6/14/2016

Folklore, entre los dioses y los hombres y los pibes del conurbano



Por Pedro Patzer

La misma pregunta que el hombre del paleolítico le hizo a la caverna, es la que el santiagueño le hace a la salamanca. La misma respuesta que el esclavo en Egipto recuperaba del Nilo, es la que el jornalero obtiene del río Bermejo. El mismo azote al alma que llevó al griego a crear dioses del viento, los Anemoi; es el que llevó a los pobladores andinos a creer en Huayra Tata, nombre del dios de los vientos y los huracanes en el noroeste argentino y en Bolivia. El humano desde hace milenios viene preguntándole a la Naturaleza y a los dioses, cosas de la vida, cosas de la muerte, asuntos de la existencia. El primer poema de la humanidad, Poema de Gilgamesh,  versa sobre Gilgamesh, rey tiránico, cuyos súbditos se quejan a los dioses. Los dioses atienden esta queja y crean a Enkidu, un hombre salvaje destinado a enfrentarse a Gilgamesh. Sin embargo cuando ambos traban combate, en vez de darse muerte se hacen amigos para siempre y emprenden juntos peligrosas aventuras. Es decir, el primer poema de la humanidad tiene como tema central la amistad: ¡Enkidu, mi  amigo …nosotros que vencimos todas las cosas, escalamos los montes, que prendimos el Toro… ¡Afligimos a Ubaba, que vivía en el Bosque de los Cedros!” ¿Acaso no es el gran tema de Martín Fierro, nuestro poema nacional? ¿Acaso el encuentro de Gilgamesh y Enkidu, no se repite entre Martín Fierro y el Sargento Cruz? ¿Cuántos amistades habrán mediado entre el año 2500 A.C. en que fue creado el poema de Gilgamesh hasta 1872, en que José Hernández escribe el Martín Fierro? “Tal vez en el corazón/ le tocó un santo bendito/ a un gaucho, que pegó el grito/ y dijo: "¡Cruz no consiente/ que se cometa el delito/ de matar ansí un valiente!"./ Y áhi no más se me aparió,/ dentrándole a la partida;/ yo les hice otra embestida/ pues entre dos era robo;/y el Cruz era como lobo/ que defiende su guarida” (Canto IX). El corazón humano siempre hace las mismas preguntas: el amor, la muerte, la existencia, la amistad.
¿Por qué las nubes cambian su forma? Se preguntó un niño a orillas del Tigris y miles de años después un gurí entrerriano se hizo la misma pregunta a orillas del río Uruguay. Entre ellos medió una columna de nubes que guió a los israelitas por el desierto.
¿Qué es lo que desde su silencio dicen las piedras? Se interrogó en idioma rapanui, el nativo de la Isla de Pascua, al contemplar  las enormes estatuas moái y, le respondió años después, un baqueano salteño al hallar un Antigal en los Valles Calchaquíes y expresar: “estas piedras son el eco del silencio del pueblo viejo”
El árbol siempre ha sido algo sagrado para la humanidad, tanto es así que los primeros santuarios fueron los bosques. El horóscopo de los celtas se basaba en los árboles  a los que consideraban la morada de los dioses. En la antigua Roma se le dio culto a la higuera sagrada de Rómulo. En isla griega de Cos, estaba prohibido cortar un ciprés. Para los germanos el culto al árbol era tal que para el que destrozara un árbol había pena capital: una vida de un hombre por la de un árbol. Los indios Hidatsa de Norteamérica creen que las sombras de los árboles son sus espíritus. Para los mapuches la araucaria o pewen, en mapudungun, es un árbol sagrado, tanto es así que a su sombra le hacían ofrendas: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. El pibe del conurbano bonaerense que trepa al árbol de San Justo, Quilmes o Longchamps,  encuentra en él, un pequeño Dios de madera, un viejo y arrumbado Dios que se resiste a ser tapia, barrera, cajón de manzanas,  escalera que no conduzca al cielo o puerta que no desate el otro paisaje. El pibe del conurbano sabe que ese viejo árbol, a pesar de todo, prefirió quedarse erguido, para enseñarle que para morir de pie, antes hay que aprender a vivir de pie.   

