5/29/2015

El bombo legüero



por Pedro Patzer



Su nombre lo adquiere porque retumba a leguas de distancia, resuena a leguas del Dios de los civilizados, late al compás del Dios de los montaraces, aunque Vitillo Ábalos asegura que cuando el legüero se toca a orillas del río Salado o del río Dulce, llega aún más lejos. ¿A qué lejanía se refiere? ¿Acaso el bombo legüero alcanza el lento corazón de la sequía? ¿Tal vez el legüero retrata el alma de la inundación? ¿Quizás los pasos perdidos de la Telesita? ¿Será que el bombo recupera el pájaro de la vidala, el animal desconocido de la noche en que suena el yaraví? ¿Quizás el estruendo del legüero sea el llamado de Indoamérica que la salamanca propicia, tal vez el rumor del latido de la otra historia? “Desde la hondura del monte/ el bombo llamando está./ Y el corazón padeciendo.../ Y el canto se va, y se va” (Atahualpa Yupanqui)
Como era de esperar, un antropólogo al enterarse del término “bombo legüero” acudió rápidamente a desmitificar tan hondo calificativo. El hombre de ciencia se tomó el trabajo de colocar un grabador, en pleno monte santiagueño, a una legua del bombo para concluir: “El resultado ha sido que en ningún caso llegamos a oír a estos rústicos tambores antes de un kilómetro” Este curioso antropólogo también planea refutar a García Márquez: “Es falso, ¡las mujeres hermosas no ascienden como Remedios, la bella!” O advertirle a Juan Rulfo: “¡Pedro Páramo es una falacia, los muertos no hablan!” Y tal vez, el aventurero antropólogo se anime a denunciar: “¡El kakuy no dice turay, tan sólo canta como cualquier pájaro!” Pues, el hombre de ciencia no consigue comprender que el bombo legüero no es un instrumento convencional, es por llamarlo de alguna manera: un artefacto de ensoñación montaraz, un espejo sonoro de leyendas, un altar del templo del profeta que redime en cada golpe al parche, la luna de la última noche libre del continente. ¿Pero si posiblemente el bombo vino en barco? Y acaso San Martín no vino en barco a liberar a nuestros pueblos. ¿Será pues el bombo el otro sol del silencio nativo, el corazón de los misachicos que marca el paso de la fe de los descalzos?  El antropólogo insiste: “Veíamos aproximarse el misachico desde mucho antes, pero el bombo no es escuchaba hasta no acercarse por lo menos a mil metros” Es que el hombre de ciencia no hubo de enterarse que el término legüero no remite a la medida exacta superior a los cinco kilómetros, como la carcelera definición sentencia. Se le llama legüero, al bombo que con su retumbar consigue rescatar, desde las leguas del olvido, el sonido de las lenguas perdidas que se hablaban en la Argentina antes de que llegara el conquistador. Es decir, al bombo en su estruendo logra recuperar el eco del cacán, tonocoté, chané, ona, yagán, alacaluf, allentiac, charrúa, abippón. Sin embargo, el hombre de ciencia insiste: “Parece saberse de antemano que ningún comprador de estos bombos industrializados procederá a realizar un control de calidad riguroso ni necesitará jamás hacerse oír con su instrumento a cinco kilómetros de distancia” Pareciera que el antropólogo ignora lo que realmente busca el que compra un bombo legüero, tal vez Vitillo Ábalos, de noventa y dos años, que hace setenta que toca el bombo, tenga la respuesta al confesar que si bien, en tantas décadas de dialogar con el legüero le ha descubierto profundos secretos, aún no ha conseguido revelar algunos de sus misterios. En el bombo legüero hay un golpe como si fuera el abrir de otras puertas, como un umbral a los otros países latentes en el silencio del pueblo. Las otras argentinas que no caben en los mapas, pero sí en el estruendo del legüero. El bombo posee un lenguaje, un idioma de lo cotidiano: “Cuando alguien hacía pan, tocaba el bombo legüero, y todos sabían que tenía pan, lo mismo cuando carneaban un animal. Eh, fulano ha carneado, decían, y allá iban”, recuerda Vitillo Ábalos.
Como la guitarra, el bombo tiene memoria de árbol, curiosamente el legüero se hace con el tronco del ceibo ahuecado, tal vez por esto el bombo legüero recupera la sinfonía interior del árbol: su manual de vientos montaraces, vientos que no le piden permiso a la civilización ni a los antropólogos para inaugurar mitos, pero también el legüero tiene memoria animal, ya que muchos de ellos están hechos con cueros de cabra, oveja, puma , caballo, inclusive, tiempo atrás, algunos se hacían con cuero de perro. Hay en el latir del bombo legüero un acecho de puma, como un galopar de caballo salvaje, una especie de perro ladrándole a la fabulosa luna de cuero, pero sobre todo hay en el ronquido del legüero, un estruendo de raza, un himno del corazón ancestral


5/14/2015

El diablo, el dios pagano de nuestro folklore


Por Pedro Patzer

Junto a la religión que trajo el conquistador, llegó también su diablo, diablo que fue utilizado para demonizar a la cultura indoamericana. El indio y el gaucho comprendieron que el diablo que vino en barco era un personaje construido por el imperio para colonizar su alma: ¿Si les habían impuesto un Dios para gobernar su cielo, por qué no instalarles un diablo para gobernar su tierra (su ser)?
Santos Vega, el mejor payador de la llanura pampeana, trovador que ningún paisano hubo de vencer en el contrapunto, fue derrotado por el diablo, Juan sin ropa. Es decir, la leyenda más importante de la llanura pampeana relata que su mítico payador fue vencido por un forastero, el diablo, al que denomina Juan sin ropa, no porque estuviera desnudo, sino porque no utilizaba ropa de gaucho, es decir, vestía como un extranjero. La lectura que el folklore ha hecho de la leyenda del Santos Vega es clara: la tradición (el gaucho payador) es derrotado por el diablo (el progreso). Podemos también hacer una interpretación que tiene que ver con la batalla cultural: la cultura bárbara (el gaucho a lo Martín Fierro, a lo Vega, a lo Güemes, no el gaucho de desfile) fue vencido por la cultura civilizada (el forastero, el extranjero, el de otro ropaje) En este caso el diablo es claramente un agente cultural del imperio, aunque si nos detenemos sobre el desenlace de esta leyenda, sabremos que en cada atardecer pampeano, suele escucharse el espectral canto de Santos Vega. Este canto legendario del payador invencible, (vencido) es el himno de la resistencia cultural. Del mismo modo que el pueblo le cantó, entre a otros caudillos, a Chacho Peñaloza y  Felipe Varela (ambos derrotados: el primero degollado y el segundo desterrado) y jamás le hubo cantado a los “civilizados” Sarmiento y Bartolomé Mitre; Vega, en cada poniente de llanura, entona la plegaria de la resistencia cultural: el payador invencible no pena por su derrota ante el diablo, don Santos nos recuerda que hay otro canto latente, una voz ancestral y nativa en el fondo de nosotros mismos, en el fondo de nuestros días, en la raíz de la otra historia, en la geografía de los otros mapas, en el silencio de los otros idiomas que pueblan nuestros silencios.
El diablo también pone su cola en el universo de la zafra. Es creencia que el familiar, un ser sobrenatural con forma de perro negro, ronda los ingenios azucareros  custodiando los intereses de su amo. Se dice que el familiar es un agente del diablo que tiene un pacto con el patrón: él cuida el ingenio a cambio de que todos los años este le entregue un peón de su estancia para ser devorado. ¿Es acaso este diablo intermedio metáfora del sistema económico colonial, el que hizo del país “el granero del mundo”, o mejor dicho: el que le prodigara su materia prima al imperio para que este nos vendiera a precio vil, el producto terminado? Tanto es así que Argentina llegó a comprarle ponchos a Inglaterra, ponchos  que se fabricaban en ese país que nuestra materia prima recuperada con  el sudor y sangre de nuestro peón, sangre (de país) que saciara la diabólica sed del familiar (el imperio), alimentado de zafreros (de los sueños de emancipación económica)
Más allá de Juan sin ropa (símbolo de la colonización cultural) y del familiar (metáfora de la explotación y de la economía colonial)  hay un diablo que el criollo ha construido como figura de la rebeldía cultural, es el diablo que es el Dios pagano de nuestro folklore el que con su desentierro inaugura el carnaval y que con su entierro lo clausura. El carnaval que es un tiempo donde Indoamérica se pone de pie, se apodera de las almas de sus habitantes (muchos de ellos se visten y se vuelven diablos) y deja atrás el orden establecido por la “civilización” para dar paso a la euforia secular de la Pachamama. Del mismo modo, el Zupay, el diablo que habita la salamanca (misteriosas cuevas de Santiago del Estero, Tucumán y Catamarca) no es el satán que vino en las naves, sino que es un diablo reelaborado por nuestro folklore que le otorga al “salamanquero” poderes para el canto y el baile nativo. Es decir, el diablo del socavón a cambio de un alma (otra metáfora, que se entregue el alma colonizada) prodiga el don de recuperar el vuelo del cóndor dominando el bailecito  o el yaraví, o la oportunidad de rescatar la centenaria voz del amauta en una copla, es decir, el diablo le otorga al salamanquero el alma libre del continente, el eco cultural de Abya Yala

5/06/2015

Circo Criollo, templo de la resistencia cultural

 por Pedro Patzer    
Circo criollo: templo de los de abajo, catedral de lona, entre famélicos acróbatas y payasos que sonríen las heridas comarcanas, pepinos agridulces que abofetean a la colonización cultural del siglo XIX, e inauguran el congreso de identidad donde los héroes de tierra adentro, los “bárbaros”, los que nunca pisaron los altares de la academia, se consagran. “Me bautizó un cura chino/ hombre con tan gran julepe/ y tan entregado al vino/ que en vez de poner Pepe/ fue y me puso el gran Pepino” (José Podestá) En el circo criollo Juan Moreira y los sagrados bandoleros alcanzan la gloria, no la del manual de historia, sino la de la lágrima y la del aplauso del pueblero y la peonada. Tanto es así que durante una representación, en el momento en el que el protagonista es atacado por la policía, un espectador invade el escenario, facón en mano, para defender a Juan Moreira.
Circo criollo, Martín Fierro hecho carpa, acuarela de querencia, andariego de la Argentina gaucha e indoamericana. “Somos los criollos mentados/ de los pagos de las orillas/ que nos ponemos golilla, / de pañuelitos floreados” (José Podestá)
Cuna de artistas que no hicieron el conservatorio sino que se formaron en la escuela de los trapecistas de los cielos provincianos, de los domadores de baguales, es decir se educaron en la escuela de pasión de los hermanos Podestá, pioneros del circo criollo. Un artista de este espectáculo tiene que actuar, hacer de payaso, de acróbata, trapecista, tocar la guitarra, cantar, bailar, montar a caballo, vestir chiripá y pelear, entre otros menesteres: “Somos los quiebra cantores/ que hemos sacado patente/ de peleadores valientes/ y bailarines pintores” (José Podestá)
Los Podestá son los creadores del teatro argentino ya que incluyen, por primera vez un drama nacional (Juan Moreira) en el circo, obra adaptada por el propio Eduardo Gutiérrez y protagonizada por José Podestá, para luego representar dramas como Martín Fierro, Pastor Luna y Hormiga Negra. Mientras que en los teatros porteños la burguesía se regocija con obras de autores europeos, el circo criollo representa obras nacionales que consiguen que el pueblo vea algo impensado en el teatro de Buenos Aires de finales del siglo XIX: al gaucho engañado por el gringo ladino y perseguido injustamente por la autoridad. Advierte el dramaturgo García Velloso: “A pesar de los teatros suntuosos, a pesar de las compañías disciplinadas y de los repertorios multiformes que hoy en día son timbre de orgullo, yo vuelvo, con una ternura infinita mis ojos hacia el circo criollo que fue la cuna glorioso donde nació para triunfar la dramaturgia rioplatense. Debía ser el circo el continente teatral Argentino único. Buscamos, sin embargo, briosamente el perfeccionamiento de nuestro arte escénico en la asimilación de las formas europeas seculares. Si no hubiéramos abominado inconsultamente del circo, si no hubiéramos anhelado la magnificación de nuestras obras cambiando los dos sitios de acción, la pista y el tabladito, por el proscenio tradicional, hoy tendríamos las formas de representaciones dramáticas más originales del mundo”
El circo criollo es un espacio de resistencia cultural, muy pocas danzas y ritmos, hubieran permanecido sin su presencia, de hecho es el circo de los hermanos Podestá el que hace resurgir al pericón al incorporarlo en 1890 en la obra Juan Moreira. Fueron también parte del circo criollo  los célebres payadores Gabino Ezeiza y José Bettinotti. “Al son de la rota guitarra/ canté el gato, el pericón,/ la milonga, el cimarrón/ y con voz de chicharra/ entusiasmé a la reunión:” (José Podestá)
Mientras en la década del 80, del siglo XIX, la cultura oficial “la civilizada” coloniza a los porteños, los europeíza; el circo criollo, el de la cultura “bárbara” argentiniza a los argentinos, los americaniza, los emancipa.

4/14/2015

Galeano, el Galileo del corazón humano y del canto de los nadies Por Pedro Patzer



Los solemnes recuerdan a Eduardo Galeano, ofrecen sendas biografías, levantan su estatua. Ustedes saben: hacer de alguien una estatua es hacer de su espíritu algo inmóvil, algo que ya no llora, no ríe, no ama, algo que ya no intenta mover el mundo.  Sin embargo, todos los que somos hijos de los días de Eduardo Galeano debemos denunciar cual galileos: sin embargo se mueve!!! El autor de Las Venas Abiertas hizo la de Martín Fierro: denunciar con belleza. Así Galeano consagró su vida a ser un Galileo del corazón humano, a mostrar su movimiento en la historia, a señalar la grandeza de los pequeños de la otra Historia, de los “Nadies”, como él los llamaba. Porque, justamente, su obra es un llamado, un manifiesto que nos enriquece la mirada en medio de la pobreza (de los contempladores profesionales) De este modo, al mundo patas arriba lo cobijó en el libro de los abrazos, y a los silencios de los oprimidos, les convidó sus palabras andantes, y al frío del olvido lo combatió con las memorias del fuego. Eduardo Galeano no fue la voz de los sin voz, él fue su canto.




4/09/2015

Entre templos y juguetes



Un corazón libre vive entre el templo y el juguete, declara arrabal a todo lo que no lleve algo de puente en su esencia, se confunde con el libro de la aurora, se hace llamar como el grillerío nombra a la remota noche, se permite ser el eco de los antiguos silencios y las alabanzas de las sagradas tribus del porvenir

pedro patzer

3/31/2015

El silencio de nuestro héroe (el héroe de los de abajo)



El silencio de nuestro héroe (el héroe de los de abajo)
por Pedro Patzer

El silencio de nuestro héroe está hecho del crujido de la canoa del pescador que a mitad del Paraná no espera ser encantado por el canto de las mitológica sirenas aunque sí confía en que el himno de sus ahogados ponga de pie a las patrias secretas del río. El silencio de nuestro héroe está conformado por las bagualas de los vientos sin nombre, por el galopar de los caballos salvajes que parecieran rendir tributo al silencio de Felipe Varela en su exilio de los manuales de historia. Silencio, el de nuestro héroe, construido por los pueblos que murieron con la peste del desierto que se esparció cuando el país se quedó sin trenes. Silencio acumulado por los changos a los que no se les permitía hablar su “lengua de indios” en las escuelas del gran civilizador. Silencio por las localidades a las que se les cambiaron sus nombres ancestrales por los de estancieros ingleses. Silencio de los que no tuvieron una lápida con su nombre, ni siquiera una cruz de algarrobo en los remotos caminos de la historia. Silencio de la callada bicicleta de Claudio Pocho Lepratti, silencio de los puentes sin Kosteki y Santillán, silencio de San Martín contemplando desde el barco por última vez esa tierra,  silencio de los viejos ypefianos de Tartagal ante la tragedia de la privatización de Ypf, silencio del maíz ante el atroz alarido de la soja, todo el silencio de siglos que se resumen en los ojos de los mineros de Andalgalá; el sacha silencio que en el Santiago profundo se escucha entre retumbo y retumbo de legüero; el silencio de Gatica noqueado por la vida, y puesto de pie, nuevamente, por la máquina de escribir silencios de Osvaldo Soriano. El silencio de los cafés de Palermo ante la ausencia de Miguel Abuelo y sus cartas abiertas a la vida: “La vida es un libro útil para aquel que pueda comprender”; silencio de óxido de los barcos hundidos en los pinceles de Quinquela; el silencio después del yaraví con el que en el Jujuy adentro despiden a sus muertos; el silencio de los desiertos compilados por las milongas de llanura; silencios de los cartógrafos ante el viento patagónico que borra las fronteras de los mapas políticos y enciende los mapas espectrales de la ciudad de los Césares; silencios de los bisnietos de Martín Fierro que en la villa entonan cumbias desesperadas; el silencio de los arrabales de Dios ante la poesía humana de Discépolo; el silencio austral luego del último sapucay en Malvinas; el silencio de los peones golondrinas, que nunca levantan vuelo, que jamás gozaron de la ventaja del cielo de los estancieros; silencio de la curandera ante los remedios que la Pachamama le sugiere; el silencio con el que Atahualpa Yupanqui enseñaba a cantar la vidala; el silencio de Manuel Dorrego ante el cantar de los pájaros en su última tarde de Navarro, silencio del mismo linaje  de Juan José Castelli, el orador de la revolución de mayo, que irónicamente muriera por un cáncer en la lengua; silencio como el callar del mar cuando Mariano Moreno, se convirtió en el primer desaparecido de esta patria, silencio similar al del crucero Belgrano hundiéndose en los márgenes de los mapas; silencio de Homero Manzi que ante la aristocracia de la palabra se plantó y pronunció: “ante de ser un hombre de letras, prefiero hacer letras para los hombres”, la misma aristocracia que le dio la espalda a Leopoldo Marechal: “¡Ah, no me digas nada, ni la palabra antigua/ ni las canciones que ha mordido el tiempo!” El silencio de los valles, silencio donde los antigales calchaquíes recuperan las confesiones del cardón; el silencio de nuestro héroe hecho de la zamba del zafrero, que luego de su día consagrado al machete y la caña, se entrega a las seis cuerdas con las que apacigua, la amargura del azúcar siempre ajena. El silencio de las plegarias interiores de los humildes ante la cabeza del Chacho Peñaloza exhibida como trofeo de los “civilizados” en una plaza de Olta, silencio que regresara a otra plaza, casi un siglo después, luego de ser bombardeada. Silencio amarillo de las biblias de hotel de provincia, silencio del que se queda sin pilas en la radio y no logra que Dolina le corrija el insomnio; el silencio del cerro cada vez que muere un baqueano; el silencio de los trenes sin Oliverio Girondo; el silencio del camionero ante cada ermita del Gauchito Gil, el silencio de los devotos de la Virgen del Valle que también le rezan a la santa de los humildes catamarqueños, María Soledad Morales; el silencio de Juana Azurduy y de Evita, que cada tanto nos recuerdan la América es mujer, que la historia es mujer; el silencio de los hijos de la sequía ante el éxodo de vida, el silencio del padre que pierde la batalla del pan, el silencio de los próceres del guiso; el silencio de los padres Mugica y Angelelli ante el vía crucis de nuestros cristos descalzos; el silencio de la noche campesina luego del “duerme, duerme, negrito”; el silencio de Buenos Aires sin el fervor y les elegías de Borges; el silencio de los guaraníes sin tierra que anhelan alcanzar la Tierra sin mal; el silencio de los cazadores (de la revista weekend) ante la aparición del Coquena; silencio del viejo bibliotecario ante los lectores que cambiaron las tardes de libros por las del bingo; el silencio de la calle Florida sin la Richmond; el silencio de los patios sin la imaginación de María Elena Walsh; el silencio de Manuel Belgrano ante el fuego que iluminó el éxodo jujeño; silencio como el del teatro abierto devorado por las llamas; el silencio de los otros libros que iba a escribir Rodolfo Walsh; el silencio del clavel sobre el piano de Pugliese; el silencio de la luna de Callao sin el corazón polizón de Horacio Ferrer; el silencio de los idiomas ancestrales de nuestra tierra ante el pedagogo que aconseja “pensar en inglés”; el silencio de los habitantes del oeste de La Pampa ante el río que le robaron: el Atuel Salado Chadileuvú, más conocido como el río de la sed, silencio hermano al de la Difunta Correa amamantando de esperanza a los sedientos peregrinos de San Juan; silencio como el de los locos del zonda, silencio pariente de los que ofrecen su alma a la sudestada rioplatense; silencio de los corazones de la Patria Grande ante los diminutos espíritus de los apólogos de la patria chica; silencio del maestro del pequeño pueblo ante el funcionario que habla de “primer mundo” y “tercer mundo”, funcionario que no advierte el esfuerzo que hizo ese docente para comprar un mapamundi y explicarle a sus alumnos que hay un sólo mundo y que éste comienza desde el sur; silencio del último puestero ante ante el lamento de Santos Vega por su derrota ante el diablo (el progreso), silencio como el del barrio que ha perdido su calesita; silencio del puneño ante el intelectual que nos define como “hijos de los barcos”; silencio de la avenida Garay sin el Aleph, silencio de Balvanera sin Jacinto Chiclana; silencio de la selva ante la máquina de escribir de Horacio Quiroga; silencio del hachero después de derribar el alma del monte, un silencio en el que aprende que cada árbol que derriba lo hace más pobre; silencio de las banderas ante los países de la Argentina secreta que celebra un poncho al viento; el silencio del alma de Güemes ante el pomposo gaucho de desfile; el silencio de Lugones ante una vida de mil vidas borrada por tan sólo un vaso de veneno; el silencio de la chichí que no tiene plata para ir a ver a la Mona; silencio de los trashumantes ante un nuevo amanecer a la deriva; silencio de la guitarra sin los nidos donde los pájaros eléctricos de Spinetta desarrollaban su música celestial; silencio sin la historia desopilante del taxista porteño; el silencio de la piedra ante tantos siglos de exilio de la montaña; silencio del mate del solitario; silencio de los que esperan a que los Vairoleto, los Juan Moreira y los bandoleros sagrados, regresan a hacer justicia para los de abajo; silencio del cielo del sur ante el retumbo divinamente pagano del kultrún; silencio de los Ramonas y de los Juanitos Laguna sin el color de Berni; silencio de los cines de pueblo sin las películas de Favio; silencios de leguas acumulados en cada paso del arriero; el silencio del pastor ante la mula que carga el ocaso en la quebrada; el silencio de los viejos trofeos de la desaparecida sociedad de fomento; el silencio de un alma chayera luego de febrero; silencio de los pasajeros del tren Roca ante el bendito salmo del vendedor ambulante: “no le vengo a vender, le vengo a regalar”; el silencio del limonero del patio ante los consejos del abuelo; el silencio del algarrobo natal ante la poesía de Antonio Esteban Agüero: “"Padre y Señor del bosque./ Abuelo de barbas vegetales./ Algarrobo natal. Torre del cielo./ Monumento y estatua del follaje./ Hijo del Sol y de la Tierra unidos./ Árbol de luz. Espejo de los siglos./ Dios vegetal de corazón fragante./ Así yo quiero terminar la Oda,/ asistido por Ángeles del Canto:/ Algarrobo natal, Abuelo nuestro,/ ¡Catedral de los pájaros!” Silencio de los buzones de Buenos Aires a los que ya nadie les entrega una carta; silencio de los caldenes ante el diálogo milenario del sol y el salitral; silencio de los que saben que para rezar por las noches se precisa una guitarra; silencio de la llanura sin fogones; silencio de los muros urbanos sin algún mandamiento de aerosol; silencio del que viene de lejos (de siglos) custodiando la creación de Viracocha; silencio cultural de la coca, silencio que nos recupera ante la palabra apunada; el silencio de la llama, el silencio de los caminos sin nombres; el silencio del domador ante la furia continental del bagual; silencio de los suburbios del alma sin las aguafuertes de Arlt; silencio de los corazones libres al comprender la metáfora del diablo de la salamanca, la idea de resistencia espiritual y cultural ante la colonización; el silencio del antropólogo ante el pueblero que hace llover; silencio del inmigrante ante el mar de tierra que es la pampa; silencio de los hijos de la Pachamama ante el alambrado; el silencio del trovero ante el viejo sabio que le recuerda que no hay atajo para llegar al hondo camino del canto; el silencio del joven historiador que descubre que le enseñaron una historia falsificada; el silencio del humilde chacarero ante el choclo transgénico; el silencio de la luna de Amaicha, luna que jamás pisarán los astronautas, luna que sólo se alcanza golpeando el parche de una caja; el silencio del pibe que comprende que cultura es la historia de su padre el colectivero, que cultura es su lucha por dejar el paco; el silencio del padre Julián Zini que descubrió que su religiosidad está consagrada a Dios y Ñamandú; el silencio del hombre que en su bote toma clases del idioma del junco y el barro; el silencio de los que luchan por la vida en un lugar llamado La Matanza; el silencio del que deja de ser turista y comienza a ser un habitante del otro misterio de la copla popular; el silencio del Alfonsina ofreciendo su cuerpo como elegía del mar; el silencio de los justos ante la prepotencia de los cultos ignorantes; el silencio de los caídos en las batallas de la pobreza; el silencio de la flor sencilla que ofrece un poco de color en los jardines del Borda; silencio ante el que olvidó sus goles de potrero y da besos profesionales a camisetas ajenas; el silencio de la enfermera del hospital que pese a todo, nunca dejó de limpiar las heridas del mundo; el silencio del solitario vallisto mejorado por el cantar de los grillos; el silencio del río Pilcomayo ante el canto rezo de los Qom; el silencio del conurbano bonaerense ante las canciones - manifiestos de Los Redondos; el silencio del Curaca ante tanta el farfulleo de los esclavos culturales; el silencio de Túpac Amaru que regresa en la libertad del vuelo del cóndor; el silencio de Inti ante la vida que cabe en el grano de maíz; el silencio indoamericano de arcilla que acecha en las cerámicas; el silencio del que sabe que el canto pertenece a los pájaros y al pampero; el silencio de kolla que comprende que para trepar a la cima del cerro, primero debe conocer su corazón, el kolla advierte que él es el cerro; silencio del que intuye que su destino es la baguala; silencio de los pesebres pobres donde se aprende que la auténtica riqueza es la redención; el silencio del pocero ante la parábola secreta de la tierra; el silencio del vino ante la ausencia de Jaime Dávalos; el silencio de los que construyen entre los escombros; el silencio de los que la vida sólo le ha puesto agujeros en la camisa como medallas o agujeros en la media como la poesía caminante de Tuñón; el silencio del aborigen que doma al caballo salvaje con un abrazo; el silencio del paisano que sabe que nadie es dueño de algo que no sea desbaratado por un atardecer de campo; el silencio de los tanques de agua, que son los monumentos que el día ha construido en las terrazas del barrio; el silencio del ombú luego de centenares de estilos perdidos bajo su sombra; el silencio del payador al comprender que la milonga es una forma de soledad; el silencio de la tranquera de la querencia donde hasta Dios se ha marchado; el silencio ante la tristeza que acuña su moneda en la mirada de quien observa la sonrisa de Gardel; el silencio de los patios del sainete desde que Buenos Aires se quedó sin conventillos; el silencio del médico de ciudad ante los yuyos que le recomienda la Machi; el silencio del músico salamanquero al comprender que llaman “música culta” a la que se ejecuta en el teatro Colón, Colón, el hombre que trajo el nombre que le quitó al continente su verdadera denominación: Abya Ayala; el silencio del ajero mendocino ante la inescrupulosa paga, silencio que tiene destino de vino y cogollo a mitad de la tonada; el silencio colmado de multitudes de las madres de los jueves y de las abuelas de la memoria; el silencio de los que nunca tendrán una oración en un libro de historia, sin embargo son los verdaderos próceres cotidianos; el silencio de los isleros litoraleños cansados de escuchar a los profesores hablar de La isla de Robinson Crusoe pero nunca mencionar las aventuras del hombre de río ante el acecho del Yasí Yateré; el silencio de Leda Valladares ante el canto de las copleras cafayateñas, canto que le hiciera abandonar la filosofía occidental “bien cuidada por los europeos” y consagrarse al hondo cancionero del continente
Ninguno de los silencios de los que está hecho el silencio de nuestro héroe, se parecen al de las estatuas y al de los monumentos, nada tienen estos silencios del silencio de los museos y de los púlpitos, nada del silencio de los claustros, ni del balbuceo de la plegaria enunciada de memoria, ni del silencio de los expedientes en blanco, ni de la distante palabra de los académicos. El silencio de nuestro héroe está colmado de voces, de voces pájaros, de voces chicha, de voces rezabaile,  las palabras de la otra tierra, voces Pachamama, voces que trascienden los caprichos de la cartografía y se consagran a la sinfonía de raza que hace siglos está latente en nuestros corazones.

3/10/2015

Hay quien



 



Hay quien
por Pedro Patzer

Hay hombres que son ríos y mujeres que son selvas, hay paradojas como que el hacha que derriba el árbol sea la génesis de la guitarra, de la cuna o de la mesa donde el pan de la vida se desata.
Hay senderos en los cerros que no conducen a ningún lado, sin embargo nos ayudan a encontrar el camino espiritual de la Pachamama.
Hay silencios de amautas que nos revelan la palabra emancipadora y hay oro y oropeles que todo lo que tocan lo empobrecen
Hay perros callejeros que transforman la intemperie en hogar y caballos salvajes que nos inculcan que en la euforia natural reside la belleza interior.
Hay ecos de ausencia en la casa de adobe y oraciones de los antiguos en lo que calla la piedra.
Hay horizontes perdidos en cada cuerda de guitarra y gorriones cotidianos que nos informan que en el cielo no hay pobreza.
Hay plegarias para putas y tangos para vírgenes, brújulas que nos indican el norte e islas que son como imanes del sur
Hay una historia contada por los verdugos y una historia cantada por los descalzos.
Hay quien recoge las uvas (y muy pocas veces ha probado su vino) y hay quien sólo prueba su vino y jamás ha conocido la vida que cabe en una uva.
Hay cristos indios y judas civilizados, hay vientos que mueven sólo molinos y vientos que promueven tempestades en los corazones libres.
Hay pianos que tan sólo son pianos y hay pianos que son templos.
Hay llamadas perdidas y hay chasquis que desde hace siglos están intentando darnos un mensaje ancestral.
Hay puentes viejos que los profetas de la velocidad no se detienen a escuchar y hay ramas de árboles sagrados que acarician al viento como el minero a sus hijos.
Hay voces que nunca se permiten ser jilgueros y voces que justifican el silencio de Dios.
Hay gente que le pone anclas al mundo y gente que le pone alas a la vida.
Hay quien aprende a callar cuando comprende que en el desierto no hay pájaros que canten.
Hay quien sabe que el fantasma es la zamba que no consiguió corregir el silencio cultural de tantos años.
Hay quien no toma conciencia que la primavera también sucede en el patio de la cárcel.
Hay baqueanos que nos guían en el monte y hay sucesos en la vida que nos hacen rastreadores de los misterios del alma.
Hay ladridos en la noche y hay silencios hechos por animales consagrados a la fauna de las soledades.
Hay ruinas colmadas de esperanzas y hay ciudades que no son otra cosa más que escombros.
Hay caminantes que logran entender el confín como un nuevo nacimiento

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica