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Este blog está dedicado a mi musa Mercedes

6/09/2015

Las invasiones inglesas y los cuadernos de la sudestada



por Pedro Patzer

En cada cuaderno de sudestada, el Río de la Plata narra sus tempestuosos recuerdos, como el de aquel 24 de junio de 1806, cuando en una noche de luna colonial, doce buques de guerra ingleses se presentan en su lecho mientras el virrey Sobremonte disfruta de la función teatral de la obra El Sí de las niñas de Moratín, que en un pasaje, un personaje expresa: “¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?...” Pues, no se recuerda a Sobremonte justamente como al valiente personaje descrito en el Sí de las niñas, más bien como el cobarde que al enterarse de la llegada de los ingleses, huye hacia Córdoba con 1.291.323 pesos plata. Las coplas populares se encargan de eternizar la pusilánime actuación del Virrey: "Al primer cañonazo de los valientes/ disparó Sobremonte con sus parientes” “¿Ves aquel bulto lejano que se pierde atrás del monte?/ Es la carroza del miedo/ con el virrey Sobremonte. La invasión de los ingleses/le dio un susto tan cabal/ que buscó guarida lejos/ para él y el capital”
El 25 de junio de 1806, los ingleses desembarcan en Quilmes (paradójicamente los gringos llegan del mar a la localidad que adquiere su nombre por los aborígenes que arribaron caminando desde tierra adentro, específicamente desde Tucumán, donde diez años después se declara la Independencia) eran 1.600 hombres al mando de Beresford. Dos días después, las autoridades virreinales se rinden y entregan Buenos Aires, y las 55.000 almas que lo pueblan, a los británicos. Sobre este suceso, Mariano Moreno comenta: “Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de  1806, vi entrar a 1. 560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad” Curiosamente, mientras Moreno recuerda con pena la invasión inglesa, una señora de la aristocracia porteña, Mariquita Sánchez Thompson, la retrata con melancolía: “La gente criolla no es linda...las cabezas como un redondel, sucios, unos con chaqueta, otros sin ella...cada uno de un color, todos rotos, en caballos sucios, las armas sucias...en cambio el regimiento mandado por el General Pack eran las más lindas tropas que se podían ver, el uniforme poético, botines de cinta punzó cruzadas, una pollerita corta, un chal escocés como una banda...este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve, la limpieza de esas tropas admirables ¡Qué contraste tan grande!”
Contrariamente a la vergonzosa actitud de la aristocracia porteña (que cobija en sus casas a los invasores, donde les rinde sendas fiestas como homenaje) una obrera que trabaja de mesera, les espeta a sus clientes españoles: “desearía, caballeros, que nos hubiesen informado más pronto de sus cobardes intenciones de rendir Buenos Aires, pues apostaría mi vida que, de haberlo sabido, las mujeres nos habríamos levantado unánimemente y rechazado a los ingleses a pedradas." El cancionero popular de las invasiones inglesas, refleja la valiente posición de las criollas: "Por cada Inglés que venzas /he de rendirte/ un corazón discreto / mil almas firmes".
El pueblo inglés celebra al enterarse de la ocupación de Buenos Aires, y más aún, esa sociedad campeona de la ética, festeja la llegada a Londres de los caudales que le robaron a Sobremonte (más allá de que todos sabemos que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón) “¿Un corrupto?:/ Al primer cañonazo/ de los leales,/ disparó Sobre Monte/ con los caudales” (copla anónima de la época)
Mientras la burguesía porteña goza de la presencia anglosajona, los plebeyos están indignados por la invasión y por la ineptitud de las autoridades españolas, deciden, entonces, organizar la resistencia y de alguna manera deciden reconocerse, por primera vez, como pueblo: Pueyrredón junta a 1000 gauchos, sin embargo son rápidamente dispersados por los soldados ingleses. Es Santiago de Liniers el encargado de la Reconquista de Buenos Aires. En Montevideo, reúne a mil hombres y en plena noche de la sudestada desembarca en Tigre. En San Fernando se le suman paisanos a la tropa y así marcha hacia Buenos Aires. El pueblo lo aclama a su paso, la juventud criolla y (algunos españoles) se unen a sus filas. El 10 de agosto, Liniers llega a los Corrales de Miserere (hoy Plaza once), después ocupa la Plaza de Toros (Hoy Retiro). El 12 de agosto comienza la Reconquista: Liniers divide su ejército en dos columnas: una entra por la calle San Martín y la otra por Reconquista (el nombre de esta calle recuerda el episodio). El triunfo de Liniers es completo: Beresford queda preso, 300 soldados ingleses mueren y 1200 se rinden. La milicia popular que comanda Liniers tiene 200 bajas: ¿Resonarán en estas 200 almas, las palabras que Sarmiento dice, años después, acerca de la Reconquista?: “¿Por qué peleamos contra Inglaterra que nos traía el comercio libre, la libertad de imprenta, el escrito de Habeas corpus, y una civilización que abrazaba todos los ramos de la cultura humana?... siendo absurdos los motivos parece ridícula o al menos lastimosa la defensa y ruinosa victoria porque ruinosa lo fue”
El 14 de agosto se convoca a un Cabildo Abierto donde el pueblo, en un acto inédito, elige a Liniers como virrey provisorio del Río de la Plata y destituye a Sobremonte. Unos versos se ponen de moda en Buenos Aires: "Ingredientes de que se compone la quinta generación del marqués de Sobremonte: Un quintal de hipocresía,/Tres libras de fanfarrón,/Y cincuenta de ladrón,/ Con quince de fantasía,/ Tres mil de collonería;/ Mezclarás muy bien después,/ En un caldero inglés,/ Con gallinas y capones,/ Extractarás los blasones/ Del más indigno marqués”
El gobierno de Liniers organiza la resistencia ante el inminente contraataque inglés. Se crean una decena de regimientos con Patricios y Arribeños. Se forma un ejército de casi 8.000 hombres, gauchos, mulatos, orilleros, indios. Es decir, una milicia de criollos (criollos, palabra clave para nuestra identidad) Allí estaban Manuel Belgrano, Martín Rodríguez, Hipólito Vieytes, Domingo French, Juan Martín de Pueyrredón, Antonio Luis Beruti y Cornelio Saavedra. Liniers recuerda al respecto: "¡Qué no trabajaría yo en los once meses después de echar a los ingleses de Buenos Aires para hacer guerrero a un pueblo de negociantes y ricos propietarios!... donde la suavidad del clima, la abundancia y la riqueza debilitan el alma y le quitan energía... El dependiente era más apto que el patrón... Me fue preciso vencer todos esos obstáculos y una infinidad de otros... Aproveché de la confianza que me adquirieron mis servicios a los habitantes para hacerlos capaces de defenderse contra todos los esfuerzos que la Gran Bretaña hacía para vencerlos".
La sudestada hubo de coleccionar 1807 junios cuando una nueva expedición inglesa, esta vez de doce mil hombres, trata de apoderarse de Buenos Aires. Aunque los ingleses no imaginan que serán recibidos hostilmente por los criollos: desde los balcones y techos les arrojan pedradas, agua y aceite hirviendo, y todo aquello  que pudiera lastimarlos. "Cuando las 110 velas de la gran armada británica se divisaron en el horizonte - escribe Manuel José García en sus Memorias-, este espectáculo capaz de intimidar a los más aguerridos no causó el menor recelo a los colonos". Resignados y humillados, los ingleses se rinden. Whitelocke, el responsable militar de la segunda invasión inglesa, concluye: "No hay un solo ejemplo en la historia, me atrevo a decir, que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertenencia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado."
Paradójicamente las invasiones inglesas gestan nuestro espíritu nacional, el pueblo comienza a reconocerse como un conjunto de almas pertenecientes a una patria latente, una patria que empieza a tener rostros, historias, leyendas, héroes, aromas, comidas, coplas.
Años después, la sudestada suma a sus cuadernos, la voz de Scalabrini Ortíz denunciando: “en 1806 y 1807, dos expediciones inglesas bien pertrechadas y suficientemente numerosas como para asegurar la conquista, invadieron la ciudad de Buenos Aires. Las dos veces fueron derrotadas por una población civil que apenas duplicaba el grueso de las tropas. Los comerciantes ingleses cumplieron la obra que sus soldados no pudieron realizar” Es decir, el esfuerzo de los criollos contra el invasor inglés, no es imitado por los que permitieron hacer por muchas décadas de la economía (y también de la cultura) nacional, una semicolonia inglesa. Cuántas veces se escucha a algún confundido, ignorante de la historia de los colonizadores y los colonizados, proclamar que hubiera convenido el triunfo inglés en aquellas invasiones. ¿Sabrán estos ignorantes que la opresión económica y cultural del país, su desindustrialización, y el desconocimiento de sus habitantes de la propia alma de la Argentina profunda, de su corazón indoamericano y su resignación a ser “el granero del mundo”(es decir, el que sólo vende materia primas sin poder construir su propia industria)  el patio trasero de la historia económica, en buena parte tiene que ver con la estrategia imperial inglesa y con los cipayos criollos que creyeron que civilizar era entregarles el país, como Bartolomé Mitre que declara: “¿Cuál es la fuerza que impulsa ese progreso? Señores: ¡es el capital inglés!”
Los cuadernos de la sudestada nos enseñan que la historia regresa como la tempestad, y que sólo los pueblos libres (los pueblos que prefieren la dignidad a la comodidad) pueden atravesar sus bravos vientos sin que naufrague su identidad.

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