5/23/2016

El país de la Sudestada

por Pedro Patzer
Las sirenas empetroladas encantan al Ulises del conurbano que se ata al mástil de la escuela donde los evacuados responden las preguntas de la sudestada. La sudestada indaga a los que hacen nidos provincianos en los andamios del gran Buenos Aires, a los que se cuelan en el tren Roca, a los de la liturgia del neumático encendido, a los de la misa del temporal, y también a los que se aman en la adversidad de tan cuestionador viento, se aman entre crímenes y milagros urbanos, entre el desierto colmado de casas bajas y venecias equivocadas, donde la comida no perecedera y los botes descoloridos son las musas del pincel del diario popular.
Las plegarias de los nadies se reúnen en un mismo viento: la sudestada. La misma sudestada que toca el piano desafinado de los grises días, la sudestada que juega con los Quijotes sin molinos de viento y que hace goles solitarios en baldíos sin pibes campeones, la sudestada que construye catedrales de pobrerío, que impregna su perfume de mundo moribundo y cuestiona a los que viven en las trincheras de oro, porque la sudestada es el más elegante de los maleducados vientos, autodidacta de intemperie y de campanas sin templos, y de calesitas de plazas sin nombre, viento que no mece el trigo ni el maíz, viento que inaugura la temporada de crónicos silencios, de cumbias alegremente tristes, de bingos que humillan a la suerte; la sudestada inicia la trama del oleaje de arrabal, oleaje desconocido en Hawái, oleaje clandestino del mundo que juega en las riberas de Quilmes, Ensenada, Berisso, Avellaneda, oleaje de río que colecciona barquitos de la sudestada que jamás se entregarán a la botella, o a los prolijos amarraderos de la prefectura, las lanchas de la sudestada anclan en árboles pintados con cal, en monumentos de héroes condenados a la piedra, sus piraguas trafican soles guaraníes, soles que tienen amaneceres pendientes (los amaneceres que liberarán a este continente de su larga noche)
La sudestada lleva, por los países de la infancia de los inundados, los cuentos de los viejos pescadores de río, cuentos de las mil y una noches del delta. La sudestada que cartonea camalotes (con memoria de selva), la sudestada que es el embrujo del idilio del aire y el río. ¿Hacia dónde se lleva lo que se lleva la sudestada? ¿en qué galpón de viento guardará los botes quebrados, los árboles vencidos, las redes de arcos solitarios y el corazón de los isleños como su única ancla ante la prepotencia de la inundación?
La Sudestada recupera antiguos alaridos y los reparte, recupera los tesoros del galeón hundido y los escombros del zapato que tantas veces ilusionara al pescador, la sudestada es la hija del río de la Plata, es su milonga rea, su tango rabioso, su lunfardo de invierno, la amante fatal del orillero.

Hay quien cree que la sudestada es el fantasma del Río de la Plata, el alma de los barcos espectrales que regresan en forma de viento, sin embargo la sudestada es una misteriosa flor silvestre que crece en el aire, una flor desesperada que azota los muelles, una flor que protesta contra la ribera de las ciudades marchitas

4/14/2016

Paulino Ortellado y la arisca milonga de los desiertos



Por Pedro Patzer 
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“Trabajaba de albañil, de esquilador, de peón, sin embargo cuando Paulino Ortellado tocaba la guitarra, dibujaba con el alma y las manos le hacían caso”, reflexionó Carlos Loza, trovador pampeano, al recordar al héroe de las seis cuerdas de su provincia, al guitarrista de manos rústicas que logró, como pocos, conmover a la arisca milonga de los desiertos.
Del mismo modo en que el viejo resero mantiene diálogos íntimos con el confín, y que el pupitre de la escuela pueblera custodia la madera de la infancia, Paulino Ortellado descifraba, los ocasos pampeanos con su guitarra de alma de caldén. Las manos de Paulino exhibían las llagas producidas por la cultura de la adversidad, las heridas propias de un virtuoso nacido en el interior del interior, allí donde las cartógrafas soledades marcan fronteras, allí donde la milonga es trabajada por los labriegos de la memoria.
Hay un paisito que se revela entre la prima y la bordona de Ortellado; un pequeño país de un río robado; de un pampero como plegaria pagana; de forasteros ante los fantasmas de los salitrales; del galopar clandestino de Bairoletto y los bandoleros sagrados; de las resignaciones de arena y del enorme horizonte sin ecos, aunque lo que el horizonte calla, los artistas como Paulino lo recuperan con sus guitarras.
Ortellado nació en El Odre y fue en ese remoto pueblo del oeste pampeano que entre pala, hacha y otras herramientas de trabajo, aprendió a tocar la guitarra como quien aprende a abrir la tranquera del silencio, para que salgan las milongas más orejanas. Autodidacta, Paulino acudió al conservatorio de la calandria y de los fogones, aprendió a leer del pentagrama en la mirada de su gente, de la música de los caídos de los mapas, Carlos loza recuerda: “un día, él estaba tocando en rueda de amigos y en un pasaje de la obra le erró a una nota, en ese mismo instante Paulino largó una risotada y dijo: “me equivoque fiero” y siguió tocando como si nada, ni ninguno de esos temores al pifie que muchas veces tenemos los que nos formamos en conservatorios. E esa risotada de Ortellado fue la llave a un mundo nuevo en el que me mostró que hacer música es jugar y compartir con el que está escuchando. Un maestro”  Paulino Ortellado consiguió que la huella, la milonga, el estilo, se parecieran a la voz del desierto pampeano; alcanzó un sonido que suena como el callar del molino luego del escarmiento del pampero; la poética de su guitarra logró el ritmo de la breve y extensa noche del peón, y del misterioso horizonte que muy pocas veces es corregido por alguna presencia, porque en las manos de Paulino persistían los  sonidos mapuches y ranqueles, los ritmos que los hijos de Martín Fierro esparcieron por la Pampa y el espíritu innovador que los poetas de su provincia le incorporaron al cancionero.
Wikipedia diría que Paulino Ortellado murió a los 78 años y que nos dejó tres discos: “Travesías”, “Hermana Milonga” y “Para Volver”, aunque nosotros preferimos decir que el guitarrista de El Odre, alcanzó la ciudad de los césares, con sólo tres discos.

4/06/2016

Héctor David Gatica, un poeta de la memoria entre los fundadores del olvido

por Pedro Patzer



Un mismo poeta escribe la Memoria de los llanos y Los Fundadores del olvido, aquel que también retrata Los días insólitos (poemas que denuncian  el genocidio argentino) y Los días del amor (pintura poética de la llegada de su mujer y de sus hijos) Ese artista que crea País desvelado (el desasosiego humano ante la matanza de la dictadura) e Himnos Farisaicos (que abreva en la obra del pueblo de Dios) Un poeta que desde su pequeña comarca, Villa Nidia, levanta la voz de su provincia con la Cantata Riojana y la voz de su continente con Este canto es América. Héctor David Gatica, poeta riojano, lírico universal.
Por esas cosas que tienen el centralismo porteño y la sesgada idea de que somos hijos de los barcos, la mayoría de los “protagonistas” de la cultura argentina desconoce la obra de Gatica. Los auténticos  intérpretes de la cultura, no son los que hablan en aulas magnas, centros culturales o construyen monumentos, sino los que día a día con sus trabajos, sus obras, con sus maneras de despedir a sus muertos y de educar a sus hijos, de cocinar, de poner apodos, de recordar, de soñar y de amar, hacen cultura; desde el hombre en el andamio a la señora que hace el guiso. La obra de Héctor David Gatica, abreva en el genuino fervor cultural de su pueblo, así, en la Memoria de los Llanos hallamos la sabiduría del arriero: “si pudiera juntar las noches sueltas/ que  se han ido perdiendo entre los años/ ensillar los caminos/ ser arriero del viento y del olvido”; del alambrador: “Tenazas callosas/ las manos de los Flores/ tiranteando las cuerdas del potrero”; del cavador de pozos: “Vivió en los pozos, buzo de arcilla,/ buscando el agua de hondas napas frías/ y fue poniendo marcos de cansancio/ en los costados lerdos de los días”  Los desposeídos conforman una parte central de la poética del Gatica del sur riojano: "Yo compartía la vida de hombres que trabajaban en los obrajes, carreros, hacheros, carboneros y si bien un tiempo me parecía que conversar con ellos era una cosa insulsa, porque me había dedicado mucho a la literatura universal, me di cuenta después que lo que realmente a mí más me enriquecía, eran esas conversaciones simples de toda aquella humilde gente"  Sin embargo, la obra de Héctor David Gatica no acaba en el paisaje humano de los habitantes de su comarca, ni en la colorida geografía de La Rioja, Gatica se mete en la Historia grande de su provincia, a través de la Poesía, de modo que evoca a Juan Facundo Quiroga:“Fue un general de noches/ armadas con su nombre/ galopando/ cinchadas al sobaco/ de un corazón rebelde”  y a un militante riojano desaparecido en la última dictadura: “desde la noche en que vinieron a llevarte/ tu mujer sigue alimentándose de posibles regresos/ y la inocente criatura/ para quien dejaste el ser todavía en el vientre de su madre/ ya aprendió a caminar/ habla también/ pero no te nombra”
Heredero de la tradición poética riojana del grupo Calibar, considera vano definir la Poesía, ya que no puede separarla de la existencia: “La Poesía es algo difícil de definir, por eso más que intentar definirla he procurado vivirla” El camino de su palabra da testimonio de la belleza y de las heridas del mundo y de la humanidad: “Como se necesitan el crepúsculo y alguien que lo contemple/ Dios y alguien a quien amar/ la planta y un ave que se pose y le cante/ así nos necesitamos los amigos”
Héctor David Gatica asegura que la infancia siempre nos conduce y que ésta forja una especie de geografía temática que nos dirige el resto de nuestra vida. Poeta del interior del interior, entra tantas cosas, nos enseña que la América profunda comienza en el sueño del poblador de la pequeña comarca: “Y cuentan los abuelos desde el simple/ recinto de sus barbas y apero/ que éste fue un pastizal de altura intacta/ donde andaban sin rumbo los arrieros”
Ante tanta información de la nada, tanta publicidad de cosas que no necesitamos, hay un antídoto: la obra de Héctor David Gatica, un poeta de la memoria entre los fundadores del olvido.

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica