8/20/2015

Las llamadas de la Tierra, las llamadas encontradas


por Pedro Patzer



El cancionero de adobe y el balbuceo de los dioses de los antiguos crean un cielo de greda, un cielo que acecha al alma del pueblo, un cielo de arcilla que entra en conflicto con el muro que es el pensamiento sin magia de occidente y promueve la llamada mítica de la Madre Tierra. Y es así que la profecía de Atahualpa Yupanqui se cumple: el hombre se transforma en “tierra que anda”. Y cuando el hombre es tierra que anda, ya es mundo, y para cambiar el mundo, él tiene que cambiar, transformar su corazón, es decir, modificar su ser, que es la tierra, y dejar atrás el ancla cultural (impuesta por los que fueron convencidos de que los argentinos sólo somos “hijos de los barcos”) y alcanzar su música propia, esa música hecha del espíritu latente de tantos idiomas de Abya Yala. La tierra que anda ya no sueña con ganarse la lotería, ni alcanzar la fama y “salvarse”, la tierra que anda ya sabe que de nada sirve el cielo (de mármol) para pocos, la tierra que anda es consciente de que el cielo que nos iguala es una construcción colectiva de los de abajo. La tierra que anda sabe bien que cada árbol derribado es su propia muerte, y cada campo envenenado con glifosato, el fin de su mundo. Por eso cuando el hombre  descubre que es tierra que anda, debe dejar atrás lo irreductible de la ciencia y las religiones de mercado y las jaulas de oro de la cultura y asumir su responsabilidad existencial y como diría Yupanqui, escuchar el llamado: “El alma de la tierra, como una sombra, sigue a los seres indicados para traducirla en la esperanza, en la pena, en la soledad .Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra, si comprendes su sombra, te espera una tremenda responsabilidad. Puede perseguirte la adversidad, aquejarte el mal físico, empobrecerte el medio, desconocerte el mundo, pueden burlarse y negarte los otros, pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha, porque no es sólo tuya, es de la tierra, que te ha señalado”  
La “civilización” siempre ha combatido a la música de los “bárbaros”, al llamado de la Tierra. Sarmiento en el Facundo fustigaba al gaucho cantor y a la música de indios y ahora los fertilizantes están dejando a los campos sin música: ¡el día se ha quedado sin pájaros! El silencio de la civilización avanza, el silencio del glifosato se impone. Por eso se vuelve tan importante el llamado de la Tierra, el canto hondo de Indoamérica, porque el hombre de aquí debe volver a enseñarle a cantar a los pájaros, y nuestras vidalas, nuestras bagualas, nuestros yaravíes son pájaros legendarios, pájaros custodios de las músicas de las que se alimenta “la tierra que anda”.
Cuando despertemos del ensueño de la civilización, y nos consagremos al llamado de la Tierra, nos daremos cuenta de que no estamos solos: en nuestros silencios habitan los cantos chamánicos indígenas y los manifiestos de horizontes de los corazones libres que lucharon por la libertad cultural, espiritual y pedagógica de las pequeñas patrias que conforman esta Patria Grande, o como con más belleza expresó el poeta puntano Antonio Esteban Agüero: “Tengo un millón de caballos/ ¿Escucháis su relincho?/ Que rodean la urbe por sus cuatro costados,/ sus jinetes son muertos de Facundo,/ son muertos de Ramírez,/ montoneros del Chacho/ sableadores de Pringles,/ domadores,/ remeseros,/ rastreadores,/ guitarreros,/ espectrales jinetes que cabalgan/ mi millón de caballos”





