DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

12/02/2011

EL REBAÑO SÓLO EDUCA PARA EL REBAÑO!



El rebaño sólo educa para el rebaño, jamás educa para que se aprenda a salir del rebaño; los del rebaño aman como aman los que integran una manada, aman para reproducirse, para mantener la especie; odian, como odian los del rebaño. Es decir, odian a los pastores, aunque cotidianamente se someten a ellos, porque fueron educados para eso. Por eso el rebaño urde la teoría del rebaño, hace manjares para el rebaño, canciones para el rebaño, Literatura para el rebaño, turismo para el rebaño, amistades para el rebaño, sueños para el rebaño, candados y llaves para el rebaño, sexo, drogas y religiones para el rebaño. Porque una de las condiciones fundamentales para que el rebaño no se extinga, es evitar que a uno de sus integrantes le entren ganas de ser pastor, y cuando esto sucede, es rápidamente acusado de lobo, de bestia que quiere devorarse al rebaño.
Un distinguido integrante del rebaño, tiene un sólo objetivo: morir, para ascender al cielo del gran rebaño, resignándo esta vida a la penuria propia de pertenecer al común rebaño. Por supuesto que antes de morir ha de aportar nuevos integrantes a la manada (integrantes que tendrán como gran finalidad dar otros integrantes al rebaño, que luego serán educados para dar otros integrantes que darán otros...)
La sed del rebaño es sencillamente apagada por los breves charcos, y como no pueden contar ovejas para dormir (pues la redundancia no da sueño) cuentan estiercol; aunque los que sueñan ser pastores, para dormir, cuentan lobos.
La condición de integrante de rebaño se hereda, y desde que se nace se le va enseñando a ver el mundo como sólo desde la manada puede verse: la vida comienza y termina ahí, donde se pueda pastar.
Suele suceder que en unas de las tardes iguales (tardes donde las horas están eximidas de milagros) algún integrante distraído se aleje un poco más de lo acostumbrado y descubra, los hermosos pastos de la lejanía, pastos verdes, apetecibles, diferentes, entonces la curiosidad lo invite a alejarse aún más (o a acercarse a su otro hambre) A partir de ese momento comienza la Revolución en el rebaño, cuando el pastor va en busca del díscolo integrante y éste regresa a comentarle a la manada, que más allá hay pastos exquisitos, y que no es necesario morir para probar semejantes manjares. ¿Cuántos países de pastos y cerros, cuántos ríos y árboles habrá más allá de este lugar donde hemos nacido y pastado desde siempre y donde han muerto todos nuestros antepasados?
Entonces la manada se alborota, consideran lo que el discolo integrante declarara, y deciden expulsarlo del rebaño. A veces al expulsado lo llaman Jesucristo, otras Galileo, Lennon, Ghandi, Marthin Luther king o Guevara.
Luego de echar al desobediente (pero sumamente obediente con el Misterio) vuelven a la normalidad, y hasta fundan organizaciones que promulgan la igualdad, la libertad y la fraternidad.

PEDRO PATZER

11/24/2011

GUISO


 
Recetario del descalzo,
arrabal del manjar,
sabor de la resistencia
Guiso!
Perfume de antiguo zaguán,
flor silvestre del hambre,
milagro sencillo que multiplican
los hombres
Guiso!
Modesto sol de los humildes,
bálsamo de los inquilinos del mundo,
caviar de la pobreza
Guiso!
Tiene algo de la belleza del candado roto
y algo de la isla que a cada hora conquista el loco
Guiso!
Comida típica del pensionado
fruto de la herrumbre,
última cena sin promesa de resurrección
Guiso!
Los que hacen el guiso
nunca piensan en el fin del mundo


PEDRO PATZER

11/17/2011

la Belleza y el secreto de las alturas


 
Que la belleza de la vida es cosa sin importancia es algo que, supongo, poca gente se aventuraría a afirmar. Y, sin embargo, aún la gente más civilizada se comporta como si así fuera” escribió el folklorista irlandés, Oscar Wilde
Hay algo peor que despreciar la belleza, ignorarla (desconocer las aventuras del sol sobre los ventanales de los ministerios y las travesuras de los gorriones sobre los autos blindados) y confundir el traje a rayas de un preso con el arco iris.
Cuántos viven sin darle importancia a la Belleza. Mantienen relaciones carentes de ella (son pareja, no son atlantes en busca de la Atlántida) forjan situaciones sin ningún tipo de Belleza (son hijos del accidente) se educan sin Belleza (les importa el rol que ocuparán en la sociedad y no la sociedad que podrán transformar con sus roles) eligen sin Belleza (el ta te ti de la existencia o el pan y queso del destino) aman sin Belleza (el psicoanálisis sugiere que más de siete años no dura una pareja moderna, entonces prefieren vivir una agónica relación) viven sin Belleza (se prohíben cambiar el celular por un ramo de jazmines) mueren sin Belleza (ya no hay muertes shakesperianas)
Pareciera que el relato oficial, todo el tiempo dijera: “no hay tiempo para la Belleza” ¿Y para qué hay tiempo entonces? Si no hay Belleza se pierde la esencia, somos el ancla sin nave, el juguete sin niño, el libro cerrado. Así, la mayoría amanece con el quejido del reloj despertador y se duerme con los somníferos, y entre medio conviven con los enemigos, como francotiradores haciendo nidos en la azoteas del día, van, decorando el patíbulo del mundo, pero eso sí: consumiendo productos “light”, avanzando hacia el vegetarianismo, pero cumpliendo con el ceremonial y protocolo que el manual del caníbal elegante sugiere.
La Belleza incita al corazón humano, lo interroga con preguntas que formulan los náufragos en la luz, porque la Belleza es el umbral de la Revolución: ninguna rebelión se ha producido sin el embrión de la Belleza, sin románticas ideas desatadas por soñadores (los primeros hacedores de Belleza). Es más, ningún hombre puede ser libre sino se permite la Belleza.
Hay gente que ríe sin belleza, es decir, ríen como hienas (porque esa risa es un S.OS. del espíritu) Hay historiadores que dan clases, sin Belleza (porque si el tipo tuviera que desplegar la Belleza de una causa, caería en cuenta, que en vez de escribir el tratado de una vida extraordinaria, ha escrito su testamento) Hay arquitectos que construyen edificios sin Belleza (porque un militante del escombro jamás podrá edificar un palacio lleno de flores o un puente) Y así maestras de Literatura que nos han castigado con poemas que nos invitan a rechazar de por vida la Poesía (sin inculcarnos que la Poesía es el idioma del pájaro que fuimos antes de ser hombres, como sospechaba el folklorista autor de Peter Pan) Hay gente que se envenena con gaseosas o drogas, sin buscar la ambrosía de los griegos (ambrosía: manjar o alimento de los dioses) profesores de geografía que no nos invitan a trazar los mapas de las ciudades que no existen, y matemáticos que no se atreven a revelarnos el revés del cero.
“…mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca, tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.” le escribió Víctor Hugo a su amante, señalando que la Belleza tiene un acceso directo a las alturas. ¡De eso se trata! Lo sublime deshoja el secreto de las alturas, y ya no es necesario pedir prestada una escalera para subir al madero, como decía la copla popular, porque al Jesús de Nazareno, le sacamos los clavos, hermanándonos con la Belleza, la Belleza humana que siempre le quita los clavos a Cristo, la Belleza humana que desarrolla lo divino, más allá de las tempestuosas pasiones de un mortal. Pero los habitantes del chiquitaje corren a los ascensores, creyendo que es una manera de rozar el cielo, o toman las pastilla de moda que los elevará al cielo artifical de los que creen que para ser libres deben comprar su Libertad, o pagar el alquiler de las alas del Icaro moderno.
La Belleza es el gran tema de estos tiempos, en que la fealdad es imperio: ¿Cuántas más guerras hubiera habido si Cervantes no hubiese escrito el Quijote, o si Picasso no hubiera sido Picasso o si Mercedes Sosa no hubiese interpretado el nervio poético de la Belleza humana?
La Belleza es un síntoma de inmortalidad, un milagro, que a veces hacen los hombres, el pan que mantiene vivo al espíritu, la sal del mar escondido que llevamos dentro.


por Pedro Patzer

10/29/2011

Uno que mejoró la verdad





Muchos se preguntan si habrán sido ciertas las anécdotas que contaba Facundo Cabral: sus vivencias con la Madre Teresa, sus conversaciones con el pensador indio Krishnamurti y sus paseos musicales con Arthur Rubinstein; las treinta y siete mujeres que recibiera como regalo de un jeke árabe, al cumplir treinta y siete años; sus conciertos en el peor mercado de Alejandría y sus caminatas por Manhattan; sus conversaciones con Bradbury acerca de Borges y las frases griegas, que según Facundo , decía su madre.
A quién le importa si fueron mentiras, ya que si lo fueron, fueron mentiras que mejoraron la verdad: en una realidad tan empobrecida, las anécdotas de Facundo Cabral, enriquecieron la vida. Porque de eso se trata este juego, de gente que pese a codearse con mercaderes de la hora y turistas de la vida, con bufones sin reyes y atletas del desasosiego, se anima a mejorar la verdad, incluso a veces con una mentira.
Facundo Carbal, el atorrante y el profeta, el místico y el trotamundo, el trovador que se pareció a lo que cantó: “Una señora me dijo en un pueblecito en México: yo vengo siempre a escucharlo, pero no entiendo casi nada. Pero vengo, porque de vez en cuando me gusta ver a un hombre libre y feliz”
Facundo Cabral nació una vez en Tandil, pero miles de veces en muchos lugares del mundo: Nació a orillas del Mar Muerto, nació en las estepas rusas, nació en un templo de Katmandú y en un teatro de Lisboa, nació en la pobreza de Calcuta y en la riqueza de un mendigo guatemalteco convidando su pan duro; nació en las piramides Mayas y en el monasterio de la Rábida, nació en la tristeza de un orfanato y en la belleza de una venezolana, nació en una conversación con Yupanqui y en el silencio de un monje trapense, porque Facundo era un artista entre fronteras, un hombre entre lo religioso y lo pagano, entre la militancia y el pacifismo, entre el peregrinaje y el mundo inmovil, entre el misterio del universo y la melancolía del café del barrio, entre el mundano y el asceta, entre la canción y el silencio, entre Dios y el arrabal, entre retratar la realidad y habitar el sueño
Yo soñaba que cruzaba el Sahara, soñaba que iba a conversar con Atahualpa , que para mí era el Buda del folklore. Si sos fiel al sueño, te convertís en el sueño, eso se consigue en el peregrinaje, no te das cuenta y un día sos lo que soñaste; porque en el sueño, Dios te deja ver algo, de lo mucho que tiene pensado para vos, y la felicidad es un deber, porque si no sos feliz estás amargando, por lo menos, a todo el barrio”
Las canciones de Facundo Cabral son plegarias cantadas, misas con estribillos, credos paganos de los caminos que condensan el misterio del eco del templo y el paisaje y el color de los ríos del mundo y el de las biblias de Hotel
La canción tiene que decir eso que dice, ahí está su Belleza, es una piba de barrio la canción, no hace falta que habite ningún palacio, ni que la vista algún modisto, es como una flor silvestre la canción
Vagabundo y señor, nómade de la canción universal y habitante del sentir de la pequeña querencia, Facundo Cabral no cantaba para vivir, vivía para cantar la vida: “Es dificil y raro decirlo, pero este es el final, pero yo soy lo que se va de este mundo feliz, porque hice la vida que quería hacer, porque fui dueño de mi vida y lo seré hasta el último minuto”
Facundo Cabral no mentía, mejoraba a la verdad.

