DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

3/21/2013

LOS MAESTROS

Los Maestros
por Pedro Patzer*
 
Nunca he visto a mi padre leer un libro, jamás me habló de Homero, ni de qué es una metáfora, sin embargo nadie me ha enseñado más de la Literatura que él. Su drama, sus victorias y derrotas me hablaron de Shakespeare sin mencionar la palabra Shakespeare.
Jamás asistí a un curso sobre la época azul de Picasso, sin embargo haber padecido la crisis del 2001 y la matanza de Kosteki y Santillán me instruyeron en el alarido azul de esa etapa picassiana.
No estudié en el conservatorio, ni siquiera fui a una clase de guitarra, aunque conocer las manos de los mineros jujeños me enseñaron de qué está hecha la música de Ricardo Vilca.
Y el color de la hondura de los Juanitos Laguna de Berni los alcancé en los pibes que duermen en las escaleras de Plaza Constitución y la nostalgia del paraíso perdido que tiene el tango me la inculcó el anciano que cada atardecer le da de comer a las palomas.
¿Y Dios? Dios me lo explicó la sonrisa del moribundo, a Dios lo aprendí en el hasta mañana del agonizante, en el etcétera del desahuciado.

3/01/2013

Caballos Salvajes


Caballos Salvajes
por Pedro Patzer*
 
Al leer biología comprendemos a la naturaleza como hacedora de metáforas: el gusano se convierte en mariposa, aunque esto lo haga vivir apenas horas. ¿pero cuándo estuvo más vivo, en los años que fue gusano o en las horas en que fue mariposa? Muy pocos sonidos de la naturaleza representan la sinfonía de la libertad como el cabalgar de un caballo salvaje. Tal vez su andar se parezca al río sin nombre que surge en la montaña y que emancipado de cualquier mapa va trazando su curso, saciando la sed de los resignados paisajes.
Un caballo salvaje es como la bandera de ningún país, bandera dibujada por un niño que imagina una patria nacida del idilio entre una estrella fugaz y la una pelota de trapo. El caballo salvaje es la reencarnación de aquella flecha que el indio lanzó al aire hace siglos y hoy sigue buscando su horizonte libre.
Cabalga sin Dios, cabalga sin nombre, cabalga como un viento siempre forastero, cabalga, cabalga, cabalga como cabalga el solitario horizonte hacia la noche de la llanura.
Tal vez el caballo salvaje sea el rayo de una tormenta secreta, relámpago de las tempestades de los desiertos que en su trote halla las ciudades perdidas y los cantos secretos de los caminos.
Quizás los caballos salvajes nazcan de las canciones que no creamos, de los caminos que no transitamos, del recuerdo inmodificable, de la campana sonando en el domingo de la niñez. Caballos salvajes que cabalgan como el vino en el corazón nocturno del zafrero, cabalgan como una infancia que se aleja del moribundo corazón del adulto, cabalgan como el carnaval en el recuerdo de un exiliado de febrero.
Tal vez los caballos salvajes estén hechos de los potreros vacíos, de los trenes que perdimos, de la agonía de los barcos pesqueros y de los barcos fantasmas y de los charcos que carecen de barcos de papel. Quizás los caballos salvajes estén hechos de los atardeceres proscriptos en la celda, de las payadas sin Santos Vega, tal vez estén hechos de los patios sin rayuelas y del mundo sin Cortázar, de la lluvia en los hospitales, y de los cotidianos Waterloo que padecen los napoleones del Borda; de las calesitas clausuradas (calesitas sin caballos salvajes, sólo caballitos de madera e intemperie); de la multitud sin su caudillo, del pan duro que sólo multiplica hombres sin milagros.
Caballos salvajes que cabalgan como el guanaco sideral en el cielo austral, cabalgan como hijos del malón, cabalgan como los espectros de Felipe Varela y Quiroga en la copla, cabalgan como milonga urgente en busca de una guitarra.
Muchos afirman que ya no hay más caballos salvajes, yo creo que los caballos salvajes persisten en esos lugares que muy pocos llegan y que algunos habitan leyendo, escribiendo un libro, pintando, educando, amando, haciendo una revolución o simplemente cerrando los ojos y despertando hacia los paisajes de adentro.
¿Acaso cuando del barro del silencio se halla una copla, o cuando alguien hace de la muerte de cada lunes (de la existencia) un prólogo del milagro, no alcanza ese recóndito lugar donde habitan los caballos salvajes?


Tejada Gómez, el beso y la revolución
por Pedro Patzer*
Tejada Gómez a los quince años padeció la muerte un hermano, en ese instante sintió la necesidad de componer una plegaria, y sin saberlo, tal vez la furia propia de la pluma, lo condujo a escribir su primer poema, es decir, su primera oración al Dios de los Quevedos, al Dios de los César Vallejos, Al Dios de los Rubén Daríos, AL DIOS de los poetas. Esa necesidad íntima de escribir dejaría de ser una plegaria privada para transformarse en una canción con todos. Porque la obra de Tejada coincide con eso que sostenía Homero Manzi: “antes que ser un hombre de letras prefiero hacer letras para los hombres
La Poesía de Armando Tejada Gómez es un camino hacia nosotros mismos, una obra espejo del pueblo, porque la palabra de Tejada es parte de ese pentagrama del futuro que se escribe cantando, es una humana ventana para mirar la vida, porque la Poesía de Armando arde en nuestro corazones, con ese fuego que purifica y renueva, porque este poeta de la legua reúne en sus versos al rufián y al ángel, al cantor y a la ramera, y a todo aquella riqueza espiritual que expresa la hondura argentina.
Líder del nuevo cancionero, Tejada se propone hacer poesía con la conciencia popular, integrando las diversas voces de la Argentina en un gran canto, así, copleras del viento y hombres de río, chayas que saben a vinos de pobres, cuecas de tomeros, hombres de ají, canciones para forasteros y para niños en la calle.
Sin embargo, lo que más me interesa de la obra de Armando es su relación cercana con el canto, y esto me incumbe porque cuando la palabra es cantada por el pueblo, la palabra deja de ser palabra y se transforma en plaza, pan, pájaro, beso, recuerdo, bicicleta,  revolución.