8/05/2015

De cementerios de barcos y trenes, monumentos solitarios y pueblos perdidos


Por Pedro Patzer



Como si fueran juguetes de los días que los niños de nuestra historia dejaron arrumbados en los patios del olvido, hallamos en los páramos del país: cementerios de barcos y trenes; monumentos de la intemperie y pueblos abandonados.
Cementerios de Barcos
Cuando Paul Valery escribió su poema “Cementerio marino” no hubo de imaginar que los mares y ríos del sur del sur harían sus testamentos en forma de cementerios de barcos.
En Cabo San Pablo, Tierra del Fuego, se encuentra varado, desde el invierno marítimo de 1983, el buque Desdémona. Pareciera ser un Templo de óxido levantado en memoria a todos los naufragios australes. También en el mar patagónico, pero en San Antonio Oeste, provincia de Río Negro, hallamos una especie de necrópolis de barcos, un estuario en el que se apilan embarcaciones pesqueras, naves que agonizan entre las nanas de herrumbre y los pensamientos de los pescadores que cada tanto se acercan a escuchar los consejos que sólo saben dar los viejos barcos. Cuando la marea baja, estos buques quedan en tierra, como cartas que se acumulan en los umbrales de las casas abandonadas. Sin la liturgia del mar, aunque con el misterio del río, descubrimos en el delta Ensenada - Berisso, a un grupo de barcos a la deriva, como si fueran huérfanos de la sudestada, consagrados a la odisea del río color león. Estos buques abandonados son llamados por los orilleros como: “los linyeras del río”. No podemos dejar de referirnos a Puerto Sánchez, paraje de pescadores del Paraná, ubicado en la ribera entrerriana. Allí se puede contemplar algo así como un campo santo de canoas, donde las maderas de las viejas barcas exhiben sus memorias de temporales. El linaje de apóstoles milagreros, que por años multiplicaron el surubí, con su artefacto de prodigios: el espinel, es el alma de esta comarca que considera a sus antiguos botes, como ermitas de santos paganos, tal vez santos de los ahogados, santos de los sin anclas.
Cementerios de trenes
¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia? Se preguntaba Pablo Neruda, hijo de un ferroviario. Tal vez, don Pablo, haya algo más triste: un cementerio de trenes. En la localidad bonaerense de Vedia, hallamos, en el bosque, un vagón abandonado, éste pareciera ser un monumento de intemperie erigido en tributo a todos los trenes desaparecidos, aunque una imagen aún más (ferroviariamente) desoladora, es la del cementerio de trenes, de Ibicuy, Entre Ríos, pueblo que supo ser ferrocarrilero, y hoy es el imperio de las elegías de rieles, chatarras, vagones y locomotoras. Así como en Ibicuy hay muchas ciudades, pueblos y parajes de nuestro país que poseen cementerio de trenes, desde la cordobesa Cruz del eje hasta comarcas en las que se pueden llegar a descubrir (como si se tratara de una ironía) los restos de la “Argentina”, la célebre locomotora a vapor creada por Livio Porta. Locomotora que en pleno siglo XXI, los suizos e ingleses, están interesados en reflotar por su sistema ecológico.
De monumentos solitarios
En Quemú Quemú,  típica localidad de la provincia de La Pampa, donde la llanura, el caldén y el pampero conquistan el corazón de lo cotidiano, se halla un monumento de cuarenta metros de altura, ante el cual el viajero se pregunta: ¿Semejante panteón se habrá levantado como homenaje a San Martín, Belgrano, Perón? No. El fastuoso monumento fue erigido en 1967 (por el arquitecto Lincoln Presno) en memoria al asesinado presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy. Es decir, en el medio del desierto pampeano, un coloso irrumpe en el cielo de los pampas: el monumento a Kennedy ¡Todo un disparo a la cabeza de nuestra cultura ancestral! De la misma forma, en el paraje cordobés “Los Cerrillos”, se encuentra el mausoleo más grande de Argentina, con sus 85 metros de altura ¿Será un mausoleo a Evita, a Mariano Moreno, a Facundo Quiroga? No, este monumento fue construido en 1935, en remembranza a la aviadora Rosa Margarita Hoffman, más conocida como Myriam Stefford, la que muriera al precipitarse su avión, en la provincia de San Juan. Raúl Barón Biza, su esposo, le encomendó al ingeniero Fausto Newton la construcción. A seis metros de profundidad está la tumba en la que descansan los restos de la aviadora, la leyenda señala que también allí se encuentran sepultadas todas las joyas de la desdichada. En su lápida el epitafio reza: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas”