 Pedro Patzer

10/21/2011

DE ESPALDAS AL MAR






"La Pampa nuestra es tan grande, tan extensa que Tata Dios tuvo que ponerle un horizonte, como diciéndole: Pare! Y le inventó un mar, porque si no le inventa el mar, hasta la Antártida llegamos” - dijo Atahualpa Yupanqui
De tanto cantarle a la tierra, de tanto sembrar vidas y cosechar historias en ella, de tanto recoger sus frutos y enterrar a nuestros muertos, de tanto escuchar las confesiones de sus ríos y sus alaridos de petróleo y alud, de tanto visitar sus templos de sequía y sus oratorios de inundación, de tanto cantar el drama de sus habitantes y la magia de sus leyendas, de tanto aprender del silencio de los soles acunados en sus cerros, y de la melodía de sus rituales, de tanto lamentar a los caídos y de celebrar a los redimidos, de tanto vivir la tierra, nuestro folklore le ha dado la espalda al mar.
Para nuestra cultura popular el mar es el etcétera, el punto final del paisaje espiritual, el mutis por el foro del gran escenario, porque los argentinos somos marineros en tierra.
Los viajeros ingleses, al llegar a nuestras pampas, en 1820, exclamaron: Mar de tierra! Tal vez porque nuestra llanura hace preguntas oceánicas, preguntas que el europeo sólo escucha del mar. Quizás porque en nuestra extensa llanura, el cielo roza con su celeste uniforme los caminos, haciendo del horizonte, un espejismo, la utopía entre el camino y el cielo. La Pampa es un viejo mar, reza un poema de Nervi: “Si usted no conoce el sur/ y piensa que es el desierto/ no sabe lo que es La Pampa/ porque ignora su secreto/ La Pampa es un viejo mar/ donde navega el silencio” Lo abismal que significa para un poeta europeo contemplar el mar, es para José Hernández, contemplar la llanura (y su drama humano). La mística de los pescadores, esa mezcla de nostalgia y sabiduría, en nuestro país, la poseen los reseros, arrieros, los payadores. Quizás por eso en nuestro poema nacional, protagonizado por un gaucho, también hace referencia al mar. Martín Fierro, en el contrapunto que mantiene con el Moreno, le exige a su rival, que le explique algunos asuntos del mar, en esta disputa hallamos la mirada que el gaucho tiene del mar:
Y ya que al mundo vinistes
con el sino de cantar,
no te vayás a turbar
no te agrandes ni te achiques:
es preciso que me espliques
cuál es el canto del mar
Y el Moreno le responde:
...Y ayudamé ingenio mio
para ganar esta apuesta;
mucho el contestar me cuesta
pero debo contestar:
voy a decirle en respuesta
cuál es el canto del mar.
Cuando la tormenta brama,
el mar que todo lo encierra
canta de un modo que aterra,
como si el mundo temblara;
parece que se quejara
de que lo estreche la tierra.”
Nuestros viejos buques son carretas, nuestros bucaneros, los bandoleros rurales, nuestras islas desiertas, los pueblos abandonados (luego de la desaparición del tren). Porque el misterio, que en otros lugares se le dedica al mar, en nuestro país lo consagramos a la tierra: nosotros no buscamos la Atlántida en el mar, nosotros buscamos a Ciudad Esteco y a la de los Césares, en tierra. Nuestras sirenas no enloquecen con sus cantos a bravos marineros, nuestras sirenas murmuran vidalas secretas en ciénagas o a orillas del río Dulce, o en lagunas catamarqueñas entonan alabanzas o en los ríos escondidos de los Valles Calchaquíes, desatan bagualas astrales, que enloquecen a baqueanos, que no hallan mástiles ni palos mayores donde atarse.
Nuestra cultura no le puso su acento al mar, decidió dirigir las aventuras humanas tierra adentro, nuestra Odisea no tiene naufragios, ni tempestades, nuestra Odisea tiene gauchos matreros, mujeres cautivas (enamoradas de su cautiverio), chagásicos, hijos de la zafra, campeones de la pobreza, mineros, cerreros, ferroviarios sin trenes, jornaleros del horizonte.
Nuestros faros iluminan a los navegantes de tierra adentro, nuestros faros alumbran al perdido caminante, nuestros faros son salamancas, ermitas a la difuntita o al Gauchito, milongas desesperadas.
Alfonsina Storni, consagrada a la eternidad de la zamba de Ariel Ramírez y Félix Luna, anunciaba en un poema, su trágico destino: “Mar, yo soñaba ser como tú eres, / allá en las tardes que la vida mía/ bajo las horas cálidas se abría...Ah, yo soñaba ser como tú eres” ¿Se imaginan una Alfonsina y la llanura? Una Alfonsina dejándose morir en la inmensidad de la Pampa, una Alfonsina que se hunda en los caminos, que se deje abrazar hasta el final por el oleaje del horizonte. Una Alfonsina que lleguase a las profundidades del silencio de la milonga, una Alfonsina que no acabase entre caracolas, si no entre majadas y pastores, entre vías abandonadas, entre la sed de un paisaje siempre amarillo.
De espaldas al mar, ha nacido y se ha desarrollado nuestra cultura, por eso estamos llenos de anclas, que son cruces de algarrobos; colmados de naves de soja, taperas que naufragan en el mar de la pobreza, y muelles donde los pescadores de parajes, echan sus redes sobre el ingenio y la mina.
Viene siendo la hora, de dar la vuelta y darle la bienvenida al mar, tal vez suceda lo que el poeta porteño, Francisco Luis Bernárdez, advertía: “La tierra ignora nuestras dudas y el firmamento nuestras largas agonías. Sólo este mar que nos comprende puede medir la soledad de nuestras vidas

PEDRO PATZER

9/28/2011

Cerro Bayo: Un libro de Yupanqui, una declaración de finales


Por los caminos van los hombres y las mujeres hacia los cañaverlas abajeños, a cambiar una canción por paludismo” - Cerro Bayo, Atahualpa Yupanqui

Además de ser el gran protagonista del cancionero folklórico argentino, Atahualpa Yupanqui fue uno de los más brillantes escritores que ha dado nuestro país. Sin embargo, como sucede en un país colonizado culturalmente, la obra literaria de Yupanqui (la obra que se corre del gran tópico literario) no aparece en ninguna antología oficial de Literatura argentina (Yupanqui no se codea con Borges, Cortázar, Arlt, Sábato, Piglia, etc) Pero esto es coherente, porque la obra de Atahualpa Yupanqui está en las heridas del minero, del arriero y en todo lo que el kolla calla en el cerro (lugares donde la literatura argentina canonizada ha llegado muy pocas veces)
La literatura de Yupanqui, es después de Martín Fierro y Facundo, la obra más argentina que se haya escrito. La de José Hernández y Sarmiento fueron cantos desesperados, Cerro Bayo, también: “El canto tiene la emoción de un hombre y la desesperación de un niño”
Atahualpa Yupanqui, el que solía decir que el hombre es la tierra que anda, se ha vuelto canto que anda de copla en paisaje, de silencio en guitarra y de memoria en libro. Atahualpa urdió una obra literaria como Cerro Bayo, capaz de modificar para siempre, la geografía espiritual de su pueblo, cuál cartógrafo de querencia, que traza los planos humanos del corazón de su gente. ¿Creés que estoy exagerando? Lee esta frase:
“Así como el alma humana precisa de la belleza y del dolor para crecer, el grano necesita, para vigorizarse, de la música total del árbol, de la hierba, del río y del viento”
En esta cita, Atahualpa, de alguna manera resume el espíritu de su obra, el idilio de la naturaleza con el alma humana, la idea de que la copla tiene un paisaje humano (“Mi copla tiene un paisaje”, Vientito de Tucumán)
Técnicamente, Cerro Bayo es una novela de Yupanqui, pero en realidad, Cerro Bayo es una especie de manifiesto de los caminos y los vientos, un alarido en capítulos de cerros, un volcán de párrafos y silencios. ¿Acaso cómo explicaríamos, con argumentos prosaícos, una frase como esta?: “Cerca, el zaino se está comiendo el paisaje, poco a poco” Yupanqui nos invita en esta oración, a comprender que el paisaje es alimento, alimento de los paisajes vivientes, como los caballos, Atahualpa nos invita a una discusión de paisajes: ¿Cuál es el paisaje de quién? ¿Quién es el paisaje de qué?
“Nunca conoció a su padre. Desde niño sólo vió a su lado a esa mujer callada, morena, de oscuras polleras...que le enseñó a sembrar, a arar, a conducir el rebaño, a elegir los pastos, a distinguir desde lejos los animales y los hombres, y sobre todo, le enseñó a callar”
Cerro Bayo es un tratado sobre las lejanías humanas, un intento de habitar el eco de la intemperie del cerrero y el vallisto, una manera de traducir la biografía del corazón de piedra del cerro:
“El cerro les ha dado fuerza para no hundirse. La piedra les prestaba dureza ante los años y el dolor. El viento les aconsejaba música, y del fondo de la sangre les calentaba el cuerpo y el alma una antigua esperanza recóndita”
El cerro y el hombre, dialogan siglos de soledades, edades de baguala y piedras, delimitan donde comienza y acaba el río del silencio, Yupanqui media entre el canto del hombre y el eco del cerro:
“El canto es más arisco y es más libre que el hombre. El hombre vive en una cárcel de piedra y cielo, con una senda que sube, con un camino que baja. Puñal azul, el canto desbarta las nubes. El alma del arriero se preña del silencio para parir una canción en la noche. El hombre sigue siendo un pedazo de cerro que se ha echado a andar”
En Cerro Bayo, Atahualpa se transforma en una especie de peón del silencio y pastor humilde de la música que apenas es un poco más que silencio, música como la baguala:
“¡La baguala...!/ Ningún hombre mejor, ninguna marca más aparente/ para señalar el canto arisco de nuestras montañas/ ¡baguala...!/ No hay cantar que esconda más soledad ni más infinito que ese alarido musical de los jinetes del cerro. La baguala precisa de la soledad, como la estrella precisa de la sombra, para brillar mejor”...“baguala, canto de los solitarios que precisan evidenciar su presencia en la montaña, ángelus dulce y salvaje en la mediatinta del ocaso, fruto sonoro de un corazón sazonado de silencios y destinos”
Música como el bailecito: “El bailecito ha venido de arriba, del altiplano. Ha venido llorando ausencias en las quenas y riendo fiestero en las cuerdas de los charangos”
Cerro Bayo, no es una declaración de principios, más bien diría una declaración de finales, pues en esta obra, queda claro que hay una frontera humana, un camino que vive y envejece, un mapa que anda (sangra, respira, ama, muere): “Jamás fue más allá de las lomas donde pastan los rebaños”
Este filósofo de la vidala, que fuera Atahualpa Yupanqui, se atreve en esta obra, como en todas sus obras, a ser un alquimista que hasta resuelve con Belleza, el asunto más complejo, la muerte: “Se está produciendo un reventón de estrellas. Si parece que Pachamama colgara del cielo, en cada atardecer, las espuelas de todos los gauchos que desertaron de la vida” Sin embargo, Yupanqui, resuelve con Belleza el asunto de la muerte porque antes ha solucionado el tema del vivir: “El hombre es el hijo poderoso de Pachamama, aunque vive prisionero de la garra cósmica del cerro. Puede matar al pájaro y derribar el árbol. Pero precisa al sol para su vida, al árbol para su sueño y al ave pasa su canto”
¿Qué decir de un libro que nos enseña del país de los cerros, ideas como esta?: “En esa academia de andares y sufrires se acomoda el montañés para pasar su vida con alguna palabra, con algún silencio”
Lea Cerro Bayo y seguramente comprenderá, por qué ciertas cosas le producen rechazo: “El dolor del indio no es una frase a la que recurren obligadamente los literatos indigenistas y los trovadores camperos. El dolor del indio de nuestras montañas es auténticamente un sufrir y un callar gigantescos. Tal vez convenga a las clases “elevadas” explotar líricamente la pena de nuestros kollas. Tal vez convenga tener en casa un buen óleo del chango aguatero, del tocador de quena, del pelador de caña o del domador quebradeño. En las pinturas no se fija el sueldo de esos hombres que dan su vida entera para cuidar la siembra, las ovejas, las haciendas y todo lo ajeno e inalcanzable que tiene la tierra!”
Cerro Bayo no es sólo un libro de Atahualpa Yupanqui, es un espejo remoto de la intimidad de nuestro origen, del tamaño de la ancestral herida, de nuestro ripio cultural, tal vez el espejo del lento paso de los que habitan el cotidiano silencio de Dios y el continuo balbuceo de la Pachamama.
Abrace Cerro Bayo, quizás pueda ponerle nombres a muchos dolores que antes anduvieron como nadies

Pedro Patzer

9/19/2011

LOS MENDIGOS



“Hermano de gaviota, suerte de caracol./ Cegado por mil soles, besado por mil vientos, de andar triste y cansino, cual marcha de reloj.” escribió Ivo Pelay e inmortalizó el cantor de las cabecitas negras, Antonio Tormo
Cuando la mayoría se va a la cama (no a amarse, sino a dormir, a dar vueltas en el insomnio existencial o a contar ovejas del mismo rebaño, siempre del mismo rebaño) la ceremonia secreta de los mendigos se desata:
Lunas de cartón (satélites que eclipsan en destartalados changuitos de supermercado) latas donde los otros caviares sacian el otro hambre (el del agujero negro en el alma, el del fondo blanco en la mirada); botellas donde los brevajes de lejanos mundos, son posibles en este. Manjares heridos (panes de los más duros milagros, panes que no se mutiplican, más bien, panes que dividen) rosarios de monedas con los que oran los Cristos de la intemperie, naufragios dentro de botellas (donde el océano de vino barato jamás ofrece tablas, ni balsas) colchones donde Adán y Eva jamás morderían la manzana, esquinas donde la patria de los perros flacos declara su independencia. Porque mientras los edificios enseñan su desvelo de hormigón, los mendigos urden los otros monumentos de la ciudad, algunos dedicados a los próceres de los lunes en la conciencia, otros inspirados en las batallas históricas entre la publicidad y la Libertad interior, algunos más modestos que recuerdan el buraco en el alma de los pulcros cancilleres de la soledad y otros, santuarios del hueso que sobra del día, ermitas de las limosnas imposibles

Entre los carteles de comida light, un mendigo piensa:

- existirá el hambre light?

Entre la multitud ,que ante la primera gota carga sus paraguas y dispara al cielo, el pordiosero abre su boca y deja que la sed se apacigue (las lágrimas del cielo no son saladas)
Entre la multitud que se apretuja por llegar primera a la nada, los mendigos miran el otro reloj, el del sol en las fotografías , el del pájaro en la rama, y dejan que el verdadero tiempo los abrace
Los mendigos son pescadores en el mar de cemento, ellos saben cuando el oleaje de ciudad está apto para las delicias, aunque a veces sólo consiguen pescar zapatos rotos, zapatos de un viejo caminante que cruzó más allá del mapa (los hombres que consiguen habitar el más allá de los mapas, son automáticamente desterrados por los cartógrafos y por los censistas)
Los mendigos hacen sus nidos en los museos de la indiferencia, ahí, donde muchos miran al costado, y otros tantos creen que nada tienen que ver con la pobeza de esos hombres que arrastran las viejas banderas del mundo que perdimos, cada vez que alguien pasa hambre.
“Llevando como el caracol/ la casa a cuestas y al azar,/ van los linyeras, todos los días.” - vuelve a cantar Tormo, mientras los mendigos continúan siendo el paisaje invisible de muchos, y la ciudad misma de la conciencia, para otros.

PEDRO PATZER

9/06/2011

LA TABLA DEL NÁUFRAGO

Creía que sabía bastante de poesía, que estaba aprendiendo algo de los secretos de la vida, que ya no me dolería tanto la vieja historia de abismos y soledades humanas, pensaba eso, y muchas otras cosas que suele dictar la arrogancia propia de intentar domesticar la canción salvaje (de adentro). Hasta que el poeta Edgar Morisoli me recibió en su casa de Santa Rosa, y me hablo del náufrago y su tabla


¿Cómo es la tabla del náufrago? ¿cuántas son las tablas, y cuántos son los náufragos? ¿A qué tablas y a qué naufragios se refiere Morisoli? ¿Qué naufragio ha contemplado el poeta, a mitad de la Pampa? ¿Qué tabla puede rescatar al náufrago de llanuras? ¿Que mar secreto arroja a la odisea al náufrago del horizonte?

Morisoli entiende la poesía como tabla del náufrago, acaso la imaginación ante la pobreza del realismo, acaso la esperanza del vencido, el silencio del derrotado, por eso dice: “Poesía, tabla del náufrago, errante providencia que el azar de las olas, arrima a tu orfandad”

¿Cómo un hombre venido del desierto, puede poblar el lenguaje de tanta vida? - me pregunto yo, que vivo entre pasajeros de ascensores y teóricos de la comunciación social, que moran en ciudades pero que no hacen más que ser los reyes midas del desierto (todo lo que tocan lo llenan de desierto) ¿Acaso la vida yerra por el desierto, peregrina por el lenguaje hosco del caldén, por los atardeceres de llanura que no son contemplados por nadie?

“Ciñete a ese madero/ que pasa, no permitas que se aleje” – reza Edgar Morisoli, rogando que el náufrago abrace la tabla, que el poeta estreche su destino al poema, que el devoto se aferre a su Dios; que el cartógrafo a sus mapas, que el oficinista a sus vacaciones (donde aprovecha para escalar cerros, emborracharse y leer el último best seller, creyendo que en esos quince días autorizados por el jefe de recursos humanos de la empresa en que trabaja, cambiará su vida gris)


La poética pampaena de Edgar Moriselli está poblada de páramos, caldenes, rios enlutados, himnos de arena, sombras, memorias del oeste y pájaros, pájaros como la diuca (pájaro que canta antes del amanecer, pájaro que con su canto hace amanecer)

La palabra de Moriseli está colmada de sal, vientos, humo de otoño, arena, barro , silencio alfarero y poblada de personajes como el baqueano Simón Peletey; Ofelia la paisana (más conocida como Ofelia del oeste); la abuela Maica (siempre acompañada de su pena, cruzando la arena del viejo salar) y Patrolina Pérez (la que de sus amores fue cautiva).

Sin embargo lo que más caracteriza a la poesía de Morisoli, es su nostalgia por el otro mar. ¿Cómo un poeta de la Pampa va tener arrullos de mar? Sí, la poesía de Edgar Morisoli (nacido por primera vez en Santa Fe y por segunda y definitivamente en La Pampa) tiene nostalgia del otro mar, tal vez del mar de ayer, quizás del océano de mañana, el que siempre está por llegar a La Pampa.

Porque si bien dicen que la Pampa es un viejo mar, les aseguro que después de leer la poesía de Edgar Morisoli, La Pampa se vuelve el mar que siempre está por llegar.

Pedro Patzer

7/28/2011

En Buenos Aires, muy poca gente mira para arriba


Setenta balcones hay en esta casa, / setenta balcones y ninguna flor./ ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?/ ¿Odian el perfume, odian el color?” escribió Baldomero Fernández Moreno

En Buenos Aires, muy poca gente mira para arriba.

Haga la prueba, levante la mirada y verá que hay cosas que todavía no ha contemplado:

la anciana tendiendo la ropa en el balcón (pareciera abrir las banderas de rendición de todas las batallas que los oficinistas jamás han librado) las nubes destrozando de fragilidad a los modernos y estériles edificios (los pájaros se niegan a anidar en ellos, aunque nadie dudaría de que un cazabombardero pondría, tranquilamente, allí, sus huevos de la muerte) las cornisas solitarias (a veces en ayunas de suicidas, aunque ellas, ya están cansadas de los idilios breves que estos románticos del morir, suelen ofrecerles) Las campanas que a menudo presentan un negro de luto (¿del canto de quién serán viudas las campanas?) chimeneas que hace tiempo dejaron la pipa pero se hicieron adictas al óxido del atardecer urbano; antenas de colores (que quizás alguna vez reciban mensajes de otros mundos, mundos donde sea más importante la existencia que la profesión) veletas de gallos escondidas entre cables (tal vez como los amaneceres rutinarios de los hombres que nunca despiertan, o que creen que un despierto es sólo eso que pulula por las horas posteriores a que suena el despertador) antiguas buhardillas, hoy clausuradas al público, pero que tienen como inquilinos a fantasmas (que por las noches recitan odas de la Misteriosa Buenos Aires que perdimos). Aviones con asma de la lejanía (que los vendedores ambulantes de la terminal de Retiro sueñan abordar, luego de vender todas sus medias, pilas y linternas) tanques de agua (que son los monumentos al desasosiego porteño, monumentos esculpidos por los artistas de la sed) leones de adorno (que en tantos años de cemento, ningún domador del asombro ha podido rescatar de la jungla de la intemperie) hierba que crece en las torres con relojes (los relojes y la hierba son amantes, que cada tanto tienen hijos eternos) y francotiradores que en las azoteas envejecen esperando a su Kennedy cotidiano.

Cuando camine por Buenos Aires, mire para arriba, quizás en el barrio de Flores encuentre los viejos molinos de viento que el quijote de las aguafuertes, Roberto Arlt, contemplaba taciturnamente (aunque él no veía gigantes, sino pequeños hombres que eligieron un progreso, que entre tantas cosas, se cargara los molinos de viento)

Mire para arriba, no le de tanta importancia a los cordones, que los gorriones han aprendido lunfardo y suelen practicarlo sobre las solemnes estatuas, y en las cúpulas de las antiguas iglesias, hallará ángeles celebrando el paraíso de la telaraña; mire para arriba que todavía es necesaria la poesía de Baldomero: “La piedra desnuda de tristeza/ ¡dan una tristeza los negros balcones!/ ¿No hay en esta casa una niña novia?/ ¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

Mire para arriba, que en los cables de tensión las torcazas se animan a hacer nidos, como las flores a burlarse de las herrumbrosas rejas y los mendigos a hacerse dueño de todo el cielo, que los que se creen ricos, desprecian.

Mire para arriba porque abajo cuesta más amanecer

Pedro Patzer

7/22/2011

LAS CASAS PERDIDAS


"Me asustan las casas que yo habité: tienen abiertos sus compases de espera: se lo quieren tragar a uno y sumergirlo en sus habitaciones, en sus recuerdos” - escribió Pablo Neruda
Las casas del pasado tienen hambre, ellas se alimentan de versos quietos y canciones dormidas: ¿será el corazón del artista, aquella casa perdida en la nostalgia? ¿Será aquella arquitectura de la niñez, aquella morada de madera e íntimo lucero, miel de la futura melancolía?
“Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla” (César Vallejo)
Tapera, proviene del guaraní. Ta: pueblo y Puerá: se fue. Por esas cosas que tiene la etimología, tapera viene hacer algo así como un pueblo que se fue, en una casa derruida. Aunque los profesionales de las definiciones nos señalen que tapera significa: “Casa o rancho en ruinas y abandonado”, yo prefiero pensar que cada vez que una modesta casa agoniza, algo de su pueblo muere con ella.
“Cuando el sol en el río/ vertió su lumbre primera,/ se vió una sombra ligera/ en occidente ocultarse/ y el alto ombú balancearse/ sobre una antigua tapera”(Rafael Obligado)
Las primeras casas, escuelas del azul, acuarela que por siempre persistirá en el papel en blanco de los días, monumentos de lo amarillo. Casas de niñez, parra y galería, casas con aroma a guiso y primera novia, casas donde el crepúsculo se confunde con la campana, el tanque de agua y el aljibe; casas donde las lluvias no logran vencer a las rayuelas, casas perdidas, casas que a mitad de la vida, nos enseñan la broma de la vieja eternidad
“Yo enviudé de tantas casas en mi vida y a todas las recuerdo tiernamente. No podría enumerarlas y no podría volver a habitarlas porque no me gustan las resurrecciones” ( Pablo Neruda)
Casas donde aprendimos que hay un viejo llamado mar, que siempre nos espera con sus historias de naufragios y soledades/ Casas donde los amarillos billetes del otoño sobornaron nuestras primeras melancolías/ casas donde la muerte nos hizo sus primeras preguntas/ casas donde la vida sembró su gran semilla
“Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa” (César Vallejo)
Casas donde nuestros juguetes comenzaron a envejecer/ casas donde la artesanía de la siesta y la minería de la plegaria/ casas donde la tarde del abuelo y el sacramento del mate cocido/ casas donde el jazmín y diciembre/
“El espacio, el tiempo, la vida y el olvido, no sólo invaden con telarañas las casas y los rincones, sino que trabajan acumulando lo que se sostuvo en ciertas habitaciones: amores, enfermedades, miserias y dichas que no se convencen de su estatuto: aún quieren existir. No hay fantasmas más terribles que aquellos de los antiguos jardines” (Pablo Neruda)
Casas donde aprendimos la historia del silencio / casas que envejecen como héroes/ casas donde se inculca el antiguo secreto del invierno en el abrazo/ casas donde el misterio del pan y la inclemencia del reloj/ casa donde el eco de Dios y el bostezo del fantasma/ casas donde la uva y el alarido del vino/ casas donde la hierba de la infancia continúa creciendo solitariamente


PEDRO PATZER
PUBLICADO EN http://www.boletinfolklore.com.ar/

7/12/2011

LOS CONQUISTADORES DE ESPÍRITUS


“Los conquistadores de espíritus eclipsan a los conquistadores de provincias”- escribió Víctor Hugo
Hay situaciones y sensaciones que nos hacen comprender lúcidamente a los conquistadores de espíritus. Ante pasiones extremas, entendemos como nunca a Shakespeare (que urdiera personajes que ofrecían su alma, como limosna de tragedia) ante desolaciones crónicas, nos hacemos más amigos de la poesía de Discépolo, esa que entre otras cosas pregunta: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?” ante las feroces batallas del silencio, nos sentimos interpretados por los versos de Ricardo Nervi: “La Pampa es un viejo mar/ donde navega el silencio”, quizás porque a veces nosotros somos esa pampa, donde el silencio inicia su travesía cósmica, donde el silencio hace nido, donde le crecen las alas, donde empolla sus huevos, donde...donde...donde...
Los conquistadores de espíritus nos enseñan a sublevar nuestra mirada, a ver dónde está la auténtica riqueza:“¿Quién tiene tanta riqueza como la tiene el Tamayo? /Alguna vez tuvo pilchas y otras vez tuvo caballo” (José Larralde) Ellos nos dan las herramientas para que consigamos habitar el otro misterio de los hombres: “Hay gente que con solo dar la mano/ rompe la soledad, pone la mesa,/ sirve el puchero, coloca las guirnaldas;/ que con solo empuñar una guitarra/ hace una sinfonía de entrecasa.” (Hamlet Lima Quintana) Porque los conquistadores de espiritus, no se conforman con la hoja en blanco, o con el accidente del despertador y el legajo, ellos propician la búsqueda de la bebida que alivie la sed eterna de los mortales, son moradores en los ríos secretos de la pasión humana: “paseamos complicados sueños/ y naves que interrogan el abismo” (Jorge Calvetti) Porque ellos, los conquistadores de espíritus, revelan con su presencia la existencia desnuda, nos invitan a quitarnos el ropaje con que nos han condicionado la “cultura” y “educación” y nos proponen regresar al primer territorio del ángel: “Hoy vuelvo/ a la dulce memoria del ángel que fui un día/ a su inefable territorio.../a las palabras únicas/ que nunca escuché luego/ y creía olvidadas para siempre” (Aledo Luis Meloni) Los conquistadores de espíritus nos enseñan que las únicas banderas que valen la pena, son las del otoño: “El otoño perdía sus pañuelos/ cuando un lejano perfume de canela/ despertaba en tu sueño” (Manuel J. Castilla) Los conquistadores de espíritus, los que en tiempos de desesperación, nos indican el camino de la esperanza: “ y este camino no regresa nunca, va simplemente/ como la distancia/ hacia el carozo azul del horizonte/ donde me aguarda el hombre y su esperanza”(Armando Tejada Gómez)
Los conquistadores de espíritus, aquellos que nos prestan la brújula humana, los que nos reclaman que elevemos el otro corazón, hasta hacernos dueños de los cuadernos del horizonte: “Y por qué no buscar siempre/ lo que es parada en un camino,/ lo que hay de otoño en un verano, lo que hay de ardiente en lo más frío,/ lo que es sonrojo en unos labios,/ lo que es Recuerdo en el Olvido,/ lo que es pregunta en la respuesta,/ lo que es jadeo en un suspiro,/ lo que es vital de esa alegría,/ de esa tristeza en que vivimos.” (Elvio Romero)
Los conquistadores del espíritu, los que nos convocan a pelear por la Belleza, los que nos alientan a nacer de nuevo en lo que hacemos, los que nos recuerdan todo lo que debemos olvidar, para comenzar a ser nuestro destino.

Pedro Patzer

5/17/2011

LOS RESIGNADOS O TAL VEZ UN DÍA, EL GRAN DÍA





Tantos profetas del mundo chiquito, tantos mercenarios del día, tantos jornaleros del sueño ajeno, han hecho de la resignación, la gran consigna.
Así han atentado contra el orígen de la búsqueda, lo que siempre fue el embrión de encontrarse en lo que se hace, hoy es la acción de hacer para encontrar un lugar en el mercado laboral
“La literatura es un sueño dirigido” sostenía Jorge Luis Borges, y tal vez la vida que nos impone el sistema actual, más que un sueño dirigido, es un insomnio obligatorio.
No existe la universidad del sueño propio, ni la escuela de la vocación, sólo tenemos el espejo íntimo para seguir adelante. Pero es cierto, las arenas del mundo que nos echan sobre ese espejo, suelen sepultarlo en los desiertos de los días.
Encontrar la sinfonía íntima requiere de una singular partitura del espíritu. El ruido de lo que se debe ser, suele eclipsar al canto de lo que se quiere ser
Estamos a mitad de una batalla invisible, en la que los sabios toman ansiolíticos y los desesperados hacen noche en las salas de espera; en la que los artistas dejaron de pensar en la obra para entregarse a la idea de show. ¿Nadie escucha el canto desesperado que empujó a Vincent van Gogh a cortarse la oreja?(y ni hablar de Ulises dejándose enloquecer por el canto de las sirenas) ¿Por qué el suicida de estos tiempos, antes de arrojarse por la ventana, bebe su yogurt light? Los moribundos se maquillan para lucir un hermoso cadáver, las mujeres no comrpenden su belleza en la tapa de Playboy.
Entonces asistimos al triunfo de los resignados: no se sumergen en el misterio de la baguala porque la gente sólo quiere bailar; no escriben libros, porque la gente no lee; no hacen películas porque la mayoría está ciega; no cruzan jamás a la otra orilla del río, porque por lo menos en la misma orilla de siempre están seguros (y desde chicos nos ponen en la cabeza ese manifiesto de la mediocridad: mejor un pájaro en mano que mil volando)
Es lógico que en tiempos de GPS, no haya demasiados que busquen por sí mismo el gran camino; como el elefante que toda la vida se ha pasado inmóvil frente al árbol (en el que los primeros días ha sido encadenado) sin intuir que no está atado.
Los escribidores de epitafios están en problemas: ya no saben que poner en las lápidas, pues es dificil, componer un epitafio de un muerto que nunca ha vivido, pues es dificil comprender cómo ha muerto alguien que todavía no ha nacido.
Un llamado a la esperanza: hay muchos poemas, canciones, pinturas, libros, películas, amores, que mucha gente lleva, secretamente, en su remoto espíritu. Tal vez algún día, el gran día



Pedro Patzer

5/05/2011

MANIFIESTO O UN LLAMADO A LA IRREVERENCIA



Ya se fueron Lugones, Sarmiento, Borges, José Hernández, Castilla, Arlt, Petrocelli, Yupanqui, etc...pero quedaron las obras ¿Se entiende?
Vivimos en tiempos donde hay muchas celebridades, pero pocos artistas, donde hay muchos intérpretes pero escasean autores, demasiados repetidores de fórmulas, pero sólo algunos creadores de manifiestos. Es decir, esto es un llamado a la rebelión, un pedido de incorrección, diría, una plegaria pagana a los hombres que todavía son empujados por el dios hambriento de lo sublime. Señoras y señores, estoy exigiendo que le faltemos el respeto a los museos (que no cobijan a las musas) y parecen solemnes mausoleos; que le quitemos el perfume a las canciones (que alguna vez supieron ser desesperadas) que abramos las compuertas culturales de los ríos imaginarios, y que nos animemos a zarpar con nuestras naves ilusorias, dejando atrás la sequía de la corrección y la banalidad del esnobismo (se dice que la palabra “snob” proviene del latín “sine nobilitate” que significa sin título nobiliario, pero que simulan ser de la nobleza) Porque amigos, no sólo de pan vive el hombre, hace falta también verle las piernas al Misterio, rozarle los labios a la inspiración, beber la cicuta de la Belleza (de nuestras comedias y tragedias) aquella que nos enseña a buscar preciosos antídotos contra la idiotez; porque la imbecilidad ya es imperio, la mediocridad peste, son demasiados los militantes del mundo chiquito, los que se postulan como empleados de la cultura oficial, los que continúan jugando a las escondidas (en lo esencial) , callando o utilizando las palabras de otros, por temor a que su palabra sea despreciada por la manada (cuando uno despierta, deja la cómoda noche atrás) y como bien se sabe, el que no alcanza su palabra, jamás será dueño de sus ideas.
¿A qué se debe este pedido arrebatado, esta invitación poco decorosa? Pues, estoy cansado del esperanto según los bancarios, del cacareo literario de los que jamás escribieron – ni escribirán – un verso o una línea de ficción (no telenovelas, ficción); del murmullo de los que nunca han abrazado una guitarra (ese mujer irreversible); de las profecías de los que jamás se han dejado encantar por una pitonisa. Es decir, noto que todos quieren ser surrealistas, sin conocer el surrealismo (ni siquiera el realismo) por lo tanto pretenden declarar todo el tiempo las verdades del arte y la creación sin haber comprendido el origen auténtico del arte, quieren modernizar la cultura popular, agregándole condimentos de otros géneros como el jazz, el rock, la bossa y música electrónica (que no está mal) pero omitiendo la investigación de la modernidad dentro de la propia cultura popular: ¿Cómo cambio el paisaje espiritual del campo a partir de la soja? ¿Qué nueva manera de relacionarse con la tierra tiene un peón del siglo XXI? ¿Nacieron nuevos términos, nuevas canciones? ¿Qué seres mitológicos acechan a los trabajadores rurales hacinados? ¿Tienen enfermedades producto del glifosato y demás fertilizantes? ¿Cómo se escriben esas experiencias, en qué ritmos se cobijan?
Un poeta de la actualidad no compondría un verso que rece: “astronauta de trigales”, como lo hizo el gran Ariel Petrocelli, un lírico de esta época debería escribir “internauta de la soja”
Conclusión: debemos, en medio del balbuceo de los tilingos (administradores de la cultura oficial) prestar atención a los auténticos movimientos del alma del pueblo, a los verdaderos latidos de su corazón continental



PEDRO PATZER, MAYO DE 2011

4/25/2011

LO QUE NO SE DOMESTICA



“Ya no tengo mi casa pero tengo/ toda la noche como casa mía”- escribió Antonio Esteban Agüero
El hombre de la caverna retrataba en la roca al bisonte que lo mataba. De alguna manera le daba vida a aquello que a él se la quitaba, es decir: retratar los que nos mata, es de alguna manera una forma de resistencia, un modo de parir la parte inmortal de nosotros, el órgano sublime que secretamente nos acompaña, tal vez el origen del arte como pan (de alturas) del desesperado, quizás, el inicio de la alquimia, el carbón que deviene en oro, el primer paso del caminante, la palabra vital que derrota al silencio de la muerte.
En la cultura popular sobran ejemplos: ¿Cuántos cantos de obraje retratan la tragedia forestal? ¿Cuántos arrieros denuncian en coplas los idiomas muertos del desierto? ¿Cuántos patagónicos transcriben, en pentagramas, los planetarios alaridos del viento? ¿Cuántos mineros interpretan el drama de la luz lesionada de la mina? ¿Cuántos poetas chagásicos componen romanceros con las heridas de los cristos montaraces? ¿Cuántos ferroviarios imitan en su silbido, la lenta renguera del viejo fantasma del andén? ¿Cuántos jornaleros cambian días de sangre por una noche de vino? ¿Cuántos oprimidos se vengan del mundo con una tímida sonrisa?
Nadie puede domesticar al negro perro de la zafra, ni al diablo de la salamanca, sin embargo se pueden recrear en canciones, pinturas, poemas; eso significa que el Misterio puede ser abrazado en una guitarra, en un pincel, en palabras, o mejor dicho, que el hombre encerrado en un calabozo puede habitar el bosque. Pero el bosque no mata al preso, sin embargo la idea de no acceder al bosque, lo hace moribundo. ¿Cómo alcanzamos el bosque de lo sublime, la selva ardiente de la belleza? El poeta Miguel Hernández, encerrado en una celda, le escribió a su hijo: “Tu risa me hace libre/ me pone alas/ Soledades me quita, / cárcel me arranca”
¿Cuántas carencias han creado canciones, cuántas heridas han urdido obras, cuántas soledades han sido manifiestos de multitudes? La belleza del espíritu humano consiste en transformar su abismo en materia prima de su esperanza, no olvidemos que Walt Whitman resumió todo el cantar de su vida en un solo título: “Hojas de Hierba” ¿Qué son las hojas de hierbas? Lo que florece de lo muerto, lo que nace de la muerte, la vida que insiste, luego de la vida: “…Yo y este misterio aquí estamos frente a frente…”
Y otra vez volvemos a lo mismo, el hombre inventándose la respuesta a las preguntas que sólo se hacen los dioses, o qué otra manera de justificar eso que lo trasciende, el canto con el que sólo regresan los desterrados, la riqueza de los pordioseros, la videncia de los ciegos griegos, el amor en un mundo que se consume, la otra voz de los que callan, los tesoros que sólo hallan los que se animan a perderse (de los mapas oficiales)
En la herida comienza la muerte o empieza la canción.




Pedro Patzer






3/31/2011

Hombres que nos hablan desde la otra orilla del Río








Sin embargo, la voz está presente/ en una simple hoja agazapada, / en esa estrella que se cae del cielo, / en esa arena que parece nada” – escribió el poeta Ignacio Anzoátegui.

Hombres que nos hablan desde la otra orilla del río, como si reconocieran la voz de la herida humana o los secretos soles que trafican en las ciudades del insomnio, los polizones de la noche. Hombres que en sus silencios cobijan el último alarido del mundo (en sus silencios componen mares poblados de monstruos líricos, océanos donde los viejos capitanes eligen que descansen sus cenizas y mares que no aparecen en los radares de los buques de guerra y los portaaviones) Esos hombres que nos hablan de la otra orilla del río como la mano del sepulturero, acaricia (pese a su tenebroso oficio) a su mujer o la voz del que lee la sentencia, reza una plegaria en su íntima morada. Esos hombres que nos hablan desde la otra orilla del río, sabiendo que los verdugos administran la realidad, sin embargo esos hombres nos dan el mapa del milagro, el pájaro del próximo cielo, el canto que declarará la paz entre el ruido del bombardeo; porque esos hombres que contemplan la vida desde la otra orilla del río, saben dónde el desierto hace su nido, dónde la resignación entierra su semilla, dónde la primavera se siente equivocada, por eso antes de apostar nuestro misterio en la lotería cotidiana, debemos mirar hacia la otra orilla, allí, donde la calma de ellos, cobija a todos los desesperados, y sus miradas, a todas las cegueras del mundo, y sus esperas, a todas las ansiedades por el Mesías, y sus edades a todas las eternidades anheladas. ¿Qué quiénes son los hombres que nos miran desde la otra orilla? ¿Qué cómo llegamos hacia allí? Hallalos empuñando una utopía, poblando las líricas comarcas, sublevando vidas apagadas, rebelándote ante la agonía establecida, cambiándole el nombre a todo aquello que se parezca a la nada


Pedro Patzer, marzo de 2011

3/09/2011

LA POESÍA



“…ahora canta el ruiseñor del griego al fondo de los siglos…” – escribió Juan Gelman
Desde el primer hombre que habitó este planeta , hasta el niño que en este momento está descubriendo la existencia de una palabra a la que se le puede poner alas (palabra rebelde que se hace amiga de otras palabras y que juntas le declaran la guerra a las letras que viven cómodas, unidas en el lugar donde las cosas sólo significan, lo que aparentemente son) la especie humana ha buscado hallar el corazón de la palabra, el hueso del verbo, el alma salvaje y angelical del lenguaje.
No todos los humanos descubren la verdadera naturaleza de la Poesía, que nada tiene que ver con fórmulas literarias de manuales de secundario o con sentencias de viejas filólogas solteronas (o casadas con hombres que siempre hicieron lo que el mundo les dijo que era correcto)
La poesía es el único lenguaje inmortal que alcanzan los mortales, es la herramienta que el hombre tiene para sacar un rato a Dios de su silencio y recordarle que Cristo padeció la tentación humana en el desierto y el desasosiego de esta especie al exclamar: “…Padre, por qué me has abandonado…”
La poesía es el alfabeto divino en boca de los hombres y a la vez es el lengua mundana en boca de los dioses. Ella vive de la paradoja: la hace el sabio griego y el adolescente que termina vendiendo armas en África. Por eso hay Poesía para todos los gustos, desde la cursi hasta la filosófica, desde la rimada hasta la libre, porque el poema es un animal sagrado imposible de domesticar, nadie puede ponerle nombre a este animal, nadie puede definir exactamente su morfología.
Así es que la escuela y los administradores de la cultura oficial, no consiguen comprender verdaderamente la naturaleza de la Poesía, porque el poema sólo se aprende ahogándose en él, respirando en sus habitaciones, bebiendo de su vino y de su cicuta, oliendo sus flores nuevas y las marchitas, saboreando el néctar de su misterio, hallando en él a nuestros muertos y a los hijos que no tuvimos, descifrando en su fuente los cantos desesperados del hombre, encontrando en sus partituras secretas las otras sinfonías de la vida.
La poesía es el faro ante el naufragio constante del espíritu humano; por más que el mundo afirme que no es necesario que esté continuamente titilando, su presencia es fundamental para que todos los náufragos del mundo adviertan, que siempre la Poesía está iluminando en la marítima noche de la pasión humana
Pedro Patzer, finales de febrero 2011

1/13/2011

HOTEL CINCO FANTASMAS


Hotel cinco pulgas , hotel cinco agujeros, hotel cinco ratas, hotel cinco telarañas, hotel cinco fantasmas

por Pedro Patzer


“Vos sabés cómo es la vida que se lleva en los hoteles: durmiendo, mirando el techo, garabateando papeles” - escribió el poeta cordobés Daniel Salzano
Junto a la iglesia, el cementerio, la municipalidad, y la comisaría, el hotel conforma el paisaje cívico de un pueblo. No me refiero a las grandes cadenas hoteleras, sino a los hoteles modestos, aquellos que no son catalogados con estrellas, sino con pulgas: Hotel cinco pulgas , hotel cinco agujeros, hotel cinco ratas, hotel cinco telarañas. Aunque los que verdaderamente me interesan son los hoteles cinco fantasmas: Hoteles que tienen algo de barcos jamás construidos, hoteles que poseen ciertas nostalgias de las ciudades que nunca hemos visitado; hoteles que huelen a la infancia de personas que no hemos conocido; hoteles donde los espejos bostezan nuestra imágenes; hoteles donde los retratados en los cuadros parecieran pedirnos socorro (y nosotros sospechamos que fueron condenados al barro del color); hoteles con pájaros que sólo saben una canción (la misma que todos conocen); hoteles donde los muebles recitan sonetos tétricos; hoteles en los que las cañerías reproducen quejas de quién sabe qué alma; hoteles donde los empleados visten como guardas de un tren que siempre hace el trayecto hacia ninguna parte; hoteles en los que el piso de madera urde el inventario de los pasos perdidos; hoteles donde los Lugones beben sus venenos y las Alfonsinas escriben afiebradas cartas de amor; hoteles en los que los relojes envejecen hacia el amarillo; hoteles donde la lluvia hace imperios; hoteles en los que las biblias y los calefones se devoran a la poesía de Discépolo; hoteles donde jamás ha nacido nadie pero donde muchos han muerto; hoteles sin amantes aunque con matrimonios parecidos a la humedad; hoteles con sillones donde el Rey siempre abdica; hoteles que huelen a sopa fría (o a puchero de viuda); hoteles con teléfonos antiguos y negros (como los diálogos de las viejas películas de Tita Merello); hoteles con cortinas que se asemejan a la bandera de la nación que sólo duró un invierno; hoteles con patios donde los niños nunca juegan (aunque la vida siempre juega a las escondidas); hoteles con alfombras que jamás fueron mágicas; hoteles con ventanales donde el río se ha evaporado; hoteles con reglamentos urdidos por tiranos de pueblo; hoteles con mucamas que jamás consiguen limpiar la tristeza; hoteles donde Dios parece más callado y la primavera proscripta