DEDICADO

En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

3/07/2007

LOS VAMPIROS DE LA BELLEZA


Los Vampiros de la Belleza


Mesas de madera de las que uno sospecha que han sido construidas con los materiales de la cruz de algunos de los Cristos que vienen a resucitar al tercer día de la ginebra, o que estas mesas fueron hechas con lo que quedó de aquellas naves que naufragaron antes de zarpar (como las empresas de nuestra imaginación) que siempre se perfuman de tragedia...
Mesas de los cafés de Buenos Aires donde los jugadores mueven las piezas de un ajedrez sin reinas ni reyes, sin torres, ni alfiles, ni caballos, sólo con peones que al final del día revisan sus corazones, por temor a haber perdido el alma en algunos de los movimientos en los que la olvidan.
Los parroquianos son camaradas del azul, socios de la misma sed, vitalicios en el club de los rufianes melancólicos que le rezan cada noche a la Virgen los alientos manchados por la luna, estos hombres que en cada beso sienten la abstinencia de Mar y en cada mujer recuerdan que el infinito comienza en la palabra...
¡Ay!, Cuántas estrellas han sido revueltas en esa taza de café, ¡Oh!, los cometas que se han travestido por usar esa falda, que esa morocha movía en cada uno de los sueños que quedaron en las almohadas de los parroquianos
¡Ya sé!, La luz del día no es conveniente para estos vampiros de la belleza, los bandoneones respiran en la noche, el día le pone zapatos a tantos peregrinos descalzos, a tantos bohemios jubilados de perdón, exiliado de los amarillos versos de la realidad que empañan a los cuerpos que continúan desnudos en el silencio del duermevela.
En los bares hay atrios de cenizas, donde los mendigos de luz esperan a que esta vez los milagros del vino los regresen al ADN del paraíso, aquel sitio donde corregimos el mundo entre nicotina y versos azules, donde esperamos que la vida nos diga que no ha muerto, que sólo se ha tomado una historia de descanso, pero que retornará en el pubis de aquella mujer donde el alba porteña se enciende.

PEDRO PATZER

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