12/05/2022

Rebeldía

Los bostezos de los obedientes

el libro que ni grita ni canta

los te quiero en San Valentín

los perdones en los funerales

los corazones de nadie y de nada

el turismo en la tragedia

los lunes y las actas

los andenes sin poetas

la fe en el horóscopo

la belleza según la academia

y pese a todo esto: el pan, el beso 

y alguna verdad que reivindica

la rebeldía del alma

Pedro Patzer

11/13/2022

Luna


¿Quién ha hecho más por la luna
la poesía o la nasa?
¿Acaso Neil Armstrong, el primer astronauta en pisarla,
supo más de la luna que Shakespeare, Lugones o Emily Dickinson?
Dicen que Calígula enloqueció de amor por la luna,
y que los mares aprendieron de ella las canciones más desesperadas,
y que un misterioso poeta japonés caminó cientos de kilómetros para contemplarla desde una bahía, y desde allí dedicarle tres versos,
y que el pueblo mapuche, la llamó Kuyen, y que Antu, su sol, la eligió como su mujer, y esto despertó una formidable guerra de estrellas, y también una leyenda ancestral
y pese a tantos siglos de mitos, historias, silencios y cantos,
mujeres y hombres que desde sus trincheras y sus palacios la vieron,
la luna se vuelve una hoja en blanco
cada vez que un eco de vos
llega a la noche mi alma
Pedro Patzer

10/24/2022

EL AQUÍ


Como el pueblo pescador tiene decenas de maneras de decir “río”
y los regresados de la noche, innumerables formas de decir: “sol”,
el idioma de los Kawésqar tiene 32 modos de decir: “aquí”,
y esta es toda una revelación:
cuando mi madre estaba en este mundo
había un “aquí” que tenía el color de la bondad,
cuando mi hija aún no lo habitaba,
el “aquí” era un tren a ninguna parte,
una flecha en el aire, la soledad de la cima sin el alpinista;
hay un "aquí" como el anciano que planta una semilla
del árbol que no verá
y un "aquí" como los sobrevivientes que deciden
hacer del horizonte su próxima juventud;
hay un "aquí" como única provisión ante nuestro viaje
hacia las mil y una leguas,
un "aquí" como huella del peregrino, como el viento de nadie
que mueve los molinos de los días;
hay un "aquí" para quienes hablan solos,
pues acceden a la frontera exacta entre la plegaria y el canto,
y un "aquí" cuando descubrimos que el silencio es el paisaje de adentro;
hay un "aquí" como un rocío que calma la sed más sutil,
y un “aquí” como el pan que hace la historia humana y el milagro divino;
hay un "aquí" como el trino que se burla de los muros y las armas
y desata en el calabozo la música,
que nadie ha podido encerrar en las jaulas del mundo;
hay un "aquí" de los lugares y sus presencias
y un "aquí" de los lugares y sus ausencias;
hay un “aquí” hecho de polvo de los días
y un “aquí” del oro de las humanas eternidades;
hay un aquí cuando entendemos que la montaña tiene alma
y que el bosque es un Dios,
hay un “aquí” como el alarido del náufrago que se confunde
con el canto de las sirenas,
y un “aquí” como el eco de la voz de Shakespeare
entre los mercaderes vendiendo oropeles en el templo;
hay un “aquí” como el asombro en la exclamación
y un aquí como el árbol que florece en la genuina palabra;
hay un “aquí” como la acción invisible del sabio ermitaño
y un “aquí” en el sueño con el que la Machi lee el destino de su pueblo;
hay un aquí cuando cae la tarde y los juguete del día
reclaman sus niños
y un "aquí" sin orillas, un "aquí" como un puente roto,
un canto congelado, una mariposa que espera
a que una niña le dibuje las alas para recuperar el cielo siempre posible;
hay un "aquí" cuando vemos a la vida de reojo
y un "aquí" cuando miramos a la vida a los ojos;
hay un “aquí” cada vez que alguien decide vencer al desierto
y llamarse como todas las cosas que dan agua;
hay un “aquí” como chispa de lo imposible que ensayan los mortales.
un “aquí” que se crea, se canta, se llora, se ríe, se ama,
se llueve, se muere, se nace;
hay un “aquí” como las manos gastadas de un padre
y un “aquí” como la voz de una hija que consigue
que todos los idiomas vuelvan a empezar.
El “aquí” tiene la edad del milagro humano
Pedro Patzer

5/06/2021

Cultura Popular, Madre de los Vientos


por Pedro Patzer 


La cultura popular es Huayra Puca, la madre de los vientos, de nuestros vientos rebeldes que golpean y golpean y golpean el alma de nuestros propios muros, hasta hacerlos piedras de nuestras verdades. Por eso el zonda, el pampero, la sudestada, el viento blanco y el viento norte,  enloquecen a los que sobreviven en la trinchera de la “cordura”, que no es otra cosa más que aceptar formar parte del elenco estable del olvido. Porque estos vientos llevan y traen, traen y llevan, el balbuceo de diosas y dioses más antiguos de estas tierras, aquellos que fueron escondidos junto a sus idiomas secretos y que se convirtieron en cantos clandestinos y salvajes hechos de palabras que jamás podrán encerrar los calabozos de los diccionarios de las reales academias,ni en la “civilidad” de los que siempre proponen renunciar a la identidad. Estos vientos, que agitan las otras banderas y sostienen el alma de las argentinas olvidadas, esparcen semillas que harán florecer porvenir en lugares que parecían condenados a la resignación del desierto y al mausoleo de los pulcros, o para decirlo en criollo: a la comodidad cultural de los indiferentes.

La cultura popular es Huayra Puca porque que además de ser la madre de los vientos rebeldes, tiene la capacidad de transformarse en otras divinidades, a veces canta solitariamente como Martín Fierro, otras, como baguala desesperada, cada tanto se vuelve Maradona, Evita, Leonardo Favio, Mercedes Sosa aunque generalmente deviene en personas anónimas: las hijas e hijos de la Madre de los vientos son los hacedores silenciosos de las memorias del pueblo ¿Acaso los verdaderos hijos e hijas de la cultura popular han mencionado, siquiera, alguna vez la palabra cultura? Las y los que hacen la cultura no suelen hablar de cultura, ellas y ellos son cultura. Aman, trabajan, cocinan, danzan, visten, se desnudan, resisten al olvido, despiden cantando a sus muertos. Los vientos rebeldes esparcen semillas sin preguntarse ¿por qué?, semillas que harán florecer verdades que ya nadie podrá detener. Y así llevan de un lado a otro los nombres prohibidos que siempre regresan como plegaria secreta o copla desdentada, en cambio los nombres que nos obligan a repetir de memoria, jamás se convierten en plegaria o canto. Nadie canta a los que sumergen al pueblo en la prosa de la resignación, el pueblo canta a los que les dan la posibilidad de ser y estar, de soñarse a sí mismos, de reconocerse genuinamente. De hecho hay coplas anónimas dedicadas a Felipe Varela, Chacho Peñaloza, Facundo Quiroga mas ninguna a Bartolomé Mitre ¡El pueblo sabe que su canto es la memoria del futuro! ¡El pueblo escribe su historia cantando!

Si cantar es rezar dos veces, como manifestaba San Agustín, los que han inspirado a nuestro pueblo no pueden , entonces, sorprenderse de que la gente los haga santos al cantarles. Hay una hermandad en el canto y la fe. Yo me siento hermano del que lleva en su billetera una estampita de San Cayetano, y le canta en las madrugadas de desocupados de Liniers, este santo oficial y venido en barco, se ha convertido casi en un santo pagano, su verdadero templo está en la vigilia de los desheredados. Del mismo modo me siento culturalmente cercano de quienes se detienen a mitad de la ruta para dejarle una botella de agua a la Difunta Correa, ese reconocerse hijo de la sed es también comprender una de nuestras identidades, o el que le ofrece un cigarrillo a la ermita del Gauchito Gil, un pucho suele ser una contraseña entre los desesperados. No puedo dejar de mencionar todo aquello que significa un misachico, una procesión en la que el pueblo marcha al compás  del retumbar de bombos y cantos, y saca al santo de la parroquia para llevarlo ante el río seco, para que vea con sus ojos sagrados que el río se ha ido. A los pocos días llueve y el río regresa, como el santo a la parroquia. Siento que esa gente es la verdadera cultura. ¿Es posible la cultura popular sin fe? ¿Será eso lo que la diferencia de la “alta cultura”? ¿Será que la cultura popular tiene devotos, que no necesitan alardear con sus conocimientos porque esos saberes son los que los hacen resistir, y ser? Pero sobre todo, sobrevivir. La Fe de la cultura popular que canonizó a Gardel, Gilda y a San Pugliese, pero también que hace que Horacio Guarany, como  otros elegidos, por ejemplo, el Indio Solari, sean padrecitos de miles de huérfanos culturales. ¿A qué orfandad me refiero? Los nietos y nietas de los abuelos quichuistas, abuelas que hablaban en guaraní o en mapudungún, o en cualquier otro idioma nativo y que fueron obligados a olvidar las voces de sus mayores. Y no fue solo olvidar idiomas, fue enterrar toda una cosmovisión que esas lenguas representaron: la Pachamama, La Tierra sin mal, La Ñuke Mapu. Este no es un país pobre, es un país empobrecido, que es realmente distinto. Y es empobrecido culturalmente. Si a alguien le niegan su origen, le cambian su verdadero nombre, le esconden los hechos, el amor y la sangre que lo hicieron llegar hasta aquí, y le sacan su tierra donde pueda surgir el dios maíz, pues no hacen otra cosa que levantar estatuas al olvido, que casi siempre lleva el nombre del que  escribe la historia oficial. Entonces los pueblos que tenían nombres indios o gauchos pasaron a tener nombres de militares que ayudaron a la conquista del olvido oficial, o el de estancieros o ferroviarios ingleses, para que los "civilizados" no sientan la profunda melancolía de ser  errantes por el fin del mundo, teniendo en cuenta que quienes confeccionaron los mapas sentenciaron que el mundo empieza desde el norte. No es casual que el "templo" de la alta cultura argentina se llame "Teatro Colón"

Hay otros mapas que gritan que el mundo empieza desde cada rincón de la memoria, desde ese eco que viene de lejos que muchos llevan por siglos en sus miradas, otros en el color de su piel, en los rostros parecidos a las piedras de los antigales. 

La cultura popular es la madre de los vientos que revela los colores de los invisibles, nos enseña el camino del yo en los otros, que nosotros empezamos a ser en los otros, que nuestra identidad comienza siempre en nuestros distintos. De modo que ella recupera a personajes escondidos por la historia oficial, ya que el lawfare viene de antes, hubo un lawfare histórico, que algunos artistas, por ignorancia o por corresponder al poderoso mandato de la historia oficial, replicaron, tanto que una  célebre zamba de José Ríos y José Juan Botelli, popularizada por Los Fronterizos, que se supone era un conjunto de izquierda,  trataba de asesino a Felipe Varela: "Galopa en el horizonte,/ Tras muerte y polvadera/ Porque Felipe Varela/ Matando llega y se va” Esta zamba que fue coreada en festivales, peñas, campos y casas de todo el país, es una muestra de cómo la “civilidad” de los cuerdos, la que administra la cultura oficial, es una renuncia a la identidad:  trata de sanguinario a una persona que, entre otros actos, alzó su voz contra la guerra de la Triple Alianza, en el manifiesto que Felipe Varela, lanzara en enero de 1868. Del mismo modo ha sido invisibilizada, de los manuales de la historia oficial, la Vuelta de Obligado, de la que Rosas fue protagonista y al que estos libros escolares sólo han asociado a la Mazorca, y nunca al acto de soberanía nacional por el que San Martín le regaló su sable. Curioso es que a Rosas la historia oficial sólo lo recuerde con las manos manchadas de sangre, pero al que festejó el degüello y la exhibición de la cabeza del Chacho Peñaloza en una plaza de Olta, lo llamen “Padre de la educación argentina”. La historia oficial la escriben los que ganan, aunque la cultura popular, regresa con sus versiones de la historia. Las coplas que el pueblo canta; las difuntitas milagrosas y los Juan Moreira que de su alma surgen; los gauchos que no sólo se niegan a ir a la guerra contra hermanos, sino que también se hacen protagonistas del poema nacional y santos paganos.  

Santos Vega es el mito que narra la derrota del payador más importante de todos los tiempos frente al diablo, al que llamaban Juan sin ropa, no porque anduviera desnudo, sino porque no vestía de gaucho ya que era el forastero. Algunas lecturas dicen que representa al progreso, aunque prefiero leerlo como a la colonización que viene a avasallar a la cultura propia. De todas maneras la victoria del diablo, o de Juan sin ropa, es pírrica, ya que Santos Vega, según el mito popular, aparece, en cada atardecer rural, como espectro, payando contra la prosa de los historiadores oficiales, administradores de “la realidad”, en la que el “nosotros” siempre son unos pocos, la aristocracia de la memoria oficial ¡Otra vez el canto es el triunfo de los vencidos! ¡La muerte no pudo callar el canto del payador!

Los hijos e hijas de Santos Vega somos sobrevivientes culturales, no sólo los aborígenes, y gauchos,también los y las que decidimos nacer en la historia, y no sentirnos europeos viviendo un exilio cultural en este extraño y mágico continente, como la aduana de la cultura o la cultura oficial siempre nos ha enseñado a sentirnos. “La cigüeña nos trae de París...Mambrú se fue a la guerra” ¡Nostalgias de parisinos nacidos en los arrabales del mundo! 

Aunque muchos de nuestros abuelos hayan venido del viejo continente, ser de aquí significa aceptar que esta tierra tiene más de 500 años, y que eso significa que nosotros somos parte de esas culturas latentes esparcidas por cada región de Abya Yala, o como la denominaron los conquistadores, América. 

Aquí se debe nacer dos veces, la primera biológicamente, la segunda existencialmente, cuando se toma conciencia de que sos de una tierra donde sus culturas originarias fueron devastadas, donde los otros (y las otras) fueron desterrados de su propia historia y de la oficial. Aquí se debe elegir nacer a la verdad, no por nacionalismo (ya que ser de aquí, es ser nuestra América) sino por empatía con todo los invisibles, y por los cuerpos, biografías, idiomas, culturas y dioses que fueron enterrados sin tumba. 

La Madre de los vientos, Huayra Puca, es decir la Cultura Popular, nos enseña que hay otra historia que la escriben los que resisten, y además la cantan los que no están dispuestos a ser cómplices del olvido oficial.


1/26/2021

¿Los argentinos y argentinas, somos forasteros culturales en nuestra propia Tierra?


por Pedro Patzer

Confunden lo exótico con lo moderno, y sin querer, vuelven a ser, bufones animando el momento exacto en el que los reyes y sus cortesanos contemplaban a los indios llevados por Colón a España. Bufones de su propia cultura, enamorados de lo “raro”, despreciando todo aquello que suene nativo.

Los geniales Hermanos Ábalos, que fueron inventores de tantas maneras de ser argentinos, y no me refiero al chauvinismo, y mucho menos al nacionalismo. Aludo a la forma de comprender que el gran modo de ser argentinos y argentinas, es el de inventarse. Pero no como estos enamorados de lo extravagante lo hacen, es decir, bautizando Palermo Soho, a un sitio que debiera llamarse Palermo Evaristo Carriego, Palermo Borges, o más atrevidamente, Palermo Rosas. Me refiero a inventarse para sobrevivir, y nuestra cultura nativa, ha tenido que hallar la manera de romper su condena a ser invisibles, a la que los jueces culturales de la semicolonia la han sentenciado. Decía que Los Hermanos Ábalos consiguieron inventar algunas maneras de ser argentinos y argentinas. Desde burlarse de los periodistas enamorados de lo extravagante, que ante su regreso a Nueva York les preguntaban a estos hermanos santiagueños: “¿Y cómo es Nueva York?” y los geniales hermanos responden con: “Buenos Aires, tierra hermosa,/Nueva York, grandioso pago./Casas más, casas menos,/igualito a mi Santiago” Es decir, invierten la analogía de la semicolonia cultural, que siempre parte del otro lugar: “Tal trovador es el Bob Dylan argentino, o decir que la vidala es el blues nacional o que Cosquín es el Woodstock argentino” Cosquín es Cosquín, no hay muchas analogías posibles. Y es un ejemplo de esto de que la identidad argentina está en inventarse. Cosquín era un pueblo destinado a los tuberculosos, allí iban a curarse o a morir, los que padecían esta enfermedad. De hecho, “los sanos”, evitaban visitar esta comarca del Valle de Punilla. Por lo que los coscoínos debieron inventarse algo para liberar a su pago de esa condena, de modo que el 21 de enero de 1961 sus habitantes cortaron la ruta nacional 38 construyendo sobre la misma un escenario de material. Decidieron que había que hacer un festival de Folklore. No sólo cambiaron la historia de Cosquín, hoy el festival más importante del país, sino que también modificaron la historia de la cultura popular argentina. ¡Qué huérfanos culturales seríamos si esos habitantes no se hubieran inventado a Cosquín! Ellos lo volvieron a fundar culturalmente. La única analogía que se me viene a la cabeza con Cosquín, es la de un pibe que nació en Villa Fiorito, que su familia comía salteado, que estaba condenado a la pobreza, y sin embargo consiguió inventar una leyenda de su vida llamada Diego Armando Maradona.  

Es importante comprender cómo la cultura popular argentina es la que custodia las identidades nacionales, ese conjunto de invenciones que nos hacen ser nosotros y nosotras. Los Hermanos Ábalos nos enseñaron a reconocer al quichua, dos de sus chacareras se llaman “Miski Mayu” (Río Dulce) y “Cachi Mayu” (Río Salado), ni que hablar don Sixto Palvecino y su gesta por ese idioma incaico; el universo guaraní abordado por artistas litoraleños que han descrito “El alma guaraní”, la cosmogonía mapuche, los cantos chamánicos del Chaco, y tantos asuntos que si no fuera por los artistas populares, y obviamente por los pobladores de esas culturas, estarían olvidados en tesis doctorales o libros que agonizan lentamente en anaqueles sombríos. 

La Argentina le debe su Ser a la cultura popular, ni que hablar del tango y el folklore, pero también a artistas como la Mona Jiménez que nos ha contado una Córdoba a la que no teníamos acceso en otros lugares del país, del mismo modo la cumbia santafesina, el rock barrial en el conurbano: “Viejas Locas”, anunció la tragedia de pibes bonaerenses consagrados al paco. 

Lo universal nos alimenta de muchas cosas necesarias, cuánto nos dieron Whitman, Shakespeare, Beatles, el cine, el teatro, la literatura, la música de tantos países. Debemos disfrutar y aprender de ello, el gran problema es que sabemos más de ellos que de nosotros. La mayoría de los argentinos somos ignorantes de la Argentina. El proyecto cultural de la semicolonia ha conseguido que el argentino sea un forastero cultural en su propia Tierra. Tenemos un desconocimiento tal sobre el país, que la mayoría repite que aquí se habla un solo idioma, que aquí casi no hay pueblos originarios, que Belgrano sólo fue el inventor de nuestra bandera (ignorando su papel en el éxodo jujeño, y tantas otras cosas más), que San Martín cruzó los andes en un caballo blanco (mas se sabe poco de su vocación por la Patria Grande).

La cultura oficial de la semicolonia ha hecho de nuestras genuinas culturas supersticiones, la aduana de la cultura la mira de reojo. Cierta vez un gran poeta y trovador del folklore, me contó llorando que un periodista destacado se había burlado en un artículo de su peluca. Años después, se hizo un documental con la biografía de este artista, dicha película ganó un premio internacional de cine. Resulta que el mismo periodista que había escrito sobre la peluca de dicho artista, lo llamó para invitarlo a comer a su casa. El premio de un festival internacional de cine, había legitimado, ante los ojos de este periodista, a ese artista al que antes había humillado en un artículo. Artista fundamental de nuestro cancionero.

En 1951, Homero Manzi, nos otorgó un camino para comenzar conocernos, a mi entender es el rumbo que debemos tomar para dejar de ser forasteros culturales en nuestra Tierra: “Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América para, recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.

Esta pobre América, que tenía su cultura y que estaba realizando tal vez en dorado fracaso su propia historia y a la que de pronto, iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas ordenaron: “¡Cambia tu piel! ¡Viste esa ropa! ¡Ama a este Dios! ¡Danza esta música! ¡Vive esta historia!...Todo lo que cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos.

Instituto de pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo”


Pedro Patzer, autor de los libros: "El Tahiel, el canto interior de la Argentina" y "Aguafuertes Provincianas"

1/18/2021

NACE UN RÍO

    Cuando el pan de la memoria se reparte en las mesas del futuro, nace un río

Cuando la palabra de las y los justos se hace árbol en la gente, nace un río

Cuando ciertas presencias todo lo despiertan, nace un río
Cuando somos parte de lo que amanece, nace un río
Cuando la mirada amorosa contempla a los y las invisibles, nace un río
Cuando conquistamos el territorio de nuestro perdón, nace un río
Cuando se hace de la voz interior un trino del mundo, nace un río
Cuando alguien descubre que su corazón es un barco, nace un río
Cuando de ciertos encuentros se levantan templos, nace un río
Cuando la mente deja ser el mausoleo de los resignados y se convierte
en el jardín de los libres, nace un río
Cuando nos asumimos vagabundos del universo, nace un río
Cuando reconocemos a la propia violencia como nuestro fantasma, nace un río
Cuando alguien reza por un desconocido, nace un río
Cuando renunciamos al "¿por qué?" y nos consagramos al "¡gracias!", nace un río
Cuando la acción supera a la plegaria, nace un río
Cuando comprendemos que las cosas más bellas nunca tendrán su estatua, nace un río
Cuando recordamos el pájaro que fuimos y conectamos con la estrella que seremos, nace un río
Cuando el coraje del “no”, se transformar en el camino del “sí”, nace un río
Cuando dejamos atrás al barullo de lo que nos dijeron que éramos y alcanzamos el silencio que somos, nace un río
Cuando nuestra biografía se convierte en el canto del prójimo, nace un río
Pedro Patzer,

Rebeldía

Los bostezos de los obedientes el libro que ni grita ni canta los te quiero en San Valentín los perdones en los funerales los corazones de n...