7/24/2014

Las curanderas, genuinas personalidades de nuestra cultura


Las curanderas, genuinas personalidades de nuestra cultura
por Pedro Patzer*


 
Los que hacen de la cultura un lugar para pocos, esos carceleros de museos y academias, esos profetas de la pulcra tragedia, esos que hacen turismo por la herida y la sonrisa del pueblo, olvidan que la cultura también cura empachos, rompe maleficios, hace payés, porque aunque no salgan en las tapas de los suplementos culturales ni les otorguen el konex por su labor, las curanderas son protagonistas de la cultura popular ¿Qué hubiera sido de la formación de Favaloro sin la sabiduría de las curanderas? ¿Qué de San Juan sin la presencia de la sanadora Doña Felipa? ¡Sí! ¡La cuna del civilizador Sarmiento, tuvo como máximo referente cultural a una curandera! ¿Qué hubiera sido de tantos campesinos y puebleros, que ante la ausencia de médicos, recurrieron a las milagrosas remedieras, esas curanderas que además del cuerpo, sanan el alma.
De tantos cuentos de lugares lejanos (que tanto excitan a los referentes de la alta cultura) hemos tenido noticias de sus hechiceras, sin embargo en todos esos pequeños países que conforman este gran país tenemos a nuestras magas, las llamamos curanderas y con yuyos, masajes, oraciones y agua, efectúan curas por los diversos rincones de nuestras comarcas. Para comenzar hablar de las curanderas debemos antes mencionar a las machis. La machi, hechicera araucana, especie de puente entre el misterio y el mundo, entre lo sobrenatural y lo humano, entre la rígida medicina occidental y la sabiduría ancestral, algo así como un sol rebelde y salvaje que surge en la noche de lo establecido, como un idioma remoto que regresa para alcanzarnos una nueva manera de decir la vida: “Cume lahuen mangelan/ Quintuam mahuida meu/ Mellico lahuen” La machi cura el alma, por eso mismo, sana al cuerpo: “hoy te sacaré/ tu demonio, que te tiraron./ Vengo porque dije: Voy y al volver traigo su demonio,/ Que te tiraron/ y que te había dejado en ese estado” La machi lucha contra los espíritus maléficos, sana a través de la milenaria ceremonia llamada “Machitún” ,en la que entra en trance y diagnostica la causa del mal, y también indica su remedio correspondiente: “Te daré un buen remedio/ pues de otro modo no serìa buena machi; / buscaré en la montaña/ sólo lo hierba mellico” La música es fundamental para la tarea de la machi, ya que a través del kultrún y su retumbar cósmico ahuyenta el mal espíritu causante de la enfermedad. Se cree que la machi adquiere su don en el sueño, y si bien es sanadora, fundamentalmente es la consejera moral del pueblo: indica por dónde caminar la vida y por dónde descaminarla.
La curandera es heredera cultural de la machi, aunque su don no lo adquiere en el sueño, sino que abreva en la tradición, como cuando su abuela le enseñó ,de niña, a curar el empacho o mejor dicho, a tirar del cuerito. O cuando su madre le inculcó cómo quitar el mal de ojos, recitando la siguiente oración: “Con un ojo te han mirado /con dos ojos te han ojeado/ con tres ojos te han curado” y su tía, le explicó la manera de vencer la culebrilla. Y todas lo hicieron dejando bien en claro que el yuyo es la gran varita mágica.
La curandera es uno de los más importantes paisajes espirituales de la cultura popular, varios poetas se han encargado de pintarla en sus versos. El poeta uruguayo Fernán Silva Valdés escribió: “La curandera recita/ con los labios apretados, / un credo dicho al revés/ para que no lo oiga el diablo” El genial León Benarós hizo la biografía poética de Petronila Tejada, curandera de Azul: “Aunque no es ponderación/ ni alabarla me propongo,/ diz que curaba las fiebres;/ qué digo, hasta el chavalongo./ Y con especial virtud/ y del modo más sencillo,/ aliviaba los ardores/ que vienen del tabardillo...Con unto de tamarindo/ iba atajando ese mal,/ y bien que lo reducía,/si no era caso fatal...Una vez, me acuerdo, curó de un daño/a un paisano del Tuyú/ pasándole por la cara/ una pluma de ñandú...Así disponía, en el caso,/ la Petronila Tejada,/ curandera y comadrona,/ mujer experimentada” El autor de Adán Buenos Ayres, Leopoldo Marechal, escribió un epitafio poético para Restituta, la curandera: “Curandera por arte, vocación y malicia, la vieja Restituta/ duerme aquí (si es que duerme). /Carpía tierras en el camposanto/ y arrancaba cebollas/ de maligno semblante./ Con un sapo clavado en una higuera/ curó todos los males/ asombrosos del sur. /En su olla tiznada/ cocinó mil destinos: ataba y desataba los caballos del odio;/ sabía el arte oscuro de apagar y encender/ ese ardor forastero/ que decimos Amor” El poeta de la meseta patagónica, Elías Chucair, recupera en su obra, a doña Milagros, curandera patagónica: “Por su nombre y apellido/ seguro que ni se acuerdan.../ pero decir Doña Milagros ,/ es nombrar la curandera/ más mentada que existió/ por pagos de esta meseta...su fama fue más allá de nuestras propias fronteras” Y por supuesto, nuestro poema nacional, Martín Fierro, también la tiene presente: “Cuando el viejo cayó enfermo/ Viendo yo que se empeoraba/ Y que esperanza no daba/ De mejorarse siquiera,/Le traje una culandera/ A ver si lo mejoraba”
Algún día nombraremos patrimonio cultural a las manos de la curandera, algún día bautizaremos un viento como “plegaria de curandera”, algún día comprenderemos que mucho antes de que llegara Greenpeace para indicarnos cómo debemos cuidar el planeta, estaban las primeras ecologistas, las machis; algún día reconoceremos que la Pachamama tiene hijas dispersas por nuestros campos y comarcas, las llamamos gualicheras, remedieras, curanderas. Ellas nos recuerdan que donde acaba la ciencia, comienza la sabiduría de la naturaleza.

De Calesitas, Calesiteros y la vuelta a la inocencia

De Calesitas, Calesiteros y la vuelta a la inocencia
por Pedro Patzer*



 
¿Cuántas vueltas a la inocencia, cuántos kilómetros de cabalgar la niñez en un caballo de madera, cuántos aviones que sólo despegan en la fantasía de los pibes? ¿Cuántos autitos que recorren los caminos de la ilusión? ¿Cuántos barquitos surcando las tempestades de las tardes de ternura, cuántas luces en la kermés de la alegría? ¿Cuántas jirafas, patos y elefantes que sólo son acechados por los cazadores de nostalgias? ¿Cuántos mundos giran al compás de la calesita que va en sentido opuesto al reloj, como si fuera una metáfora de un tiempo distinto que se alcanza cada vez que se sube a su universo de colores y música? “Trajín, ciudad y tarde buenos aires./ Aire de plaza, ruido de tranvía./ (Galopando una música de tango/ gira el caballo de la calesita.)” (Juan Gelman)
Muchos calesiteros se ganaron la vida (y la eternidad, que no es otra cosa que mantener el asombro de un niño en el corazón adulto) con tan singular oficio, y se hicieron protagonistas de la infancia de tantos. Como don Luis de Villa Luro, que en el patio de su casa, en 1965 hubo de instalar una calesita que había heredado de su padre, calesita que primero era movida por un caballo que se entusiasmaba cada vez que escuchaba la tradicional música de organillo, y que luego fuera reemplazado por un motor a nafta: "Las calesitas continúan heroicas, alegrando a la muchachería de los barrios. Casi todas han cambiado; dejaron el caballo vendado, manejado a estacazos y colocaron un motorcito que pone trémulos a los monigotes del carrousel” (Bernardo González Arrili. Buenos Aires 1900) Hasta sus 93 años, cuando murió, don Luis custodió y promovió el idilio entre la niñez y la calesita. En su homenaje se conmemora, en la fecha de su nacimiento, el 4 de noviembre, el día nacional del calesitero. Del mismo modo calesiteros como Robertito de Lanús, que coloreara la infancia de tres generaciones; Carlitos, el calesitero de Carlos Casares que dejara su calesita como patrimonio espiritual del piberío del oeste; Tito, el calesitero de Devoto, que sostiene: “La sortija es la primera victoria del ser humano, después de nacer” y que Carlos Pometi, calesitero de Nueva Pompeya, completa la idea: “...los grandes deberíamos tener una sortija, una sortija que nos encienda la ilusión como a los niños”
Don Antonio, el calesitero de plaza Almagro que desde 1958 consagra su vida a la imaginería de este juego; Tatín, el calesitero de Parque Chacabuco, parte de un linaje de una familia de calesiteros; Tino, el calesitero de La Plata que inventara la vuelta solidaria, en su calesita viajan gratis los hijos de cartoneros y chicos que van a comedores comunitarios, Tino afirma: “Si tuviera que empezar de nuevo montaría una calesita en un trailer y me iría a recorrer el país para que no queden chicos sin disfrutar de este maravilloso juego”
Los calesiteros son como los lustrabotas que adornan las calles con sus cajones de pandora, o los que venden garrapiñadas y perfuman las esquinas, o los acomodadores de los viejos cines, que son ellos mismos, películas fantásticas; o el almacenero que resiste y sigue dando yapa, y el mozo de profesión que recuerda que consume cada cliente, porque los calesiteros son agentes de la parte más noble de la vida: "El abuelito Bochinche cuando era calesitero, paseaba en su calesita los niños del mundo entero..."
Las calesitas son escuelas de fantasía, nos invitan a dar, desde la plaza del barrio, vueltas por mil mundos; en ellas los aviones de guerra se transforman en aviones de paz, y los caballos salvajes se dejan domar por la inocencia del que busca la sortija de la vida. Hermandad y colores, en la calesita el mundo no tiene dueños, porque en la calesita el mundo es de todos. Será por eso que las calesitas nos esperan, con su alegría secreta, custodiando los tesoros que no se venden ni se compran, nos reservan un lugarcito puro, donde es posible viajar sin que nadie luche por llegar primero, porque sus pasajeros quieren regresar juntos al país de la inocencia.
Mientras los locales gringos de comida rápida y café lento, afloran, las calesitas siguen girando contra reloj, nos recuerdan que hay otro tiempo posible en nuestros corazones, nos recuerdan que hay un niño con ganas de jugar, dentro de nosotros.

6/24/2014

Dorrego y el sol de aquella noche de Navarro


Dorrego y el sol de aquella noche de Navarro
por Pedro Patzer

Todas las cosas que se intentaron matar aquel 13 de diciembre de 1828, en la bonaerense Navarro, cuando un pelotón de fusilamiento, bajo la orden de Lavalle, le disparó a Manuel Dorrego. Aquel estallido, pequeño trueno de la muerte de un hombre, fue el anuncio de una gran tempestad, porque fusilaron a un hombre pero parieron a uno de los vientos más poderosos, donde las banderas de los libres de este país y este continente han de abrevar: la tempestad Dorrego, bravo viento que habita en los corazones que padecen la profunda añoranza de la Patria Grande que podríamos haber sido.
¿Qué habrá pensado Manuel Dorrego en ese instante en que las manos de los fusileros preparaban sus armas, habrá imaginado que esos hombres que integraban el pelotón, en ese momento podrían estar rasgando guitarras, talando árboles dañados, encendiendo las flores de varias mujeres, sin embargo, esas manos, en esos minutos, se consagraban al fatal ejercicio de apresurar el final de su película, años antes de que se inventara la cinematografía? Ningún historiador podría asegurar si en esa hora, en la que Dorrego se resignaba a morir, cantó algún hornero, o las nubes alcanzaron una forma parecida a un barco, o mucho menos si olía a pasto o animal en celo. Como tampoco nadie podría rastrear cuál fue el último pensamiento del fusilado: ¿reflexionó sobre la causa federal o recordó a su mujer y sus dos hijas, pensó en el misterio de la muerte o tal vez que nació en una época donde morir era una manera de rubricar un camino de vida? ¿Habrá caído en cuenta de que moriría en primavera, y que de alguna manera eso era un triunfo para un romántico, quizás se detuvo en la idea de que cuando es primavera en América es invierno en Europa; o tal vez sólo extrañó los jazmines que en el diciembre de los patios porteños lo regresaban a la infancia donde la muerte era un juego que se remediaba con el inicio del próximo juego? Por ahí, Manuel Dorrego pensara que la muerte vendría con el solemne sonido de ciertas campanas o quizás que ese final amargo sería bañado por el almíbar de los manuales escolares de historia y sus maestros satélites: “¿Qué tendrá que ver mi muerte con ese maestro que más de un siglo después, dará una clase acerca de mi fusilamiento, como si hablara de los colores primarios?” ¿Habrá sospechado Manuel Dorrego que muchos años después de estar ultimado frente a sus verdugos, un colombiano, un tal Gabriel García Márquez, comenzaría una novela describiendo a un hombre frente a un pelotón de fusilamiento? ¿Quién podría afirmar o refutar que Dorrego, bajo el sol de esa noche de Navarro, sintió una profunda congoja por haber llegado antes de que Gardel cantara, de que Yrigoyen y Perón gobernaran, de que Maradona y Messi hicieran hechizos, de que Favio filmara, de que Martín Fierro protagonizara su poema desesperado, de que Jauretche interpretara las zonceras de nuestra cultura y de que el tren arribara (y con él, el folklore ferroviario) por primera vez a alguna estación de pueblo de provincia?
Nadie podría sostener que en sus últimos segundos de vida, Manuel Dorrego experimentara compasión por Lavalle, ya que su verdugo ignoraba que la sangre del que iba a fusilar, se convertiría en un río salvaje, un río donde la hermandad de su sed acudiría a encontrar el alivio necesario. Ese río que fundara la sangre de Dorrego, ha sido la pintura con que Berni retratara a Juanito Laguna, ha sido el aerosol con el que en tantos muros se escribiera lo que en los diarios se callaba.
¿Habrá soñado Manuel Dorrego, en ese fatal instante, con que los de abajo, sus jornaleros, sus orilleros, le crearían un cielito: “Cielito, cielo que sí cielito, cielo nublado. Murió el coronel del Pueblo. En los pagos de Navarro..." o que en el mismo lugar donde caería muerto los paisanos le levantarían una cruz de ñandubay. Cruz ante la que Juan Moreira rezara una plegaria bandolera, en su clandestino paso por Navarro
Los sepias retratos de Dorrego parecieran estar hechos con el sol de aquella fatídica noche de Navarro, como si ese sol ofreciera su triste color a cada pintor que recuperara el rostro del fusilado. El sol de los retratos de Manuel Dorrego pareciera iluminar ese lugar donde la cabeza del Chacho Peñaloza, los cuerpos de los desaparecidos, incluyendo el del primer desaparecido Mariano Moreno, las anatomías de Fuentealba y la de los pibes de Malvinas, se reúnen en un mismo cuerpo de la Historia, cuerpo de país, anatomía de resistencia.

Pongámonos bajo el sol de aquella noche de Navarro, y hagamos que se transforme en el sol mártir de los grandes días de nuestra historia, el sol que nos recordará que Manuel Dorrego no es la república perdida, sino que Dorrego es la república que podemos ser: el país del amanecer. 

6/17/2014

LA SUDESTADA



La Sudestada
por Pedro Patzer*
 
Las sirenas empetroladas encantan al Ulises del conurbano que se ata al mástil de la escuela donde los evacuados responden las preguntas de la sudestada. La sudestada indaga a los que hacen nidos provincianos en los andamios del gran Buenos Aires, a los que se cuelan en el tren Roca, a los de la liturgia del neumático encendido, a los de la misa del temporal, y también a los que se aman en la adversidad de tan cuestionador viento, se aman entre crímenes y milagros urbanos, entre el desierto colmado de casas bajas y venecias equivocadas, donde la comida no perecedera y los botes descoloridos son las musas del pincel del diario popular.
Las plegarias de los nadies se reúnen en un mismo viento: la sudestada. La misma sudestada que toca el piano desafinado de los grises días, la sudestada que juega con los Quijotes sin molinos de viento y que hace goles solitarios en baldíos sin pibes campeones, la sudestada que construye catedrales de pobrerío, que impregna su perfume de mundo moribundo y cuestiona a los que viven en las trincheras de oro, porque la sudestada es el más elegante de los maleducados vientos, autodidacta de intemperie y de campanas sin templos, y de calesitas de plazas sin nombre, viento que no mece el trigo ni el maíz, viento que inaugura la temporada de crónicos silencios, de cumbias alegremente tristes, de bingos que humillan a la suerte; la sudestada inicia la trama del oleaje de arrabal, oleaje desconocido en Hawái, oleaje clandestino del mundo que juega en las riberas de Quilmes, Ensenada, Berisso, Avellaneda, oleaje de río que colecciona barquitos de la sudestada que jamás se entregarán a la botella, o los prolijos amarraderos de la prefectura, las lanchas de la sudestada anclan en árboles pintados con cal, en monumentos de héroes condenados a la piedra, sus piraguas trafican soles guaraníes, soles que tienen amaneceres pendientes (los amaneceres que liberarán a este continente de su larga noche)
La sudestada lleva, por los países de la infancia de los inundados, los cuentos de los viejos pescadores de río, cuentos de las mil y una noches del delta. La sudestada que cartonea camalotes (con memoria de selva), la sudestada que es el embrujo del idilio del aire y el río
¿Hacia dónde se lleva lo que se lleva la sudestada? ¿en qué galpón de viento guardará los botes quebrados, los árboles vencidos, las redes de arcos solitarios y el corazón de los isleños como su única ancla ante la prepotencia de la inundación?
La Sudestada recupera antiguos alaridos y los reparte , recupera los tesoros del galeón hundido y los escombros del zapato que tantas veces ilusionara al pescador, la sudestada es la hija del río de la Plata, es su milonga rea, su tango rabioso, su lunfardo de invierno, la amante fatal del orillero.
Hay quien cree que la sudestada es el fantasma del Río de la Plata, el alma de los barcos espectrales que regresan en forma de viento, sin embargo la sudestada es una misteriosa flor silvestre que crece en el aire, una flor desesperada que azota los muelles, una flor que protesta contra la ribera de las ciudades marchitas

5/13/2014

Volver al maíz, regresar a la vida


Volver al maíz, regresar a la vida
por Pedro Patzer

Volver al maíz es retornar al río sin las definiciones de los institutos hidrográficos, al río que habla el idioma del chajá, todavía no contaminado por los que llegaron para parcelarnos el cielo; volver al maíz es regresar al río que no envejece, el río que tiene la edad del mítico yaguarón, el río sin dueños y sin fronteras políticas, el río sin las precauciones de prefectura sólo con las advertencias de las leyendas aborígenes, el río que hubo de acunar a miles de máscaras como parte de la ancestral ceremonia chané, en la que se celebra la primicia del maíz
Volver al maíz en un joi joi, en un yaraví, en una arribeña, en un pím pím! Porque volver al maíz es retornar a la esencia del canto, el canto que creó el mundo, el canto que hace llover, el canto que hizo la humanidad, el que urdió el verdadero tiempo: el canto del abrazo cósmico de la Pachamama.
Volver al maíz, ser nuevamente el viento sin por qué, regresar a la primera y desnuda mirada, destrozar al turista de la historia y ser parte de la resistencia cultural , y ser los bríos de Bolivar y Martín Fierro, y ser un poco de aquellos que hallan en cada grano de maíz, un satélite del alba libre de Abya Yala (nombre de nuestra indoamérica antes de la llegada del conquistador) Volver al maíz es regresar al tiempo en que esta tierra desconocía la hambruna, y sus habitantes no necesitaban resignarse a la oscura minería, ni al fatídico veneno de la soja. Volver al maíz y que el pibe descalzo, en el invierno del mundo, sienta que hay un sol que lo abriga, un solcito sagrado que es parte de un Dios aborigen, un Dios pan, un Dios juguete, un Dios agua, un Dios presente - un Dios futuro.
Volver al maíz es retornar al Popol Vuh, libro sagrado de la cultura maya quiché, que nos recuerda que somos hijos de maíz, y que estamos hechos de maíz: "El primer hombre fue hecho de arcilla y una inundación lo destruyó. El segundo hombre de madera, y una gran lluvia lo dispersó. Sólo sobrevivió el tercer hombre. Estaba hecho de maíz" Aunque también volver al maíz es sostener la lucha de Paulo Freire alfabetizando a los humildes, proponiéndole al ladrillero: “Yo te enseño a escribir y tú me enseñas a hacer ladrillos”
Volver al maíz es recuperar el auténtico oro de este continente, el sol oriundo de nuestra tierra, el amanecer del sabor de nuestros pueblos, la cantata amarilla de nuestro destino: más de doscientos platos populares de América están hechos a base de maíz: humita, locro, mote, tamales, rosetas, pororó, palomitas, mazamorra: “La Mazamorra, ¿sabés?, es el pan de los pobres, La leche de las madres con los senos vacíos” (Digo la Mazamorra, Antonio Esteban Agüero) La medicina folklórica, abreva en el maíz: ya sea solo, en grano o molido y mezclado con sangre de vaca. En las supersticiones, el maíz dice presente: en la quebrada de Humahuaca se cuelga en las cocinas la mazorca más grande de la última cosecha para que la próxima la supere. En la mitología ocupa un lugar sagrado: en la mexicana, Cintéotl, es considerado dios del maíz y Chicomecóatl, diosa del maíz, entre tantas otras deidades del maíz. Mientras que para los incas, Viracocha con una sola palabra hizo nacer el maíz: “yo le beso las manos al Inca Viracocha porque inventó el Maíz y enseñó su cultivo”(Antonio Esteban Agüero) y La Mama Sara, era considerada la madre del maíz. En las ceremonias ancestrales también lo tienen como protagonista: hechiceros indígenas emplean máscaras construidas con granos de maíz para presidir ceremonias.
Necesitamos escuelas de maíz, filósofos de maíz, músicos de maíz, artistas de maíz, políticos de maíz, corazones de máiz, sueños de maíz, humanos de maíz, pues el maíz es germen de rebelión, memoria de ritos y emancipación, alarido ancestral que persiste en los maizales, eco de los idiomas perdidos que permanecen latentes en sus dientes que desde hace siglos los custodian.

Volver al maíz, regresar a la ternura criolla del locro y al milagro del guiso carrero que tantas veces venció al hambre del pobrerío de campo, volver al maíz, a ese puente de culturas, en el maíz se congregan las divinidades indígenas y los cristos campesinos, porque el maíz hermana mundos, porque el maíz es el único primer mundo al que deberíamos volver, ya que retornar al maíz es regresar a la vida, nunca olvidemos que la palabra maíz (de origen taíno) significa: “lo que sustenta la vida”  

4/24/2014

Felisa, la Pachamama de Amaicha del Valle



Felisa, la Pachamama de Amaicha del Valle 
por Pedro Patzer*
 
Mientras la tele y los diarios de Buenos Aires nos brindan sus cotidianos apocalipsis; mientras los mercaderes de las noticias nos convencen de que hemos perdido el paraíso; mientras desde los suplementos culturales siguen añorando los altillos de París y continúan desconociendo los antigales calchaquíes; mientras los intelectuales se emocionan con el cine exótico universal, pero dejan pasar ,con más pena que gloria, a decenas de películas nacionales y latinoamericanas; mientras todo eso sucede, en Amaicha, sus pobladores eligen (en el epílogo del carnaval) a una abuela como Pachamama, a Felisa, la Pachamama de Amaicha del Valle!
Ahí, en el país de la vidala, ahí en el país de la coca, ahí en el país del cerro, ahí en el país de la copla, ahí en el país del carnaval, ahí donde la Virgen tallada y el eco de la sed de la Difunta Correa, ahí, donde la tucumanía profunda retumba en cajas, ahí donde los gringos se apunan, ahí donde se aprende a desaprender eso que llaman civilización para recuperar el asombro del ser nativo, ahí se olvidan del mundo que desprecia la sabiduría de los ancianos y cada año eligen a una abuela para que interprete, en su corazón, la voz ancestral de la Pachamama, el espíritu cósmico de la madre de los cerros.
Felisa Arias de Balderrama es la Pachamama de Amaicha del Valle , una abuela sabia, que durante doce meses, interpretará el ancestral mandato de la madre de los cerros. Felisa, con sus noventa años, acumula balbuceos de montañas, plegarias de caja, caminos angosto entre precipicios y ushutas mojadas. Felisa que anduvo en mula, entre nubes y hambre, que conoció el frío beso de la madruga de invierno en las manos del que pela caña, que padeció el fatídico acecho del familiar, ese perro negro que ladra en el silencio del zafrero. Felisa que sabe que el canto indígena permanece en Amaicha, que en lengua originaria quiere decir: “Cuesta abajo”, ella que muchas veces tuvo que bajar del cielo de la vidala para ir a Tafí o Catamarca. Porque Felisa comprende que Amaicha es la frontera de los vientos: por su sangre soplan los vientos libres de Abya Yala, los mismos vientos que agitaran los espíritus de San Martín y Felipe Varela, de Condorcanqui y Belgrano, los mismos vientos que hicieran del poncho de Atahualpa Yupanqui, bandera musical del caminante.
Felisa, Pachamama de Amaicha del Valle, recomienda abrevar en el libro de la chicha en febrero, en el cine de las apachetas y sus siglos de ofrendas paganas, en los lerdos milagros que acontecen en las horas del pastor, en los profundos conocimientos que se adquieren cuidando la majada y descifrando la secreta música del viento en el cañaveral. Felisa nos recuerda que el corral es como una escuela, y el sendero, como un templo. Esos caminitos donde la muerte juega en los precipicios, donde el silencio esculpe en el rostro cobrizo artesanías de raza, donde la copla huraña sabe a aguardiente de ríos andinos, donde el cóndor supersticioso mira de reojo a la diminuta abuela que por un año será la madre tierra. Ella, Felisa, la Pachamama de Amaicha, la que cambia los milenios de ecos por el ancestral sonido del “joi - joi” , que en definitiva es el eco del corazón nativo del país de los valles Calchaquíes
Bajo el cielo de los antiguos, Felisa arrea siglos de cantos y silencios, recibe la gratitud india, la corpachada, tributo a ella, madre de los cerros que junto a Inti y Quilla, custodian las almas ancestrales de Amaicha.

4/07/2014

Quizás el arte

Quizás el arte sea el eco de Dios y la nada en el corazón humano. O la llave de puertas que aún no han sido construidas sin embargo desde hace siglos esperan que las abramos. El aullido de los lobos de los sueños y el inocente canto del pastor de la vigilia. Las guitarras invisibles que ejecutan los habitantes de nuestros silencios. Las escaleras hacia las torres oníricas, los campanarios de los templos que construyen los atardeceres. Juguetes de los arrabales del alma. Puentes que unen las orillas del viento y el pájaro. Bicicletas para desandar barrios de la memoria y galaxias de lo que pudo haber sido. Mapas del país del más allá de nuestros nombres. Loterías de paraísos e infiernos. Jesucristos y Hamlets. Videntes griegos y chamanes indígenas. Cantos de pescadores y lo que prefieren callar las de sirenas.

Pedro Patzer, primer sábado de abril de 2014. Escrito mientras la lluvia

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica