DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

5/29/2015

El bombo legüero



por Pedro Patzer



Su nombre lo adquiere porque retumba a leguas de distancia, resuena a leguas del Dios de los civilizados, late al compás del Dios de los montaraces, aunque Vitillo Ábalos asegura que cuando el legüero se toca a orillas del río Salado o del río Dulce, llega aún más lejos. ¿A qué lejanía se refiere? ¿Acaso el bombo legüero alcanza el lento corazón de la sequía? ¿Tal vez el legüero retrata el alma de la inundación? ¿Quizás los pasos perdidos de la Telesita? ¿Será que el bombo recupera el pájaro de la vidala, el animal desconocido de la noche en que suena el yaraví? ¿Quizás el estruendo del legüero sea el llamado de Indoamérica que la salamanca propicia, tal vez el rumor del latido de la otra historia? “Desde la hondura del monte/ el bombo llamando está./ Y el corazón padeciendo.../ Y el canto se va, y se va” (Atahualpa Yupanqui)
Como era de esperar, un antropólogo al enterarse del término “bombo legüero” acudió rápidamente a desmitificar tan hondo calificativo. El hombre de ciencia se tomó el trabajo de colocar un grabador, en pleno monte santiagueño, a una legua del bombo para concluir: “El resultado ha sido que en ningún caso llegamos a oír a estos rústicos tambores antes de un kilómetro” Este curioso antropólogo también planea refutar a García Márquez: “Es falso, ¡las mujeres hermosas no ascienden como Remedios, la bella!” O advertirle a Juan Rulfo: “¡Pedro Páramo es una falacia, los muertos no hablan!” Y tal vez, el aventurero antropólogo se anime a denunciar: “¡El kakuy no dice turay, tan sólo canta como cualquier pájaro!” Pues, el hombre de ciencia no consigue comprender que el bombo legüero no es un instrumento convencional, es por llamarlo de alguna manera: un artefacto de ensoñación montaraz, un espejo sonoro de leyendas, un altar del templo del profeta que redime en cada golpe al parche, la luna de la última noche libre del continente. ¿Pero si posiblemente el bombo vino en barco? Y acaso San Martín no vino en barco a liberar a nuestros pueblos. ¿Será pues el bombo el otro sol del silencio nativo, el corazón de los misachicos que marca el paso de la fe de los descalzos?  El antropólogo insiste: “Veíamos aproximarse el misachico desde mucho antes, pero el bombo no es escuchaba hasta no acercarse por lo menos a mil metros” Es que el hombre de ciencia no hubo de enterarse que el término legüero no remite a la medida exacta superior a los cinco kilómetros, como la carcelera definición sentencia. Se le llama legüero, al bombo que con su retumbar consigue rescatar, desde las leguas del olvido, el sonido de las lenguas perdidas que se hablaban en la Argentina antes de que llegara el conquistador. Es decir, al bombo en su estruendo logra recuperar el eco del cacán, tonocoté, chané, ona, yagán, alacaluf, allentiac, charrúa, abippón. Sin embargo, el hombre de ciencia insiste: “Parece saberse de antemano que ningún comprador de estos bombos industrializados procederá a realizar un control de calidad riguroso ni necesitará jamás hacerse oír con su instrumento a cinco kilómetros de distancia” Pareciera que el antropólogo ignora lo que realmente busca el que compra un bombo legüero, tal vez Vitillo Ábalos, de noventa y dos años, que hace setenta que toca el bombo, tenga la respuesta al confesar que si bien, en tantas décadas de dialogar con el legüero le ha descubierto profundos secretos, aún no ha conseguido revelar algunos de sus misterios. En el bombo legüero hay un golpe como si fuera el abrir de otras puertas, como un umbral a los otros países latentes en el silencio del pueblo. Las otras argentinas que no caben en los mapas, pero sí en el estruendo del legüero. El bombo posee un lenguaje, un idioma de lo cotidiano: “Cuando alguien hacía pan, tocaba el bombo legüero, y todos sabían que tenía pan, lo mismo cuando carneaban un animal. Eh, fulano ha carneado, decían, y allá iban”, recuerda Vitillo Ábalos.
Como la guitarra, el bombo tiene memoria de árbol, curiosamente el legüero se hace con el tronco del ceibo ahuecado, tal vez por esto el bombo legüero recupera la sinfonía interior del árbol: su manual de vientos montaraces, vientos que no le piden permiso a la civilización ni a los antropólogos para inaugurar mitos, pero también el legüero tiene memoria animal, ya que muchos de ellos están hechos con cueros de cabra, oveja, puma , caballo, inclusive, tiempo atrás, algunos se hacían con cuero de perro. Hay en el latir del bombo legüero un acecho de puma, como un galopar de caballo salvaje, una especie de perro ladrándole a la fabulosa luna de cuero, pero sobre todo hay en el ronquido del legüero, un estruendo de raza, un himno del corazón ancestral


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