De ciudades y pueblos perdidos
Nuestra cultura popular posee leyendas que denuncian ciudades espectrales. En la Patagonia, la Ciudad de los Césares; en Salta, Ciudad Esteco y en los Valles Calchaquíes, Ciudad muerta. Más allá de estas míticas historias, nuestro país está colmado de comarcas que están a punto de desaparecer y de muchas otras que ya han desaparecido, la mayoría a causa del cierre de los ramales del tren, otras por catástrofes naturales, económicas y culturales.
En Medanitos, páramo catamarqueño, hallamos un oratorio sepultado en la arena. El frente del templo surge del médano, desde su gastada puerta puede verse a la virgen de las dunas. El único poblador de Medanitos, Nicolás Reales, de setenta años, custodia el santuario y promete no abandonar jamás su solitario paisito de arena.
Guanaco, es un paraje, donde las esquirlas del neoliberalismo se retratan en su estación de vías muertas, este lugar que supo tener sus negocios, sus hoteles, sus escuelas, hasta hubo recibido a Carlos Gardel, allá por noviembre de 1912, cuando el Zorzal criollo se presentaba junto a Martino. Guanaco  es hoy, una morada fantasma, tal es así que en una de las paredes de su estación se puede leer una leyenda que reza: “me voy, no aguanto más la soledad” Pero si tuviésemos que nombrar capital de la desolación argentina a alguna comarca, sin duda esta debiera ser la bonaerense Villa Epecuén, que llegara a ser uno de los balnearios termales más importantes del país, y que fuera borrada por una inundación, la madrugada del 10 de noviembre de 1985 cuando una sudestada desató la fatalidad y el lago Epecuén avanzó sobre la población, empujándola al éxodo: 1500 habitantes tuvieron que abandonar definitivamente sus casas. Villa Epecuén se convirtió en un desierto de agua, en un cementerio lagunero. Hasta que años después, el agua bajó, dejando un museo de ruinas: árboles muertos, el gran hotel hospedado por los viejos fantasmas de salitre, la escuela a la deriva del estricto manual del silencio y, de manera escalofriante, la monumental construcción de Francisco Salamone, de pie, como poniéndole nombre a semejante tragedia: Matadero!
De matanzas y nacimientos
Mientras miles de pueblos están en riesgos de desaparición, tenemos una ciudad llamada “La Matanza” con una población de casi dos millones de habitantes. ¿Será, acaso, tiempo de poblar los lugares más desiertos del país, y tal vez de fundar allí una gran ciudad llamada “El Nacimiento”?

7/21/2015

Los espejos emancipadores


Por Pedro Patzer

1
Los tobas tienen a Dapik Ltá, dios protector de la miel y de los panales. La cultura diaguita - calchaquí  posee al Coquena, deidad guardiana de las vicuñas, llamas y guanacos. Los mocovíes se refieren a Netise Letaá como el divino Señor que defiende a las nutrias de los cazadores. En la mitología chulupí, del Gran Chaco, Sitsé, padre de los animales terrestres, castiga a los depredadores. Muchos años antes de que las Oenegés europeas llegaran a nuestro continente a “enseñarnos” a cuidar la naturaleza, los pueblos originarios tenían una cultura que la amparaba.
2
Inottlelé, el Señor del Cielo, según la mitología wichí, e Ijwala, el hombre de Fuego, también de la teología wichí, se reúnen cada atardecer para incendiar de belleza el confín. Los ciudadanos modernos, hijos de la ciencia y del mercado, ya no le preguntamos al anochecer si el hombre del Fuego y el señor del Cielo gozan de buena salud.

3
Katés, llaman los chorotes a la estrella de la mañana, que aseguran, encarnó en una muchacha enamorada de un joven cazador. Del romance entre una estrella india y un joven cazador nacen luceros de pueblo, luceros del corazón indoamericano. ¿Acaso no dicen que San Martín es hijo de la india Rosa Guarú?

4
Una leyenda wichí indica que Lawo, el dios arco iris, se irrita cuando las mujeres se bañan en las lagunas mientras están menstruando. Parece ser que a Lawo, le molesta que el rojo de la menstruación de la mujer sea más hermoso y más vital  que el color del arco iris, que el color de un dios.



5
Para los chiriguanos el eclipse sucede porque Yáwa, jaguar mítico, lucha contra la luna para devorarla. Según los mocovíes los rayos caen por la presencia en la tierra de Nakolaña, una mujer pequeña. Advierten los tobas que el caluroso viento norte tiene un dueño: Kenakiaragayk. Y nosotros, resignados devotos de los telescopios, pararrayos y profecías de meteorólogos.
6
Mientras nuestro cielo se muestra huérfano entre radares, antenas y torres, los mapuches rinden culto a Rañíñ Wenú Cháu, Padre de la Mitad del Cielo y a Rañíñ Wenú Nuque, Madre de la Mitad del Cielo.
7
Los promotores de la cultura occidental repiten sin cesar el fragmento de la Odisea, en el que Ulises se ata al mástil para no enloquecer ante el canto de las sirenas; sin embargo, desconocen que en nuestros Valles Calchaquíes, en sus ojos de agua, en sus bañados y en sus ciénagas, suelen escuchar a sirenas cantar vidalas espectrales, sirenas que algunos llaman “rubias del río”, sirenas que encantan a los pastores y arrieros, sirenas que reúnen en su canto al griego y al amauta.  
8
Nietzsche advierte que Zaratustra, a los treinta años, deja su patria y se refugia en la montaña. Durante una década, a pura soledad, adquiere sabiduría del silencio y transforma su corazón. Luego desciende de la montaña y comienza predicar a los de abajo. ¿Acaso no es el mismo camino que recorriera nuestro  Fortunato Ramos, docente jujeño, que subiera ,a mula, al país de los cerros, para dar clases, y que años después bajara como el mejor alumno del viento andino, para dar testimonio de la sabiduría ancestral del runa?

Primero fueron los espejos de colores, luego, espejismos CULTURALES..
Hoy podemos mirarnos en los reflejos de Argentina mítica y despertar a la ancestral nación que hace siglos nos está esperando.



7/01/2015

Los otros himnos de las pequeñas argentinas y los Vicente López y Planes de comarcas



Sikuris Ancestral
Por Pedro Patzer
El canto siempre fue el biógrafo del corazón de nuestro pueblo, tanto es así que mientras los falsificadores de la historia nos contaban sus ficciones, Martín Fierro nos cantaba la historia de los de abajo: “Y atiendan la relación/ que hace un gaucho perseguido, / que padre y marido ha sido/ empeñoso y diligente,/ y sin embargo la gente/ lo tiene por un bandido” Del mismo modo, este país colmado de paisitos, no podría alcanzar todas las voces que conforman su voz interior, de no ser por los otros himnos nacionales, himnos que retratan las almas de esas pequeñas patrias, himnos creados por los otros Vicente López y Planes, por los autores de himnos de comarcas: ¿Acaso Guanuqueando no es el himno del paisito de la quebrada como Quimey Neuquén el himno del país del viento de los mapuches? ¿Será Llegando a Cuyo el himno de las patrias chicas escondidas en San Luis, Mendoza y San Juan? ¿Acaso El último sapucay es el himno de la comarca de los bandoleros sagrados? ¿Será El Antigal el himno de la patria de las ruinas calchaquíes y Vallecito el himno del país de los rezos pobres? ¿Acaso El arriero va es el himno del país de los caminantes? ¿Será Milonga Baya el himno de la patria de la sed y Apurate José el himno del país de los inundados? ¿Acaso Serenata para la Tierra de uno e Himno de mi corazón no son los himnos de las patrias de nuestra resistencia y nuestra ternura?
La Argentina tiene tantos himnos como patrias chicas, cada uno de sus paisitos presenta a su Vicente López y Planes, muchos de ellos célebres como Ricardo Vilca del país de la puna; Marcelo Berbel y Hugo Giménez Agüero de las pequeñas patrias de la Patagonia; los Tarragó Ros del paisito chamamecero; la Mona Giménez de la Córdoba obrera; Larralde el Vicente López y Planes de las patrias del horizonte como Pancho Cabral y Ramón Navarro lo son de los paisitos de la Chaya y el Pusllay, y por supuesto Atahualpa Yupanqui, el creador de los himnos de los paisitos secretos de esta Patria Grande. Sin embargo, hay Vicente López y Planes desconocidos, autores de los himnos de parajes y barrios. En el desierto de Lavalle, Mendoza, encontramos a Cacho, un trovador desconocido que le escribió una tonada a un viejo algarrobo que permanece de pie ante los constantes acechos del zonda. Su tonada es el himno de ese país del desierto de Lavalle. En Selva María, José es el Vicente López y Planes  del país de la selva formoseña, que compuso una Polka para vencer al Porá. En Cuchillo Co, provincia de La Pampa, Carlos, creó una milonga que se ha convertido en el himno de la patria de los salitrales; como en Lago Blanco, comarca de Chubut, Patricio urdió el himno del paisito del río Senguer, un canto en mapuche que abraza al espíritu indoamericano de sus pobladores. No podemos dejar de mencionar a Gabriela, la catamarqueña que creara una vidala chayera que pinta el alma de los habitantes de Las Juntas, ella es “La Vicente López y Planes” de dicha localidad.
Es conveniente decir, que las pequeñas patrias que conforman la Argentina, además de poseer los himnos que hemos enumerado y de sus respectivos “Vicente López Y Planes” también tiene himnos de patrias íntimas, himnos como el golpe de maíz en el mortero; como el legüero retumbando milagros en el misachico; como los ladridos nocturnos de los perros arrabaleros; como el chamamé en los andamios de los albañiles; como el otoño y sus cantatas naranjas en los patios; como el andar de la mula en la cuesta de la baguala; como el ronquido del rastrojero en la mañana de trabajo; como el traqueteo del tren que le devuelve sus latidos al pueblo; como el bufar de los barcos en el mar austral; como el sonido de los máquinas que son como el eco cultural del pueblo ypefiano; como la marcha cantada por Hugo Del Carril;  como la bombilla celebrando los países del mate; como un gol sonando en una pequeña radio de domingo.
Todos estos himnos no son entonados de pie en los patios de las escuelas, aunque ponen de pie al espíritu de sus patrias chicas

6/17/2015

La Argentina de los runas, la patria de Fortunato Ramos



por Pedro Patzer

 Fortunato Ramos es colaborador permanente del Tantanakuy, que año tras año se realiza en la Quebrada de Humahuaca.. 

En un tiempo en el que  los templos de Buenos Aires son los shoppings, en una época en la que tristes bares invitan a la “happy hour” y al “after office” (desahogos para náufragos oficinistas) En días de “bullying”, “whatsApp”, y de “llamadas perdidas”, persisten artistas que acuden al llamado de la tierra, artistas que defienden las palabras ancestrales, palabras emancipadoras que retratan a las secretas patrias de la Argentina, esos pequeños países ,que conforman este país,  y que encienden el lado más indoamericano del ser argentino: “Patria, es la mama tierra que resuella en el alto, la Pachamama que masculla tictinchas de Agosto…Patria es el salar de Huaytiquina y la veta mina El Aguilar;/ Patria es el asno que retoza en los cerros…Patria es el niño, que camina por la puna…el arrío de llamas, el tropel de guanacos, las vizcachas al sol…” Fortunato Ramos, docente y artista jujeño, pero sobre todo: hijo de un arriero, de quien heredó el andar  entre las comarcas de los cerros y así a recuperar en su poesía, el viento aborigen (“El espíritu dolido, se alegra a veces con el viento, se estremece otras y hasta imprime el miedo en la soledad de los cerros”) a través de términos como chaguanca (descendiente de los chaguancos, que habitan el ramal jujeño), acullico (bolo de coca masticada), cardonero (hombre que hace madera, de la planta de cardón),  quencha (brujo), Tequis (niños pequeños), Tolas (plantas que sirven como combustible) entre tantas otras palabras de adobe y apacheta que pertenecen al patrimonio espiritual de los custodios de la Madre de los Cerros: “Los runas cantaron sus coplas en tono de Pascua y bailaron una corneteada del valle…porque ya comienza el invierno, no sólo en el clima, sino en el alma del collaje, porque pasó tentación y el regocijo espiritual, mella el corazón del runa respetuoso de Dios y de la Pachamama” Sin embargo, la misión cultural de Fortunato Ramos es la de sumergirnos en la profundidad de la compleja Belleza de la quebrada y la puna, la de recobrar a los quijotes del cerro; al espíritu cultural de mascar coca; a Zenón, el runa cardonero; a la Pachita del cerro; al burro “olvidado de Dios, del hombre lugareño y de la misma naturaleza”; al tren colmado de zafreros rumbo al cañaveral: “El tren es medio folklórico, con los runas plastaus en el piso, con un palo con picante de pata u panza, con un jarro floriau llenito de sopa…la ida a los ingenios, con chalonas, con maíz, papas con ocas; y la guelta con zapatillas nuevas, con escaleras, mesas, sillas y troncos de cedro, cargao los vagones hasta los techos…” Es decir, la obra de Fortunato tiene como mandato traducir cada uno de los mundos del Jujuy profundo, los universos que laten el corazón colla, y entregarlos como ofrendas culturales: “¡Qué triste!, sería, un todosantos, sin coca, ni vino, ni chuyas ni alcohol, pero la veneración de nuestra gente, hace que todo llegue más allá, una pitada de cigarros, un acusi verdoso y un canto a las ánimas” Fortunato Ramos, como los artistas que acuden al llamado de la tierra, son parte de su misma obra, él es el amante experimentando el sirviñacu y el viento que arrea al Coquena y su leyenda; el niño arriero y el pastor de ovejas. Fortunato y el paisaje de la quebrada se imitan mutuamente, se corrigen, se superan, mantienen conversaciones de siglos, diálogos de erque, plegarias andinas, rezos de cerros: “Hasta cuándo señor tata Dios!, vua sufrer tan mucho de tantos castigos, de tantas