9/02/2015

Gauchito Gil, la sagrada venganza de los bárbaros y los suburbios de la esperanza



por Pedro Patzer 



Si hay algo que hemos aprendido de la fe del pueblo es que ella no santifica a los pulcros nominados por los obispados, ni a los santos hechos a la medida de los corazones de mármol de los eclesiásticos, la fe del pueblo consagra a hombres y mujeres que jamás serían distinguidos por los sargentos de las plegarias ni por los burócratas de milagros, mas siempre serán elegidos por la sed espiritual de los de abajo.  Nadie sabe más de los caminos de la fe del pueblo que sus descalzos, nadie sabe más de la esperanza del pueblo que sus desesperados.
Los “civilizadores” se han cansado de llamar bárbaro al gaucho, sus libros y sus próceres se encargaron de calificarlo como salvaje, sin embargo, el  corazón del pueblo no ha consagrado como santos ni a Sarmiento, ni a Mitre, ni a ningún refinado personaje; el pueblo ha canonizado a un gaucho matrero, como el máximo protagonista de su santoral profano, el pueblo ha subido al mayúsculo altar de su fe al Gauchito Gil.
Para algunos Antonio Gil (1840 - 1878) fue un desertor que no quiso combatir contra sus hermanos en las luchas intestinas, para otros un bandolero fugitivo de la justicia, para la devoción del pueblo, un gaucho milagroso, el santo de las heridas de los “naides”, el santo rebelde que no aceptara el canallesco “Reglamento de tránsito de individuos” que sentenciaba: “Todo individuo que no tenga propiedad legítima de qué subsistir, será reputado en la clase de sirviente... Es obligación que se muna de una papelera de su patrón, visado por el juez. Estas papeletas de conchabo se renovarán cada tres meses y los que no tengan documentos serán tenidos por vagos” Por supuesto, los gauchos eran declarados “vagos” y condenados a “elegir” entre servir al ejército en las fronteras por años o integrarse a las peonadas, sin sueldo, por más  años aún. Desde luego que los “civilizados” estancieros, aprovecharon este reglamento en nombre del “progreso” y los gauchos de ser los hombres libres de la pampa pasaron a ser los esclavos de las estancias. De este crónico dolor, de esta opresión, de este silencio colmado de milongas calladas, surge el Gauchito Gil, santo de los que hablan todos los idiomas que posee el desamparo, el santo de los que llevan desiertos en las miradas, el santo de los que hasta el viento ha dejado de pronunciar sus nombres, el santo de los exiliados del horizonte (porque la patria de esos gauchos libres era sobre todo el horizonte) el santo de los inquilinos del color del día, el santo de toda esa pena que canta Martín Fierro: “El anda siempre juyendo, /siempre pobre y perseguido;/ no tiene cueva ni nido,/ como si juera maldito; /porque el ser gaucho... ¡barajo!/ el ser gaucho es un delito”
La historia - leyenda  indica que el primer acto milagroso del Gauchito Gil sucedió momentos antes de su muerte, cuando (colgado de los pies a un árbol) le manifestara al sargento, su futuro verdugo: "Cuando vayas a tu casa encontrarás a tu hijo enfermo...estará moribundo, pero invocá mi nombre y se salvará" Esto no evitó que el incrédulo militar lo degollara y que al llegar a su casa comprobara lo que Antonio Gil le había advertido: su hijo agonizaba.  El asesino le implora al Gauchito Gil que interceda ante Dios para salvar la vida de su gurí, al llegar la madrugada el milagro se había realizado: el niño había sanado. Fue el propio verdugo de Antonio Gil el que con sus manos construyó una cruz con ramas de ñandubay para la tumba del Gauchito, tiempo después éste sería, junto al de la Difunta Correa, el santuario más importante del país (ubicado a unos 8 kilómetros de la ciudad correntina de Mercedes)
Antes eran botellas con agua al costado de las rutas del país, botellas ofrecidas a la sed de la Difuntita (Deolinda Correa muere de sed huyendo del acoso de la autoridad,  con sus pequeños hijos, a los que sigue amamantando luego de morir) hoy son ermitas con trapos rojos, como si la sangre del pueblo tuviera sus banderas, como si el santo del pueblo representara aquella idea de que la sangre de los inocentes produce milagros. Los desposeídos le rezan al Gauchito, los silenciados le levantan pequeños templos hechos de todo lo que calla un vencido, porque el gaucho “despojaba de dinero a los ricos para dárselo a los pobres” porque el Antonio Gil sabía que los milagros de los abajo se consiguen luchando, los milagros de los pueblos no se logran de brazos cruzados, los milagros de pueblos se conquistan. Cuando la Iglesia de los santos oficiales les cierra las puertas a los pobladores de la intemperie, el santo de “los manos vacías”, el santo sin catedrales los cobija en su sagrada rebeldía. Por eso en la gran crisis del 2001 el Gauchito Gil apareció en comedores, en hospitales, en cárceles, en trenes a ninguna parte, en los días de los soldados del pan duro, tatuado en los cuerpos de los hijos del guiso flaco, en la liturgia de la cumbia como una alegre herida, entre la orfandad de las mesas desnudas y el vino vacante de cristos. Es cierto que tarde o temprano la historia suele hacer justicia, sin embargo la fe del pueblo siempre se le adelanta ya que hay asuntos que no se resuelven en tertulias de intelectuales, ni en discusiones teóricas acerca de la historia y la cultura, hay temas que el pueblo sólo resuelve con su misteriosa sabiduría porque curiosamente el poema nacional y la devoción más popular de la Argentina tienen como referentes a gauchos, esos hombres que fueron calificados como salvajes por los “civilizados”, esos gauchos que fueron santificados y cantados por el pueblo, esos gauchos que milagrean desde los suburbios de la esperanza, esos gauchos que son la sagrada venganza de los “bárbaros”


8/20/2015

Las llamadas de la Tierra, las llamadas encontradas


por Pedro Patzer



El cancionero de adobe y el balbuceo de los dioses de los antiguos crean un cielo de greda, un cielo que acecha al alma del pueblo, un cielo de arcilla que entra en conflicto con el muro que es el pensamiento sin magia de occidente y promueve la llamada mítica de la Madre Tierra. Y es así que la profecía de Atahualpa Yupanqui se cumple: el hombre se transforma en “tierra que anda”. Y cuando el hombre es tierra que anda, ya es mundo, y para cambiar el mundo, él tiene que cambiar, transformar su corazón, es decir, modificar su ser, que es la tierra, y dejar atrás el ancla cultural (impuesta por los que fueron convencidos de que los argentinos sólo somos “hijos de los barcos”) y alcanzar su música propia, esa música hecha del espíritu latente de tantos idiomas de Abya Yala. La tierra que anda ya no sueña con ganarse la lotería, ni alcanzar la fama y “salvarse”, la tierra que anda ya sabe que de nada sirve el cielo (de mármol) para pocos, la tierra que anda es consciente de que el cielo que nos iguala es una construcción colectiva de los de abajo. La tierra que anda sabe bien que cada árbol derribado es su propia muerte, y cada campo envenenado con glifosato, el fin de su mundo. Por eso cuando el hombre  descubre que es tierra que anda, debe dejar atrás lo irreductible de la ciencia y las religiones de mercado y las jaulas de oro de la cultura y asumir su responsabilidad existencial y como diría Yupanqui, escuchar el llamado: “El alma de la tierra, como una sombra, sigue a los seres indicados para traducirla en la esperanza, en la pena, en la soledad .Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra, si comprendes su sombra, te espera una tremenda responsabilidad. Puede perseguirte la adversidad, aquejarte el mal físico, empobrecerte el medio, desconocerte el mundo, pueden burlarse y negarte los otros, pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha, porque no es sólo tuya, es de la tierra, que te ha señalado”  
La “civilización” siempre ha combatido a la música de los “bárbaros”, al llamado de la Tierra. Sarmiento en el Facundo fustigaba al gaucho cantor y a la música de indios y ahora los fertilizantes están dejando a los campos sin música: ¡el día se ha quedado sin pájaros! El silencio de la civilización avanza, el silencio del glifosato se impone. Por eso se vuelve tan importante el llamado de la Tierra, el canto hondo de Indoamérica, porque el hombre de aquí debe volver a enseñarle a cantar a los pájaros, y nuestras vidalas, nuestras bagualas, nuestros yaravíes son pájaros legendarios, pájaros custodios de las músicas de las que se alimenta “la tierra que anda”.
Cuando despertemos del ensueño de la civilización, y nos consagremos al llamado de la Tierra, nos daremos cuenta de que no estamos solos: en nuestros silencios habitan los cantos chamánicos indígenas y los manifiestos de horizontes de los corazones libres que lucharon por la libertad cultural, espiritual y pedagógica de las pequeñas patrias que conforman esta Patria Grande, o como con más belleza expresó el poeta puntano Antonio Esteban Agüero: “Tengo un millón de caballos/ ¿Escucháis su relincho?/ Que rodean la urbe por sus cuatro costados,/ sus jinetes son muertos de Facundo,/ son muertos de Ramírez,/ montoneros del Chacho/ sableadores de Pringles,/ domadores,/ remeseros,/ rastreadores,/ guitarreros,/ espectrales jinetes que cabalgan/ mi millón de caballos”





8/05/2015

De cementerios de barcos y trenes, monumentos solitarios y pueblos perdidos


Por Pedro Patzer



Como si fueran juguetes de los días que los niños de nuestra historia dejaron arrumbados en los patios del olvido, hallamos en los páramos del país: cementerios de barcos y trenes; monumentos de la intemperie y pueblos abandonados.
Cementerios de Barcos
Cuando Paul Valery escribió su poema “Cementerio marino” no hubo de imaginar que los mares y ríos del sur del sur harían sus testamentos en forma de cementerios de barcos.
En Cabo San Pablo, Tierra del Fuego, se encuentra varado, desde el invierno marítimo de 1983, el buque Desdémona. Pareciera ser un Templo de óxido levantado en memoria a todos los naufragios australes. También en el mar patagónico, pero en San Antonio Oeste, provincia de Río Negro, hallamos una especie de necrópolis de barcos, un estuario en el que se apilan embarcaciones pesqueras, naves que agonizan entre las nanas de herrumbre y los pensamientos de los pescadores que cada tanto se acercan a escuchar los consejos que sólo saben dar los viejos barcos. Cuando la marea baja, estos buques quedan en tierra, como cartas que se acumulan en los umbrales de las casas abandonadas. Sin la liturgia del mar, aunque con el misterio del río, descubrimos en el delta Ensenada - Berisso, a un grupo de barcos a la deriva, como si fueran huérfanos de la sudestada, consagrados a la odisea del río color león. Estos buques abandonados son llamados por los orilleros como: “los linyeras del río”. No podemos dejar de referirnos a Puerto Sánchez, paraje de pescadores del Paraná, ubicado en la ribera entrerriana. Allí se puede contemplar algo así como un campo santo de canoas, donde las maderas de las viejas barcas exhiben sus memorias de temporales. El linaje de apóstoles milagreros, que por años multiplicaron el surubí, con su artefacto de prodigios: el espinel, es el alma de esta comarca que considera a sus antiguos botes, como ermitas de santos paganos, tal vez santos de los ahogados, santos de los sin anclas.
Cementerios de trenes
¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia? Se preguntaba Pablo Neruda, hijo de un ferroviario. Tal vez, don Pablo, haya algo más triste: un cementerio de trenes. En la localidad bonaerense de Vedia, hallamos, en el bosque, un vagón abandonado, éste pareciera ser un monumento de intemperie erigido en tributo a todos los trenes desaparecidos, aunque una imagen aún más (ferroviariamente) desoladora, es la del cementerio de trenes, de Ibicuy, Entre Ríos, pueblo que supo ser ferrocarrilero, y hoy es el imperio de las elegías de rieles, chatarras, vagones y locomotoras. Así como en Ibicuy hay muchas ciudades, pueblos y parajes de nuestro país que poseen cementerio de trenes, desde la cordobesa Cruz del eje hasta comarcas en las que se pueden llegar a descubrir (como si se tratara de una ironía) los restos de la “Argentina”, la célebre locomotora a vapor creada por Livio Porta. Locomotora que en pleno siglo XXI, los suizos e ingleses, están interesados en reflotar por su sistema ecológico.
De monumentos solitarios
En Quemú Quemú,  típica localidad de la provincia de La Pampa, donde la llanura, el caldén y el pampero conquistan el corazón de lo cotidiano, se halla un monumento de cuarenta metros de altura, ante el cual el viajero se pregunta: ¿Semejante panteón se habrá levantado como homenaje a San Martín, Belgrano, Perón? No. El fastuoso monumento fue erigido en 1967 (por el arquitecto Lincoln Presno) en memoria al asesinado presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy. Es decir, en el medio del desierto pampeano, un coloso irrumpe en el cielo de los pampas: el monumento a Kennedy ¡Todo un disparo a la cabeza de nuestra cultura ancestral! De la misma forma, en el paraje cordobés “Los Cerrillos”, se encuentra el mausoleo más grande de Argentina, con sus 85 metros de altura ¿Será un mausoleo a Evita, a Mariano Moreno, a Facundo Quiroga? No, este monumento fue construido en 1935, en remembranza a la aviadora Rosa Margarita Hoffman, más conocida como Myriam Stefford, la que muriera al precipitarse su avión, en la provincia de San Juan. Raúl Barón Biza, su esposo, le encomendó al ingeniero Fausto Newton la construcción. A seis metros de profundidad está la tumba en la que descansan los restos de la aviadora, la leyenda señala que también allí se encuentran sepultadas todas las joyas de la desdichada. En su lápida el epitafio reza: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas”

De ciudades y pueblos perdidos
Nuestra cultura popular posee leyendas que denuncian ciudades espectrales. En la Patagonia, la Ciudad de los Césares; en Salta, Ciudad Esteco y en los Valles Calchaquíes, Ciudad muerta. Más allá de estas míticas historias, nuestro país está colmado de comarcas que están a punto de desaparecer y de muchas otras que ya han desaparecido, la mayoría a causa del cierre de los ramales del tren, otras por catástrofes naturales, económicas y culturales.
En Medanitos, páramo catamarqueño, hallamos un oratorio sepultado en la arena. El frente del templo surge del médano, desde su gastada puerta puede verse a la virgen de las dunas. El único poblador de Medanitos, Nicolás Reales, de setenta años, custodia el santuario y promete no abandonar jamás su solitario paisito de arena.
Guanaco, es un paraje, donde las esquirlas del neoliberalismo se retratan en su estación de vías muertas, este lugar que supo tener sus negocios, sus hoteles, sus escuelas, hasta hubo recibido a Carlos Gardel, allá por noviembre de 1912, cuando el Zorzal criollo se presentaba junto a Martino. Guanaco  es hoy, una morada fantasma, tal es así que en una de las paredes de su estación se puede leer una leyenda que reza: “me voy, no aguanto más la soledad” Pero si tuviésemos que nombrar capital de la desolación argentina a alguna comarca, sin duda esta debiera ser la bonaerense Villa Epecuén, que llegara a ser uno de los balnearios termales más importantes del país, y que fuera borrada por una inundación, la madrugada del 10 de noviembre de 1985 cuando una sudestada desató la fatalidad y el lago Epecuén avanzó sobre la población, empujándola al éxodo: 1500 habitantes tuvieron que abandonar definitivamente sus casas. Villa Epecuén se convirtió en un desierto de agua, en un cementerio lagunero. Hasta que años después, el agua bajó, dejando un museo de ruinas: árboles muertos, el gran hotel hospedado por los viejos fantasmas de salitre, la escuela a la deriva del estricto manual del silencio y, de manera escalofriante, la monumental construcción de Francisco Salamone, de pie, como poniéndole nombre a semejante tragedia: Matadero!
De matanzas y nacimientos
Mientras miles de pueblos están en riesgos de desaparición, tenemos una ciudad llamada “La Matanza” con una población de casi dos millones de habitantes. ¿Será, acaso, tiempo de poblar los lugares más desiertos del país, y tal vez de fundar allí una gran ciudad llamada “El Nacimiento”?

7/21/2015

Los espejos emancipadores


Por Pedro Patzer

1
Los tobas tienen a Dapik Ltá, dios protector de la miel y de los panales. La cultura diaguita - calchaquí  posee al Coquena, deidad guardiana de las vicuñas, llamas y guanacos. Los mocovíes se refieren a Netise Letaá como el divino Señor que defiende a las nutrias de los cazadores. En la mitología chulupí, del Gran Chaco, Sitsé, padre de los animales terrestres, castiga a los depredadores. Muchos años antes de que las Oenegés europeas llegaran a nuestro continente a “enseñarnos” a cuidar la naturaleza, los pueblos originarios tenían una cultura que la amparaba.
2
Inottlelé, el Señor del Cielo, según la mitología wichí, e Ijwala, el hombre de Fuego, también de la teología wichí, se reúnen cada atardecer para incendiar de belleza el confín. Los ciudadanos modernos, hijos de la ciencia y del mercado, ya no le preguntamos al anochecer si el hombre del Fuego y el señor del Cielo gozan de buena salud.

3
Katés, llaman los chorotes a la estrella de la mañana, que aseguran, encarnó en una muchacha enamorada de un joven cazador. Del romance entre una estrella india y un joven cazador nacen luceros de pueblo, luceros del corazón indoamericano. ¿Acaso no dicen que San Martín es hijo de la india Rosa Guarú?

4
Una leyenda wichí indica que Lawo, el dios arco iris, se irrita cuando las mujeres se bañan en las lagunas mientras están menstruando. Parece ser que a Lawo, le molesta que el rojo de la menstruación de la mujer sea más hermoso y más vital  que el color del arco iris, que el color de un dios.



5
Para los chiriguanos el eclipse sucede porque Yáwa, jaguar mítico, lucha contra la luna para devorarla. Según los mocovíes los rayos caen por la presencia en la tierra de Nakolaña, una mujer pequeña. Advierten los tobas que el caluroso viento norte tiene un dueño: Kenakiaragayk. Y nosotros, resignados devotos de los telescopios, pararrayos y profecías de meteorólogos.
6
Mientras nuestro cielo se muestra huérfano entre radares, antenas y torres, los mapuches rinden culto a Rañíñ Wenú Cháu, Padre de la Mitad del Cielo y a Rañíñ Wenú Nuque, Madre de la Mitad del Cielo.
7
Los promotores de la cultura occidental repiten sin cesar el fragmento de la Odisea, en el que Ulises se ata al mástil para no enloquecer ante el canto de las sirenas; sin embargo, desconocen que en nuestros Valles Calchaquíes, en sus ojos de agua, en sus bañados y en sus ciénagas, suelen escuchar a sirenas cantar vidalas espectrales, sirenas que algunos llaman “rubias del río”, sirenas que encantan a los pastores y arrieros, sirenas que reúnen en su canto al griego y al amauta.  
8
Nietzsche advierte que Zaratustra, a los treinta años, deja su patria y se refugia en la montaña. Durante una década, a pura soledad, adquiere sabiduría del silencio y transforma su corazón. Luego desciende de la montaña y comienza predicar a los de abajo. ¿Acaso no es el mismo camino que recorriera nuestro  Fortunato Ramos, docente jujeño, que subiera ,a mula, al país de los cerros, para dar clases, y que años después bajara como el mejor alumno del viento andino, para dar testimonio de la sabiduría ancestral del runa?

Primero fueron los espejos de colores, luego, espejismos CULTURALES..
Hoy podemos mirarnos en los reflejos de Argentina mítica y despertar a la ancestral nación que hace siglos nos está esperando.



7/01/2015

Los otros himnos de las pequeñas argentinas y los Vicente López y Planes de comarcas



Sikuris Ancestral
Por Pedro Patzer
El canto siempre fue el biógrafo del corazón de nuestro pueblo, tanto es así que mientras los falsificadores de la historia nos contaban sus ficciones, Martín Fierro nos cantaba la historia de los de abajo: “Y atiendan la relación/ que hace un gaucho perseguido, / que padre y marido ha sido/ empeñoso y diligente,/ y sin embargo la gente/ lo tiene por un bandido” Del mismo modo, este país colmado de paisitos, no podría alcanzar todas las voces que conforman su voz interior, de no ser por los otros himnos nacionales, himnos que retratan las almas de esas pequeñas patrias, himnos creados por los otros Vicente López y Planes, por los autores de himnos de comarcas: ¿Acaso Guanuqueando no es el himno del paisito de la quebrada como Quimey Neuquén el himno del país del viento de los mapuches? ¿Será Llegando a Cuyo el himno de las patrias chicas escondidas en San Luis, Mendoza y San Juan? ¿Acaso El último sapucay es el himno de la comarca de los bandoleros sagrados? ¿Será El Antigal el himno de la patria de las ruinas calchaquíes y Vallecito el himno del país de los rezos pobres? ¿Acaso El arriero va es el himno del país de los caminantes? ¿Será Milonga Baya el himno de la patria de la sed y Apurate José el himno del país de los inundados? ¿Acaso Serenata para la Tierra de uno e Himno de mi corazón no son los himnos de las patrias de nuestra resistencia y nuestra ternura?
La Argentina tiene tantos himnos como patrias chicas, cada uno de sus paisitos presenta a su Vicente López y Planes, muchos de ellos célebres como Ricardo Vilca del país de la puna; Marcelo Berbel y Hugo Giménez Agüero de las pequeñas patrias de la Patagonia; los Tarragó Ros del paisito chamamecero; la Mona Giménez de la Córdoba obrera; Larralde el Vicente López y Planes de las patrias del horizonte como Pancho Cabral y Ramón Navarro lo son de los paisitos de la Chaya y el Pusllay, y por supuesto Atahualpa Yupanqui, el creador de los himnos de los paisitos secretos de esta Patria Grande. Sin embargo, hay Vicente López y Planes desconocidos, autores de los himnos de parajes y barrios. En el desierto de Lavalle, Mendoza, encontramos a Cacho, un trovador desconocido que le escribió una tonada a un viejo algarrobo que permanece de pie ante los constantes acechos del zonda. Su tonada es el himno de ese país del desierto de Lavalle. En Selva María, José es el Vicente López y Planes  del país de la selva formoseña, que compuso una Polka para vencer al Porá. En Cuchillo Co, provincia de La Pampa, Carlos, creó una milonga que se ha convertido en el himno de la patria de los salitrales; como en Lago Blanco, comarca de Chubut, Patricio urdió el himno del paisito del río Senguer, un canto en mapuche que abraza al espíritu indoamericano de sus pobladores. No podemos dejar de mencionar a Gabriela, la catamarqueña que creara una vidala chayera que pinta el alma de los habitantes de Las Juntas, ella es “La Vicente López y Planes” de dicha localidad.
Es conveniente decir, que las pequeñas patrias que conforman la Argentina, además de poseer los himnos que hemos enumerado y de sus respectivos “Vicente López Y Planes” también tiene himnos de patrias íntimas, himnos como el golpe de maíz en el mortero; como el legüero retumbando milagros en el misachico; como los ladridos nocturnos de los perros arrabaleros; como el chamamé en los andamios de los albañiles; como el otoño y sus cantatas naranjas en los patios; como el andar de la mula en la cuesta de la baguala; como el ronquido del rastrojero en la mañana de trabajo; como el traqueteo del tren que le devuelve sus latidos al pueblo; como el bufar de los barcos en el mar austral; como el sonido de los máquinas que son como el eco cultural del pueblo ypefiano; como la marcha cantada por Hugo Del Carril;  como la bombilla celebrando los países del mate; como un gol sonando en una pequeña radio de domingo.
Todos estos himnos no son entonados de pie en los patios de las escuelas, aunque ponen de pie al espíritu de sus patrias chicas

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica