DEDICADO

Este blog está dedicado a mi musa Mercedes

6/17/2015

La Argentina de los runas, la patria de Fortunato Ramos



por Pedro Patzer

 Fortunato Ramos es colaborador permanente del Tantanakuy, que año tras año se realiza en la Quebrada de Humahuaca.. 

En un tiempo en el que  los templos de Buenos Aires son los shoppings, en una época en la que tristes bares invitan a la “happy hour” y al “after office” (desahogos para náufragos oficinistas) En días de “bullying”, “whatsApp”, y de “llamadas perdidas”, persisten artistas que acuden al llamado de la tierra, artistas que defienden las palabras ancestrales, palabras emancipadoras que retratan a las secretas patrias de la Argentina, esos pequeños países ,que conforman este país,  y que encienden el lado más indoamericano del ser argentino: “Patria, es la mama tierra que resuella en el alto, la Pachamama que masculla tictinchas de Agosto…Patria es el salar de Huaytiquina y la veta mina El Aguilar;/ Patria es el asno que retoza en los cerros…Patria es el niño, que camina por la puna…el arrío de llamas, el tropel de guanacos, las vizcachas al sol…” Fortunato Ramos, docente y artista jujeño, pero sobre todo: hijo de un arriero, de quien heredó el andar  entre las comarcas de los cerros y así a recuperar en su poesía, el viento aborigen (“El espíritu dolido, se alegra a veces con el viento, se estremece otras y hasta imprime el miedo en la soledad de los cerros”) a través de términos como chaguanca (descendiente de los chaguancos, que habitan el ramal jujeño), acullico (bolo de coca masticada), cardonero (hombre que hace madera, de la planta de cardón),  quencha (brujo), Tequis (niños pequeños), Tolas (plantas que sirven como combustible) entre tantas otras palabras de adobe y apacheta que pertenecen al patrimonio espiritual de los custodios de la Madre de los Cerros: “Los runas cantaron sus coplas en tono de Pascua y bailaron una corneteada del valle…porque ya comienza el invierno, no sólo en el clima, sino en el alma del collaje, porque pasó tentación y el regocijo espiritual, mella el corazón del runa respetuoso de Dios y de la Pachamama” Sin embargo, la misión cultural de Fortunato Ramos es la de sumergirnos en la profundidad de la compleja Belleza de la quebrada y la puna, la de recobrar a los quijotes del cerro; al espíritu cultural de mascar coca; a Zenón, el runa cardonero; a la Pachita del cerro; al burro “olvidado de Dios, del hombre lugareño y de la misma naturaleza”; al tren colmado de zafreros rumbo al cañaveral: “El tren es medio folklórico, con los runas plastaus en el piso, con un palo con picante de pata u panza, con un jarro floriau llenito de sopa…la ida a los ingenios, con chalonas, con maíz, papas con ocas; y la guelta con zapatillas nuevas, con escaleras, mesas, sillas y troncos de cedro, cargao los vagones hasta los techos…” Es decir, la obra de Fortunato tiene como mandato traducir cada uno de los mundos del Jujuy profundo, los universos que laten el corazón colla, y entregarlos como ofrendas culturales: “¡Qué triste!, sería, un todosantos, sin coca, ni vino, ni chuyas ni alcohol, pero la veneración de nuestra gente, hace que todo llegue más allá, una pitada de cigarros, un acusi verdoso y un canto a las ánimas” Fortunato Ramos, como los artistas que acuden al llamado de la tierra, son parte de su misma obra, él es el amante experimentando el sirviñacu y el viento que arrea al Coquena y su leyenda; el niño arriero y el pastor de ovejas. Fortunato y el paisaje de la quebrada se imitan mutuamente, se corrigen, se superan, mantienen conversaciones de siglos, diálogos de erque, plegarias andinas, rezos de cerros: “Hasta cuándo señor tata Dios!, vua sufrer tan mucho de tantos castigos, de tantas penurias…! ¡Por qué tanta peste pa mis ovejitas, por qué las heladas para mis maizales!...Si soy más lomudo pa cargar la caña, si soy más forzudo pa agujeriar las minas de plomo y de zinc” Mientras los diarios nos informan de la caída de la bolsa de la “City Porteña”, Fortunato Ramos nos instruye sobre la última señalada en un paraje de la quebrada: “no sé cuántos tendrán la suerte de participar en una señalada de ovejas y chivatos en las Peñas Blancas de Humahuaca…es una costumbre que se muere junto a los pocos viejos que moran todavía en lo alto…” Fortunato Ramos (ramos de universos de los corpachadores) retrata a una Eva colla y abre una puerta del remoto Edén del puneño, en el corazón del distraído argentino (aquel que está zonzamente convencido de que venimos de los barcos) por eso escribe sobre Juana Martínez: “Una agüela de 85 años , una Pachamama, diría yo, porque parece un terrón, es la tierra misma, a la que se está volviendo la vieja...ayer, oscuro, oscuro, salió de su casita rumbo al cerro….llevaba, sahumerios, cigarros y coca...ella, apenas, si tiene para vivir, pero para su mama tierra, consiguió todo...iba, pensando, tal vez en que este año, sería el último que daría de comer a su pacha...ya tiene su mojón la Pachamama en el cerro, donde siempre pastó sus ovejas, y ella, mientras viva, todos los primeros de agosto, estará aunque sea de rodillas, frente al agujero, donde humea la coa, zahumándose la mama tierra...volcó la ollita de comida, tictinchas de maiz, de habas al hoyo, que a uñazos limpió cavó...nombrándo a sus changos que están en la zafra, recomendando por sus dos burros...rogando por sus tres corderos, rezó una oración ya casi en desuso: el yo pecador…¡Qué va pecar pobre mama! si vivió martirios bajo los temporales del alto…¿Pecado, será ser pobre?...” ¿De cuánta riqueza cultural está hecha la pobreza de esa anciana puneña? ¿Acaso los ricos de ciudad no están empobrecidos de los tesoros de los pobladores de los caseríos de los altos? Comprender la acuarela humana que pinta Fortunato es incorporar el alma de la Argentina de los runas, la pequeña patria de los cerreros: “¡Cuántos Quijote hay en los cerros! genios perdidos tal vez, quijotes de las letras, quijotes de las coplas, quijotes de la música, señores, runas, soberbios, recios, hidalgos en la locura del alto...recuerdo un Quijote de Santa Ana …sin conocer nada del mecanismo de la aviación  quiso construir un avión viendo volar los caranchos...vino a incentivar su locura...el sobrevuelo de una avioneta del gobierno de la provincia...produciendo el miedo entre los pastores, mujeres y hasta los perros...nuestro Quijote llamado Genaro Cruz...describió así la experiencia: ´El avión tiene la panza blanca numas, igual qui un carancho, la eli, va dando vueltas para romper el aire; las alas; no muevi, van queto nomas, vola igual qui los cuervos; hasta y podiu ver la cabeza del hombre manejador´” Fortunato Ramos nos brinda acceso a la patria de los juguetes  del chango del alto: “Los años caminan y todo es lo mismo, moti, sal con lechi son mis caramelos, mi juguete un chivo o el perro ovejero, poco tiempo tengo, pero no soy un niño. Mi avión de juguete es un cuervo viejo, mi camión un burro de trotar muy lento, mi amigo, es el zorro que roba mis cabras y es todo mi consuelo de poder ser niño… ¡Y no hay reyes magos, no hay Días del Niño, jamás tuve suerte de poder ser niño!” ¿Cómo entenderíamos los porteños, los lectores de crónicas culturales, los conocedores de movimientos artísticos universales, los admiradores de la arquitectura francesa de la avenida Alvear, los senderos de ripio para acceder al espíritu de esa patria de las lágrimas de los burritos de la quebrada, sin la obra de Fortunato Ramos?: “Burro leñero, serio como su runa…¡jamás ríe!...Pero sí recuerdo, haber visto un burro,  con gruesas gotas de lágrimas en sus grandes, redondos y oscuros ojos, que parecen decir algo; lágrimas quizá por los fríos del alto…” Fortunato nos revela que hay un sabor continental de la puna, reservado a los runas: “…Los changos del cerro, comen desde muy pequeños, el ají y ni siquiera lo sienten, mas si un foráneo, apenas lo prueba, transpira, se enrojece y hasta salta de desesperación por lo tan fuerte que es…” ¿Comprenderemos que el apunamiento es parte de la resistencia de un paisaje cultural, que los ladrones de la historia nunca han podido con esos arribas, que los falsificadores de mapas y culturas jamás han conseguido hacer nido allá, en el paisito de lo runas, en la comarca de los herederos de Viracocha: “La naturaleza es dura con los forasteros, más aún con aquellos que recelan a la Pachamama…” Tendremos conciencia de la importancia cotidiana de la coca, del sol interior que significa para un runa: “Déjenme mascar mi coca, señor comisario;/ yo no soy vicioso, menos pendenciero/ soy un pobre diablo, que anda por los cerros/ buscansi la vida, allá entre los cuervos/…y tengo el respeto de limpiar mi boca,/ pa qui no mi veigan qui yo toy coquiando,/ y tengo el respeto de llevar mi coca, pal tata Coquena, / por abras heladas, donde usted, no llega, señor comisario…”
Fortunato Ramos no sólo es tierra que anda, como indicaba Atahualpa Yupanqui, es el cartógrafo del corazón del runa, el que denuncia la deuda interna de nuestra cultura e historia con los collas, el que nos explica que en aquellos caseríos del alto, donde no hay luz eléctrica, es el sonido del erque el que ilumina a los caminantes que van detrás de él, como si ese sonido ancestral fuera el faro de los cerros, la estrella de la puna que hace titilar la antigua luz de una raza.
Entre tanto turismo cultural y demasiado pintoresquismo folklórico, Fortunato Ramos, el “maestro normal nacional” nos da lecciones de la integridad de los pueblos antiguos:

NO TE RÍAS DE UN COLLA

No te rías de un colla que bajó del cerro,
que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos;
no te rías de un colla, si lo ves callado,
si lo ves zopenco, si lo ves dormido.
No te rías de un colla, si al cruzar la calle
lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco,
asustao el runa como asno bien chúcaro,
poncho con sombrero, debajo del brazo.
No sobres al colla, si un día de sol
lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero;
ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío,
donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo.
No te rías de un colla, si lo ves comiendo
su mote cocido, su carne de avío,
allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río;
menos si lo ves coquiando por su Pachamama.
Él bajó del cerro a vender sus cueros,
a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina;
y es tan precavido, que trajo su plata,
y hasta su comida, y no te pide nada.
No te rías de un colla que está en la frontera
pa'l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta;
ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas
cuando alguien se atreva a violar la Patria.
No te burles de un colla, que si vas pa'l cerro,
te abrirá las puertas de su triste casa,
tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas,
comerás un tulpo y a cambio de nada.
No te rías de un colla que busca el silencio,
que en medio de lajas cultiva sus habas
y allá, en las alturas, en donde no hay nada,
¡así sobrevive con su Pachamama!

6/09/2015

Las invasiones inglesas y los cuadernos de la sudestada



por Pedro Patzer

En cada cuaderno de sudestada, el Río de la Plata narra sus tempestuosos recuerdos, como el de aquel 24 de junio de 1806, cuando en una noche de luna colonial, doce buques de guerra ingleses se presentan en su lecho mientras el virrey Sobremonte disfruta de la función teatral de la obra El Sí de las niñas de Moratín, que en un pasaje, un personaje expresa: “¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?...” Pues, no se recuerda a Sobremonte justamente como al valiente personaje descrito en el Sí de las niñas, más bien como el cobarde que al enterarse de la llegada de los ingleses, huye hacia Córdoba con 1.291.323 pesos plata. Las coplas populares se encargan de eternizar la pusilánime actuación del Virrey: "Al primer cañonazo de los valientes/ disparó Sobremonte con sus parientes” “¿Ves aquel bulto lejano que se pierde atrás del monte?/ Es la carroza del miedo/ con el virrey Sobremonte. La invasión de los ingleses/le dio un susto tan cabal/ que buscó guarida lejos/ para él y el capital”
El 25 de junio de 1806, los ingleses desembarcan en Quilmes (paradójicamente los gringos llegan del mar a la localidad que adquiere su nombre por los aborígenes que arribaron caminando desde tierra adentro, específicamente desde Tucumán, donde diez años después se declara la Independencia) eran 1.600 hombres al mando de Beresford. Dos días después, las autoridades virreinales se rinden y entregan Buenos Aires, y las 55.000 almas que lo pueblan, a los británicos. Sobre este suceso, Mariano Moreno comenta: “Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de  1806, vi entrar a 1. 560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad” Curiosamente, mientras Moreno recuerda con pena la invasión inglesa, una señora de la aristocracia porteña, Mariquita Sánchez Thompson, la retrata con melancolía: “La gente criolla no es linda...las cabezas como un redondel, sucios, unos con chaqueta, otros sin ella...cada uno de un color, todos rotos, en caballos sucios, las armas sucias...en cambio el regimiento mandado por el General Pack eran las más lindas tropas que se podían ver, el uniforme poético, botines de cinta punzó cruzadas, una pollerita corta, un chal escocés como una banda...este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve, la limpieza de esas tropas admirables ¡Qué contraste tan grande!”
Contrariamente a la vergonzosa actitud de la aristocracia porteña (que cobija en sus casas a los invasores, donde les rinde sendas fiestas como homenaje) una obrera que trabaja de mesera, les espeta a sus clientes españoles: “desearía, caballeros, que nos hubiesen informado más pronto de sus cobardes intenciones de rendir Buenos Aires, pues apostaría mi vida que, de haberlo sabido, las mujeres nos habríamos levantado unánimemente y rechazado a los ingleses a pedradas." El cancionero popular de las invasiones inglesas, refleja la valiente posición de las criollas: "Por cada Inglés que venzas /he de rendirte/ un corazón discreto / mil almas firmes".
El pueblo inglés celebra al enterarse de la ocupación de Buenos Aires, y más aún, esa sociedad campeona de la ética, festeja la llegada a Londres de los caudales que le robaron a Sobremonte (más allá de que todos sabemos que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón) “¿Un corrupto?:/ Al primer cañonazo/ de los leales,/ disparó Sobre Monte/ con los caudales” (copla anónima de la época)
Mientras la burguesía porteña goza de la presencia anglosajona, los plebeyos están indignados por la invasión y por la ineptitud de las autoridades españolas, deciden, entonces, organizar la resistencia y de alguna manera deciden reconocerse, por primera vez, como pueblo: Pueyrredón junta a 1000 gauchos, sin embargo son rápidamente dispersados por los soldados ingleses. Es Santiago de Liniers el encargado de la Reconquista de Buenos Aires. En Montevideo, reúne a mil hombres y en plena noche de la sudestada desembarca en Tigre. En San Fernando se le suman paisanos a la tropa y así marcha hacia Buenos Aires. El pueblo lo aclama a su paso, la juventud criolla y (algunos españoles) se unen a sus filas. El 10 de agosto, Liniers llega a los Corrales de Miserere (hoy Plaza once), después ocupa la Plaza de Toros (Hoy Retiro). El 12 de agosto comienza la Reconquista: Liniers divide su ejército en dos columnas: una entra por la calle San Martín y la otra por Reconquista (el nombre de esta calle recuerda el episodio). El triunfo de Liniers es completo: Beresford queda preso, 300 soldados ingleses mueren y 1200 se rinden. La milicia popular que comanda Liniers tiene 200 bajas: ¿Resonarán en estas 200 almas, las palabras que Sarmiento dice, años después, acerca de la Reconquista?: “¿Por qué peleamos contra Inglaterra que nos traía el comercio libre, la libertad de imprenta, el escrito de Habeas corpus, y una civilización que abrazaba todos los ramos de la cultura humana?... siendo absurdos los motivos parece ridícula o al menos lastimosa la defensa y ruinosa victoria porque ruinosa lo fue”
El 14 de agosto se convoca a un Cabildo Abierto donde el pueblo, en un acto inédito, elige a Liniers como virrey provisorio del Río de la Plata y destituye a Sobremonte. Unos versos se ponen de moda en Buenos Aires: "Ingredientes de que se compone la quinta generación del marqués de Sobremonte: Un quintal de hipocresía,/Tres libras de fanfarrón,/Y cincuenta de ladrón,/ Con quince de fantasía,/ Tres mil de collonería;/ Mezclarás muy bien después,/ En un caldero inglés,/ Con gallinas y capones,/ Extractarás los blasones/ Del más indigno marqués”
El gobierno de Liniers organiza la resistencia ante el inminente contraataque inglés. Se crean una decena de regimientos con Patricios y Arribeños. Se forma un ejército de casi 8.000 hombres, gauchos, mulatos, orilleros, indios. Es decir, una milicia de criollos (criollos, palabra clave para nuestra identidad) Allí estaban Manuel Belgrano, Martín Rodríguez, Hipólito Vieytes, Domingo French, Juan Martín de Pueyrredón, Antonio Luis Beruti y Cornelio Saavedra. Liniers recuerda al respecto: "¡Qué no trabajaría yo en los once meses después de echar a los ingleses de Buenos Aires para hacer guerrero a un pueblo de negociantes y ricos propietarios!... donde la suavidad del clima, la abundancia y la riqueza debilitan el alma y le quitan energía... El dependiente era más apto que el patrón... Me fue preciso vencer todos esos obstáculos y una infinidad de otros... Aproveché de la confianza que me adquirieron mis servicios a los habitantes para hacerlos capaces de defenderse contra todos los esfuerzos que la Gran Bretaña hacía para vencerlos".
La sudestada hubo de coleccionar 1807 junios cuando una nueva expedición inglesa, esta vez de doce mil hombres, trata de apoderarse de Buenos Aires. Aunque los ingleses no imaginan que serán recibidos hostilmente por los criollos: desde los balcones y techos les arrojan pedradas, agua y aceite hirviendo, y todo aquello  que pudiera lastimarlos. "Cuando las 110 velas de la gran armada británica se divisaron en el horizonte - escribe Manuel José García en sus Memorias-, este espectáculo capaz de intimidar a los más aguerridos no causó el menor recelo a los colonos". Resignados y humillados, los ingleses se rinden. Whitelocke, el responsable militar de la segunda invasión inglesa, concluye: "No hay un solo ejemplo en la historia, me atrevo a decir, que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertenencia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado."
Paradójicamente las invasiones inglesas gestan nuestro espíritu nacional, el pueblo comienza a reconocerse como un conjunto de almas pertenecientes a una patria latente, una patria que empieza a tener rostros, historias, leyendas, héroes, aromas, comidas, coplas.
Años después, la sudestada suma a sus cuadernos, la voz de Scalabrini Ortíz denunciando: “en 1806 y 1807, dos expediciones inglesas bien pertrechadas y suficientemente numerosas como para asegurar la conquista, invadieron la ciudad de Buenos Aires. Las dos veces fueron derrotadas por una población civil que apenas duplicaba el grueso de las tropas. Los comerciantes ingleses cumplieron la obra que sus soldados no pudieron realizar” Es decir, el esfuerzo de los criollos contra el invasor inglés, no es imitado por los que permitieron hacer por muchas décadas de la economía (y también de la cultura) nacional, una semicolonia inglesa. Cuántas veces se escucha a algún confundido, ignorante de la historia de los colonizadores y los colonizados, proclamar que hubiera convenido el triunfo inglés en aquellas invasiones. ¿Sabrán estos ignorantes que la opresión económica y cultural del país, su desindustrialización, y el desconocimiento de sus habitantes de la propia alma de la Argentina profunda, de su corazón indoamericano y su resignación a ser “el granero del mundo”(es decir, el que sólo vende materia primas sin poder construir su propia industria)  el patio trasero de la historia económica, en buena parte tiene que ver con la estrategia imperial inglesa y con los cipayos criollos que creyeron que civilizar era entregarles el país, como Bartolomé Mitre que declara: “¿Cuál es la fuerza que impulsa ese progreso? Señores: ¡es el capital inglés!”
Los cuadernos de la sudestada nos enseñan que la historia regresa como la tempestad, y que sólo los pueblos libres (los pueblos que prefieren la dignidad a la comodidad) pueden atravesar sus bravos vientos sin que naufrague su identidad.