penurias…! ¡Por qué tanta peste pa mis ovejitas, por qué las heladas para mis maizales!...Si soy más lomudo pa cargar la caña, si soy más forzudo pa agujeriar las minas de plomo y de zinc” Mientras los diarios nos informan de la caída de la bolsa de la “City Porteña”, Fortunato Ramos nos instruye sobre la última señalada en un paraje de la quebrada: “no sé cuántos tendrán la suerte de participar en una señalada de ovejas y chivatos en las Peñas Blancas de Humahuaca…es una costumbre que se muere junto a los pocos viejos que moran todavía en lo alto…” Fortunato Ramos (ramos de universos de los corpachadores) retrata a una Eva colla y abre una puerta del remoto Edén del puneño, en el corazón del distraído argentino (aquel que está zonzamente convencido de que venimos de los barcos) por eso escribe sobre Juana Martínez: “Una agüela de 85 años , una Pachamama, diría yo, porque parece un terrón, es la tierra misma, a la que se está volviendo la vieja...ayer, oscuro, oscuro, salió de su casita rumbo al cerro….llevaba, sahumerios, cigarros y coca...ella, apenas, si tiene para vivir, pero para su mama tierra, consiguió todo...iba, pensando, tal vez en que este año, sería el último que daría de comer a su pacha...ya tiene su mojón la Pachamama en el cerro, donde siempre pastó sus ovejas, y ella, mientras viva, todos los primeros de agosto, estará aunque sea de rodillas, frente al agujero, donde humea la coa, zahumándose la mama tierra...volcó la ollita de comida, tictinchas de maiz, de habas al hoyo, que a uñazos limpió cavó...nombrándo a sus changos que están en la zafra, recomendando por sus dos burros...rogando por sus tres corderos, rezó una oración ya casi en desuso: el yo pecador…¡Qué va pecar pobre mama! si vivió martirios bajo los temporales del alto…¿Pecado, será ser pobre?...” ¿De cuánta riqueza cultural está hecha la pobreza de esa anciana puneña? ¿Acaso los ricos de ciudad no están empobrecidos de los tesoros de los pobladores de los caseríos de los altos? Comprender la acuarela humana que pinta Fortunato es incorporar el alma de la Argentina de los runas, la pequeña patria de los cerreros: “¡Cuántos Quijote hay en los cerros! genios perdidos tal vez, quijotes de las letras, quijotes de las coplas, quijotes de la música, señores, runas, soberbios, recios, hidalgos en la locura del alto...recuerdo un Quijote de Santa Ana …sin conocer nada del mecanismo de la aviación  quiso construir un avión viendo volar los caranchos...vino a incentivar su locura...el sobrevuelo de una avioneta del gobierno de la provincia...produciendo el miedo entre los pastores, mujeres y hasta los perros...nuestro Quijote llamado Genaro Cruz...describió así la experiencia: ´El avión tiene la panza blanca numas, igual qui un carancho, la eli, va dando vueltas para romper el aire; las alas; no muevi, van queto nomas, vola igual qui los cuervos; hasta y podiu ver la cabeza del hombre manejador´” Fortunato Ramos nos brinda acceso a la patria de los juguetes  del chango del alto: “Los años caminan y todo es lo mismo, moti, sal con lechi son mis caramelos, mi juguete un chivo o el perro ovejero, poco tiempo tengo, pero no soy un niño. Mi avión de juguete es un cuervo viejo, mi camión un burro de trotar muy lento, mi amigo, es el zorro que roba mis cabras y es todo mi consuelo de poder ser niño… ¡Y no hay reyes magos, no hay Días del Niño, jamás tuve suerte de poder ser niño!” ¿Cómo entenderíamos los porteños, los lectores de crónicas culturales, los conocedores de movimientos artísticos universales, los admiradores de la arquitectura francesa de la avenida Alvear, los senderos de ripio para acceder al espíritu de esa patria de las lágrimas de los burritos de la quebrada, sin la obra de Fortunato Ramos?: “Burro leñero, serio como su runa…¡jamás ríe!...Pero sí recuerdo, haber visto un burro,  con gruesas gotas de lágrimas en sus grandes, redondos y oscuros ojos, que parecen decir algo; lágrimas quizá por los fríos del alto…” Fortunato nos revela que hay un sabor continental de la puna, reservado a los runas: “…Los changos del cerro, comen desde muy pequeños, el ají y ni siquiera lo sienten, mas si un foráneo, apenas lo prueba, transpira, se enrojece y hasta salta de desesperación por lo tan fuerte que es…” ¿Comprenderemos que el apunamiento es parte de la resistencia de un paisaje cultural, que los ladrones de la historia nunca han podido con esos arribas, que los falsificadores de mapas y culturas jamás han conseguido hacer nido allá, en el paisito de lo runas, en la comarca de los herederos de Viracocha: “La naturaleza es dura con los forasteros, más aún con aquellos que recelan a la Pachamama…” Tendremos conciencia de la importancia cotidiana de la coca, del sol interior que significa para un runa: “Déjenme mascar mi coca, señor comisario;/ yo no soy vicioso, menos pendenciero/ soy un pobre diablo, que anda por los cerros/ buscansi la vida, allá entre los cuervos/…y tengo el respeto de limpiar mi boca,/ pa qui no mi veigan qui yo toy coquiando,/ y tengo el respeto de llevar mi coca, pal tata Coquena, / por abras heladas, donde usted, no llega, señor comisario…”
Fortunato Ramos no sólo es tierra que anda, como indicaba Atahualpa Yupanqui, es el cartógrafo del corazón del runa, el que denuncia la deuda interna de nuestra cultura e historia con los collas, el que nos explica que en aquellos caseríos del alto, donde no hay luz eléctrica, es el sonido del erque el que ilumina a los caminantes que van detrás de él, como si ese sonido ancestral fuera el faro de los cerros, la estrella de la puna que hace titilar la antigua luz de una raza.
Entre tanto turismo cultural y demasiado pintoresquismo folklórico, Fortunato Ramos, el “maestro normal nacional” nos da lecciones de la integridad de los pueblos antiguos:

NO TE RÍAS DE UN COLLA

No te rías de un colla que bajó del cerro,
que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos;
no te rías de un colla, si lo ves callado,
si lo ves zopenco, si lo ves dormido.
No te rías de un colla, si al cruzar la calle
lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco,
asustao el runa como asno bien chúcaro,
poncho con sombrero, debajo del brazo.
No sobres al colla, si un día de sol
lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero;
ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío,
donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo.
No te rías de un colla, si lo ves comiendo
su mote cocido, su carne de avío,
allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río;
menos si lo ves coquiando por su Pachamama.
Él bajó del cerro a vender sus cueros,
a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina;
y es tan precavido, que trajo su plata,
y hasta su comida, y no te pide nada.
No te rías de un colla que está en la frontera
pa'l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta;
ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas
cuando alguien se atreva a violar la Patria.
No te burles de un colla, que si vas pa'l cerro,
te abrirá las puertas de su triste casa,
tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas,
comerás un tulpo y a cambio de nada.
No te rías de un colla que busca el silencio,
que en medio de lajas cultiva sus habas
y allá, en las alturas, en donde no hay nada,
¡así sobrevive con su Pachamama!

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica