó las patillas / y los bigotes al jazmín./ A los arbolitos de la plaza/ un sobretodo de oro les compró, / y pintó la tarde con mostaza / aunque el sol le decía que no. / Dicen que el señor tiene en el cielo/ un enorme taller / donde hará caramelos/ de azúcar del atardecer
Para Atahualpa Yupanqui, el otoño cabía en una zamba: “Los viejos cobres del monte,/ otoño sembrando van,/ y en las guitarras del campo,/ ya nacen las coplas de la soledad
Para José Larralde, el otoño es un libro: “Mi libro de otoño/ es hermoso y lento; / historias humildes,/ aves sin encierro,/ dolores que pasan / sin odas ni premios, / sin odios marrones / que opacan el cedro / de los que se alejan / epílogo adentro” Y podría citar a millares de poetas, porque sin otoño los griegos no hubieran sido Ulises; ni Cervantes, Quijote; ni Hernández, Martín Fierro; ni Shakesperare, Hamlet; porque todo lo que el otoño siembra en el corazón humano, se transforma en canción.
El otoño es un movimiento del espíritu humano, es la oportunidad que unos meses al año, tiene el hombre, para abrir los regalos milenarios que hay en su Misterio, para desnudar su sabiduría (la que ha sido encorsetada por el mundo) y asumirse, definitivamente, como parte del oleaje cósmico
 

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica