8/13/2014

EN EL ABRAZO DE ESTELA Y GUIDO


En el abrazo de Estela y Guido
por Pedro Patzer


En el abrazo de Estela y Guido, la amistad de Cruz y Fierro, Kosteki y Santillán cruzan el puente, Mafalda y el globo terráqueo dialogan porvenir
En el abrazo de Estela y Guido, Juanito Laguna sale de la pobreza, Dorrego no es fusilado, Borges y Perón se permiten un café
En el abrazo de Estela y Guido, los trenes regresan a los pueblos, los trovadores alcanzan la canción secreta de su pueblo, el clavel en el piano de Pugliese se transforma en jardines de música
En el abrazo de Estela y Guido, Yupanqui y Spinetta ensayan los otros himnos argentinos, los ríos y los pueblos vuelven a tener sus nombres aborígenes
En el abrazo de Estela y Guido, los “templos” de Lavalle vuelven a ser cines, y el amarillo de los libros usados de la Calle Corrientes, se hacen soles de los nuevos días
En el abrazo de Estela y Guido, la vidala se conoce, en Buenos Aires, tanto como el blues, y a los peatones le crecen alas en la 9 de Julio
En el abrazo de Estela y Guido, los canallas se quedan sin abogados, sin monumentos y sin publicistas, y la avenida Rivadavia se llama Jauretche y las parroquias se llenan de padres Mugicas y obispos Novaks y Angellelis
En el abrazo de Estela y Guido, la Pachamama adopta a los hijos de los barcos, y la curanderas dan clases en la facultad de medicina, y Dios es amigo del Zupay de la salamancas
En el abrazo de Estela y Guido, antes de “pensar en inglés”, aprendemos a pensar  en quichua, guaraní, mapuche y todo idioma originario
En el abrazo de Estela y Guido, el himno argentino recupera sus originales versos: “Se conmueven del Inca las tumbas /Y en sus huesos revive el ardor, /Lo que ve renovando a sus hijos /De la Patria el antiguo esplendor”
En el abrazo de Estela y Guido, Evita no es Madonna, es una chica de Munro, Catamarca o mejor dicho, Evita vuelva a ser una piba de Los Toldos y  el Che deja de ser un bailarín de Broadway, o una moda en una remera, y vuelva a ser un soñador rosarino, o un pibe que milita en un comedor comunitario, o un soldado de la unión latinoamericana
En el abrazo de Estela y Guido, hay menos shoppings y más sociedades de fomento, no se habla del dólar blue, sino del dolor negro, el dolor de una negra historia, de muertos , oprimidos y almas colonizadas
En el abrazo de Estela y Guido, los chicos de Malvinas y los pibes de Cromagnon hacen una ronda de conciencia, que se convierte en el gran viento de país, viento que nos ayuda a recordar
En el abrazo de Estela y Guido, San Martín deja de ser ese santurrón que compuso Mitre, y pasa a ser ese hombre que fue, ese espíritu libre, con vocación latinoamericanista, con amor por los de abajo
En el abrazo de Estela y Guido, Chacho Peñaloza y Felipe Varela regresan a los manuales de historia y se hacen remedios para las enfermedades campesinas aunque no den ganancias a los megalaboratorios
En el abrazo de Estela y Guido, el azúcar ya no tiene la amargura del zafrero condenado a la pobreza, y Mariano Moreno no se hunde en la mar, y el teatro abierto se salva del incendio
En el abrazo de Estela y Guido, no nos trae la cigüeña de París, nos trae el cóndor de los andes, el crespín de Santiago, la diuca de la Pampa
Porque en el abrazo de Estela y Guido, un país se redime de amor, una Argentina se hace más humana, un pueblo comienza a parecerse a su propio sueño

8/12/2014

Las pequeñas patrias de la Argentina


Las pequeñas patrias de la Argentina
por Pedro Patzer*
 
El país de los de tierra adentro, que como decía María Elena Walsh, son los de cielo afuera: “Cuando una es de tierra adentro/ también es de cielo afuera. Si viene pa’ Buenos Aires un calabozo la espera y pregunta dónde está el cielo de la ciudá"
El país de las casas de adobe, donde pervive el aire del Tawantinsuyo, y el país de los conventillos y sus patios de sainete.
El país de los galopes lejanos y el país del motor de la chata que enciende el amanecer del pueblo.
El país de la vidalita, en la que la pequeña vida se canta y el país del ombú, en el que el trovero enumera milongas perdidas.
El país de las manos de las tejedoras, en el que se recupera el ancestral color del continente, y el país de las manos del zafrero pelando la caña, patria en la que una sagrada zamba vence al acecho del diabólico familiar.
El país del molino viejo, donde el tiempo parece ser hijo de la lerda brisa campera, y el país del viento de agosto, en el que la polvareda levanta su imperio en el cielo de Río Cuarto.
El país de los galpones en el que archivan graves voces encendiendo nocturnas leyendas y el país del caldén donde  la soledad de la llanura se hace madera.
El país de la coca, patria de los apunados y el país del payé, patria de los supersticiosos
El país de los inmigrantes, que fundaron la cultura de la nostalgia, y el país de los exiliados, que forjaron la cultura de la esperanza
El país del sapucay, ese alarido de resistencia de una cultura, y el país del silencio de los Onas, que han desaparecido y con ellos su lengua
El país del hachero talando desesperadamente el mundo de sus hijos y, el país del sojero que se enriquece empobreciendo la tierra
El país de los pescadores, entre parábolas de apóstoles e himnos de ahogados y el país de los niños de la sequía que coleccionan huesos y bailan su desesperación en el misachico
El país del piano de Marta Argerich y el país del retumbar del kultrún de la machi mapuche en pleno machitún
El país de la vendimia: “La vendimia de la cueca yo la aprendí cosechando, la vida es como un racimo se goza gajo por gajo” (Armando Tejada Gómez) y el país del río robado, la patria del río Atuel - Salado, el país de la ausencia del río que ha fundado soledades en el oeste pampeano aunque también ha edificado la lírica del cancionero de los ríos: “hay un río que algunos creen perdido, sin embargo es el río que nos ha encontrado”
El país de los “civilizados” que le cortaban las cabezas a los “bárbaros” y el país de los “caudillos salvajes” que murieron en la pobreza luchando por la unión latinoamericana: “Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución jurada, del orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás repúblicas americanas” (Proclama de Felipe Varela)
El país de la taba y el de las calesitas, el país de los perros de terminal y el de los gallos de paraje, el país de la matera de campo y el país de los cafetines de Discépolo
El país  del otoño porteño en la poesía de Juan Gelman (“Debí decir te amo./Pero estaba el otoño haciendo señas,/clavándome sus puertas en el alma”) y el país del invierno en el salitral en los versos de Edgar Morisoli: “Cuando el pampero sopla/ sobre la soledad hialina del inmenso/ Salitral del Potrol, toda la música/ es suya”
El país del circo criollo de los Hermanos Podestá y el país del cine de Raymundo Gleyzer
El país de los trenes, y sus milagros puebleros, y el país de los camioneros y las inscripciones en sus camiones: “El amor es una cosa esplendorosa...¡hasta que te sorprende tu esposa!”
El país del cardón y sus solitarias bagualas andinas y el país del abrazo de Estela de Carlotto y su nieto, abrazo puente, abrazo memoria, abrazo porvenir.
 

7/24/2014

Entre Dios y Ñamandú, Corrientes

Entre Dios y Ñamandú, Corrientes
por Pedro Patzer



Entre Dios (el dios que vino en barco) y Ñamandú (Dios principal de la mitología guaraní)
Entre la devoción sagrada  a Nuestra Señora de Itatí y los milagros paganos del Gauchito Gil (el embajador espiritual de Corrientes en todo el país)
Entre el cielo de los jesuitas y la tierra sin mal de la cultura guaranítica (aunque se supone que la tierra sin mal era inaccesible a los vivos algunos conseguían alcanzarla sin pasar por el misterio de la muerte)
Entre la cruz y el payé (este amuleto para que surta efecto debe ser fabricado con diversos materiales: cuernos de toro, tallos de yerba mate, huesos de muertos, y en horas y días especiales como viernes santo)
Entre las naves del conquistador y las barcas del jangadero (el jangadero era la persona que se encargaba en el río Paraná, de guiar troncos hasta el aserradero)
Entre el idioma español y la lengua guaraní :“el guaraní es un idioma con un contenido poético increíble. Cabeza en castellano no tiene nada de poesía, pero en guaraní significa: el hueso que contiene el alma”. (Pocho Roch)
Entre aquel dicho: “Si Argentina entra en guerra, Corrientes la va a ayudar”  y el ser la cuna del padre de la patria: “Duerme niño José/ ese día llegará/ Niño de Yapeyú/ sueña con la Libertad”
Entre el Paraná, río pariente del mar, río donde los franciscanos se consagraron a la pobreza,  y el Uruguay, río de los pájaros, donde los jesuitas se entregaron a las misiones
Entre el que se queda y su cultura de la adversidad y el desarraigo del que se va, y su cultura de la nostalgia, o ese llevar a Corrientes consigo. Llevar a Corrientes en sus manos que destina a la plantaciones de algodón de Chaco o a la zafra tucumana o a los andamios de Buenos Aires: “ Y yo, chamigo, extraño los “buen día” de mi pueblo,/ el “¿Cómo amaneció?,¿Cómo le va?”, el “¡A buen tiempo!” y el “¡Está en su casa!”, el “¡Hasta luego!” y el “¡No faltaba más!”...” (Provinciano desterrado. Julián Zini)
Entre la acordeona traída por el inmigrante y el chamamé del guaraní. Pocho Roch sostiene: “Es el chamamé, un rezo danza para los días de lluvia. Chamamé significa `estar en la lluvia con el alma mía´. Para el guaraní la palabra era el alma. Y era un canto rezo para los días de lluvia. La lluvia era el bien más preciado que Dios le regalaba para equilibrarles el alma y la mente, además de ser utilitaria para sus cosechas. Las reuniones entre los más sabios de la tribu se hacían los días de lluvia y se llamaban Amandayé, que quiere decir amar la lluvia y lo que dice la lluvia”
Entre el acecho a medianoche del Lobizón y las travesuras  del  Pombero en la siesta campesina (las leyendas son ingredientes fundamentales de la cultura litoraleña. Tal vez la más importante literatura de la región)
Entre el  payesero y el padre Julián Zini que ecuménicamente abraza la fe católica y la pagana: “Honda expresión correntina de nuestra fe popular/ en la cruz de Antonio Gil el pueblo viene a rezar/ y a su modo, clama al cielo por la justicia social/ y por ese catecismo que no le supimos dar”
Entre la luna como una vieja toldería india y el sol morada de Tupá, dios de la lluvia, de la luz, del universo.
Entre los valientes gurises que dieron su vida en Malvinas y el mítico Andresito Guacurarí, montonero guaraní, héroe de los de abajo: “Para la historia oficial /fuiste siempre un bandolero,/ General improvisado/ de un ejército harapiento;/ profanador de costumbres,/ de apellidos y abolengos;/ usurpador de la tierra,/ vengador de tus abuelos…/ Para nosotros, en cambio,/ tu nombre seguirá siendo/ la sagrada rebeldía/ de una dignidad sin precio,/ que se aguanta la pobreza/ y sobrevive al saqueo…” Andresito de Julián Zini)
Entre el gaucho Isidro Velázquez y sus correrías legendarias y José, el personaje de la canción de Teresa Parodi que nos ayuda a tomar conciencia de la catástrofe de la inundación. También mencionaremos la tragedia del desafortunado Cantalicio (personaje de Mario Boffil)  que tuvo que vender su acordeón o de Carito (personaje de Antonio Tarragó Ros) que desde un banco de plaza de Buenos Aires extraña el fervor de su pueblo

Entre todos estos mundos, dioses, mitos, leyendas, chamamés, artistas, hombres, mujeres, sueños, próceres, bandoleros sagrados, vírgenes, ríos, idiomas, hubo de levantarse una identidad tan poderosa, que con sólo una palabra se define: Corrientes

Las curanderas, genuinas personalidades de nuestra cultura


Las curanderas, genuinas personalidades de nuestra cultura
por Pedro Patzer*


 
Los que hacen de la cultura un lugar para pocos, esos carceleros de museos y academias, esos profetas de la pulcra tragedia, esos que hacen turismo por la herida y la sonrisa del pueblo, olvidan que la cultura también cura empachos, rompe maleficios, hace payés, porque aunque no salgan en las tapas de los suplementos culturales ni les otorguen el konex por su labor, las curanderas son protagonistas de la cultura popular ¿Qué hubiera sido de la formación de Favaloro sin la sabiduría de las curanderas? ¿Qué de San Juan sin la presencia de la sanadora Doña Felipa? ¡Sí! ¡La cuna del civilizador Sarmiento, tuvo como máximo referente cultural a una curandera! ¿Qué hubiera sido de tantos campesinos y puebleros, que ante la ausencia de médicos, recurrieron a las milagrosas remedieras, esas curanderas que además del cuerpo, sanan el alma.
De tantos cuentos de lugares lejanos (que tanto excitan a los referentes de la alta cultura) hemos tenido noticias de sus hechiceras, sin embargo en todos esos pequeños países que conforman este gran país tenemos a nuestras magas, las llamamos curanderas y con yuyos, masajes, oraciones y agua, efectúan curas por los diversos rincones de nuestras comarcas. Para comenzar hablar de las curanderas debemos antes mencionar a las machis. La machi, hechicera araucana, especie de puente entre el misterio y el mundo, entre lo sobrenatural y lo humano, entre la rígida medicina occidental y la sabiduría ancestral, algo así como un sol rebelde y salvaje que surge en la noche de lo establecido, como un idioma remoto que regresa para alcanzarnos una nueva manera de decir la vida: “Cume lahuen mangelan/ Quintuam mahuida meu/ Mellico lahuen” La machi cura el alma, por eso mismo, sana al cuerpo: “hoy te sacaré/ tu demonio, que te tiraron./ Vengo porque dije: Voy y al volver traigo su demonio,/ Que te tiraron/ y que te había dejado en ese estado” La machi lucha contra los espíritus maléficos, sana a través de la milenaria ceremonia llamada “Machitún” ,en la que entra en trance y diagnostica la causa del mal, y también indica su remedio correspondiente: “Te daré un buen remedio/ pues de otro modo no serìa buena machi; / buscaré en la montaña/ sólo lo hierba mellico” La música es fundamental para la tarea de la machi, ya que a través del kultrún y su retumbar cósmico ahuyenta el mal espíritu causante de la enfermedad. Se cree que la machi adquiere su don en el sueño, y si bien es sanadora, fundamentalmente es la consejera moral del pueblo: indica por dónde caminar la vida y por dónde descaminarla.
La curandera es heredera cultural de la machi, aunque su don no lo adquiere en el sueño, sino que abreva en la tradición, como cuando su abuela le enseñó ,de niña, a curar el empacho o mejor dicho, a tirar del cuerito. O cuando su madre le inculcó cómo quitar el mal de ojos, recitando la siguiente oración: “Con un ojo te han mirado /con dos ojos te han ojeado/ con tres ojos te han curado” y su tía, le explicó la manera de vencer la culebrilla. Y todas lo hicieron dejando bien en claro que el yuyo es la gran varita mágica.
La curandera es uno de los más importantes paisajes espirituales de la cultura popular, varios poetas se han encargado de pintarla en sus versos. El poeta uruguayo Fernán Silva Valdés escribió: “La curandera recita/ con los labios apretados, / un credo dicho al revés/ para que no lo oiga el diablo” El genial León Benarós hizo la biografía poética de Petronila Tejada, curandera de Azul: “Aunque no es ponderación/ ni alabarla me propongo,/ diz que curaba las fiebres;/ qué digo, hasta el chavalongo./ Y con especial virtud/ y del modo más sencillo,/ aliviaba los ardores/ que vienen del tabardillo...Con unto de tamarindo/ iba atajando ese mal,/ y bien que lo reducía,/si no era caso fatal...Una vez, me acuerdo, curó de un daño/a un paisano del Tuyú/ pasándole por la cara/ una pluma de ñandú...Así disponía, en el caso,/ la Petronila Tejada,/ curandera y comadrona,/ mujer experimentada” El autor de Adán Buenos Ayres, Leopoldo Marechal, escribió un epitafio poético para Restituta, la curandera: “Curandera por arte, vocación y malicia, la vieja Restituta/ duerme aquí (si es que duerme). /Carpía tierras en el camposanto/ y arrancaba cebollas/ de maligno semblante./ Con un sapo clavado en una higuera/ curó todos los males/ asombrosos del sur. /En su olla tiznada/ cocinó mil destinos: ataba y desataba los caballos del odio;/ sabía el arte oscuro de apagar y encender/ ese ardor forastero/ que decimos Amor” El poeta de la meseta patagónica, Elías Chucair, recupera en su obra, a doña Milagros, curandera patagónica: “Por su nombre y apellido/ seguro que ni se acuerdan.../ pero decir Doña Milagros ,/ es nombrar la curandera/ más mentada que existió/ por pagos de esta meseta...su fama fue más allá de nuestras propias fronteras” Y por supuesto, nuestro poema nacional, Martín Fierro, también la tiene presente: “Cuando el viejo cayó enfermo/ Viendo yo que se empeoraba/ Y que esperanza no daba/ De mejorarse siquiera,/Le traje una culandera/ A ver si lo mejoraba”
Algún día nombraremos patrimonio cultural a las manos de la curandera, algún día bautizaremos un viento como “plegaria de curandera”, algún día comprenderemos que mucho antes de que llegara Greenpeace para indicarnos cómo debemos cuidar el planeta, estaban las primeras ecologistas, las machis; algún día reconoceremos que la Pachamama tiene hijas dispersas por nuestros campos y comarcas, las llamamos gualicheras, remedieras, curanderas. Ellas nos recuerdan que donde acaba la ciencia, comienza la sabiduría de la naturaleza.

De Calesitas, Calesiteros y la vuelta a la inocencia

De Calesitas, Calesiteros y la vuelta a la inocencia
por Pedro Patzer*



 
¿Cuántas vueltas a la inocencia, cuántos kilómetros de cabalgar la niñez en un caballo de madera, cuántos aviones que sólo despegan en la fantasía de los pibes? ¿Cuántos autitos que recorren los caminos de la ilusión? ¿Cuántos barquitos surcando las tempestades de las tardes de ternura, cuántas luces en la kermés de la alegría? ¿Cuántas jirafas, patos y elefantes que sólo son acechados por los cazadores de nostalgias? ¿Cuántos mundos giran al compás de la calesita que va en sentido opuesto al reloj, como si fuera una metáfora de un tiempo distinto que se alcanza cada vez que se sube a su universo de colores y música? “Trajín, ciudad y tarde buenos aires./ Aire de plaza, ruido de tranvía./ (Galopando una música de tango/ gira el caballo de la calesita.)” (Juan Gelman)
Muchos calesiteros se ganaron la vida (y la eternidad, que no es otra cosa que mantener el asombro de un niño en el corazón adulto) con tan singular oficio, y se hicieron protagonistas de la infancia de tantos. Como don Luis de Villa Luro, que en el patio de su casa, en 1965 hubo de instalar una calesita que había heredado de su padre, calesita que primero era movida por un caballo que se entusiasmaba cada vez que escuchaba la tradicional música de organillo, y que luego fuera reemplazado por un motor a nafta: "Las calesitas continúan heroicas, alegrando a la muchachería de los barrios. Casi todas han cambiado; dejaron el caballo vendado, manejado a estacazos y colocaron un motorcito que pone trémulos a los monigotes del carrousel” (Bernardo González Arrili. Buenos Aires 1900) Hasta sus 93 años, cuando murió, don Luis custodió y promovió el idilio entre la niñez y la calesita. En su homenaje se conmemora, en la fecha de su nacimiento, el 4 de noviembre, el día nacional del calesitero. Del mismo modo calesiteros como Robertito de Lanús, que coloreara la infancia de tres generaciones; Carlitos, el calesitero de Carlos Casares que dejara su calesita como patrimonio espiritual del piberío del oeste; Tito, el calesitero de Devoto, que sostiene: “La sortija es la primera victoria del ser humano, después de nacer” y que Carlos Pometi, calesitero de Nueva Pompeya, completa la idea: “...los grandes deberíamos tener una sortija, una sortija que nos encienda la ilusión como a los niños”
Don Antonio, el calesitero de plaza Almagro que desde 1958 consagra su vida a la imaginería de este juego; Tatín, el calesitero de Parque Chacabuco, parte de un linaje de una familia de calesiteros; Tino, el calesitero de La Plata que inventara la vuelta solidaria, en su calesita viajan gratis los hijos de cartoneros y chicos que van a comedores comunitarios, Tino afirma: “Si tuviera que empezar de nuevo montaría una calesita en un trailer y me iría a recorrer el país para que no queden chicos sin disfrutar de este maravilloso juego”
Los calesiteros son como los lustrabotas que adornan las calles con sus cajones de pandora, o los que venden garrapiñadas y perfuman las esquinas, o los acomodadores de los viejos cines, que son ellos mismos, películas fantásticas; o el almacenero que resiste y sigue dando yapa, y el mozo de profesión que recuerda que consume cada cliente, porque los calesiteros son agentes de la parte más noble de la vida: "El abuelito Bochinche cuando era calesitero, paseaba en su calesita los niños del mundo entero..."
Las calesitas son escuelas de fantasía, nos invitan a dar, desde la plaza del barrio, vueltas por mil mundos; en ellas los aviones de guerra se transforman en aviones de paz, y los caballos salvajes se dejan domar por la inocencia del que busca la sortija de la vida. Hermandad y colores, en la calesita el mundo no tiene dueños, porque en la calesita el mundo es de todos. Será por eso que las calesitas nos esperan, con su alegría secreta, custodiando los tesoros que no se venden ni se compran, nos reservan un lugarcito puro, donde es posible viajar sin que nadie luche por llegar primero, porque sus pasajeros quieren regresar juntos al país de la inocencia.
Mientras los locales gringos de comida rápida y café lento, afloran, las calesitas siguen girando contra reloj, nos recuerdan que hay otro tiempo posible en nuestros corazones, nos recuerdan que hay un niño con ganas de jugar, dentro de nosotros.

6/24/2014

Dorrego y el sol de aquella noche de Navarro


Dorrego y el sol de aquella noche de Navarro
por Pedro Patzer

Todas las cosas que se intentaron matar aquel 13 de diciembre de 1828, en la bonaerense Navarro, cuando un pelotón de fusilamiento, bajo la orden de Lavalle, le disparó a Manuel Dorrego. Aquel estallido, pequeño trueno de la muerte de un hombre, fue el anuncio de una gran tempestad, porque fusilaron a un hombre pero parieron a uno de los vientos más poderosos, donde las banderas de los libres de este país y este continente han de abrevar: la tempestad Dorrego, bravo viento que habita en los corazones que padecen la profunda añoranza de la Patria Grande que podríamos haber sido.
¿Qué habrá pensado Manuel Dorrego en ese instante en que las manos de los fusileros preparaban sus armas, habrá imaginado que esos hombres que integraban el pelotón, en ese momento podrían estar rasgando guitarras, talando árboles dañados, encendiendo las flores de varias mujeres, sin embargo, esas manos, en esos minutos, se consagraban al fatal ejercicio de apresurar el final de su película, años antes de que se inventara la cinematografía? Ningún historiador podría asegurar si en esa hora, en la que Dorrego se resignaba a morir, cantó algún hornero, o las nubes alcanzaron una forma parecida a un barco, o mucho menos si olía a pasto o animal en celo. Como tampoco nadie podría rastrear cuál fue el último pensamiento del fusilado: ¿reflexionó sobre la causa federal o recordó a su mujer y sus dos hijas, pensó en el misterio de la muerte o tal vez que nació en una época donde morir era una manera de rubricar un camino de vida? ¿Habrá caído en cuenta de que moriría en primavera, y que de alguna manera eso era un triunfo para un romántico, quizás se detuvo en la idea de que cuando es primavera en América es invierno en Europa; o tal vez sólo extrañó los jazmines que en el diciembre de los patios porteños lo regresaban a la infancia donde la muerte era un juego que se remediaba con el inicio del próximo juego? Por ahí, Manuel Dorrego pensara que la muerte vendría con el solemne sonido de ciertas campanas o quizás que ese final amargo sería bañado por el almíbar de los manuales escolares de historia y sus maestros satélites: “¿Qué tendrá que ver mi muerte con ese maestro que más de un siglo después, dará una clase acerca de mi fusilamiento, como si hablara de los colores primarios?” ¿Habrá sospechado Manuel Dorrego que muchos años después de estar ultimado frente a sus verdugos, un colombiano, un tal Gabriel García Márquez, comenzaría una novela describiendo a un hombre frente a un pelotón de fusilamiento? ¿Quién podría afirmar o refutar que Dorrego, bajo el sol de esa noche de Navarro, sintió una profunda congoja por haber llegado antes de que Gardel cantara, de que Yrigoyen y Perón gobernaran, de que Maradona y Messi hicieran hechizos, de que Favio filmara, de que Martín Fierro protagonizara su poema desesperado, de que Jauretche interpretara las zonceras de nuestra cultura y de que el tren arribara (y con él, el folklore ferroviario) por primera vez a alguna estación de pueblo de provincia?
Nadie podría sostener que en sus últimos segundos de vida, Manuel Dorrego experimentara compasión por Lavalle, ya que su verdugo ignoraba que la sangre del que iba a fusilar, se convertiría en un río salvaje, un río donde la hermandad de su sed acudiría a encontrar el alivio necesario. Ese río que fundara la sangre de Dorrego, ha sido la pintura con que Berni retratara a Juanito Laguna, ha sido el aerosol con el que en tantos muros se escribiera lo que en los diarios se callaba.
¿Habrá soñado Manuel Dorrego, en ese fatal instante, con que los de abajo, sus jornaleros, sus orilleros, le crearían un cielito: “Cielito, cielo que sí cielito, cielo nublado. Murió el coronel del Pueblo. En los pagos de Navarro..." o que en el mismo lugar donde caería muerto los paisanos le levantarían una cruz de ñandubay. Cruz ante la que Juan Moreira rezara una plegaria bandolera, en su clandestino paso por Navarro
Los sepias retratos de Dorrego parecieran estar hechos con el sol de aquella fatídica noche de Navarro, como si ese sol ofreciera su triste color a cada pintor que recuperara el rostro del fusilado. El sol de los retratos de Manuel Dorrego pareciera iluminar ese lugar donde la cabeza del Chacho Peñaloza, los cuerpos de los desaparecidos, incluyendo el del primer desaparecido Mariano Moreno, las anatomías de Fuentealba y la de los pibes de Malvinas, se reúnen en un mismo cuerpo de la Historia, cuerpo de país, anatomía de resistencia.

Pongámonos bajo el sol de aquella noche de Navarro, y hagamos que se transforme en el sol mártir de los grandes días de nuestra historia, el sol que nos recordará que Manuel Dorrego no es la república perdida, sino que Dorrego es la república que podemos ser: el país del amanecer. 

6/17/2014

LA SUDESTADA



La Sudestada
por Pedro Patzer*
 
Las sirenas empetroladas encantan al Ulises del conurbano que se ata al mástil de la escuela donde los evacuados responden las preguntas de la sudestada. La sudestada indaga a los que hacen nidos provincianos en los andamios del gran Buenos Aires, a los que se cuelan en el tren Roca, a los de la liturgia del neumático encendido, a los de la misa del temporal, y también a los que se aman en la adversidad de tan cuestionador viento, se aman entre crímenes y milagros urbanos, entre el desierto colmado de casas bajas y venecias equivocadas, donde la comida no perecedera y los botes descoloridos son las musas del pincel del diario popular.
Las plegarias de los nadies se reúnen en un mismo viento: la sudestada. La misma sudestada que toca el piano desafinado de los grises días, la sudestada que juega con los Quijotes sin molinos de viento y que hace goles solitarios en baldíos sin pibes campeones, la sudestada que construye catedrales de pobrerío, que impregna su perfume de mundo moribundo y cuestiona a los que viven en las trincheras de oro, porque la sudestada es el más elegante de los maleducados vientos, autodidacta de intemperie y de campanas sin templos, y de calesitas de plazas sin nombre, viento que no mece el trigo ni el maíz, viento que inaugura la temporada de crónicos silencios, de cumbias alegremente tristes, de bingos que humillan a la suerte; la sudestada inicia la trama del oleaje de arrabal, oleaje desconocido en Hawái, oleaje clandestino del mundo que juega en las riberas de Quilmes, Ensenada, Berisso, Avellaneda, oleaje de río que colecciona barquitos de la sudestada que jamás se entregarán a la botella, o los prolijos amarraderos de la prefectura, las lanchas de la sudestada anclan en árboles pintados con cal, en monumentos de héroes condenados a la piedra, sus piraguas trafican soles guaraníes, soles que tienen amaneceres pendientes (los amaneceres que liberarán a este continente de su larga noche)
La sudestada lleva, por los países de la infancia de los inundados, los cuentos de los viejos pescadores de río, cuentos de las mil y una noches del delta. La sudestada que cartonea camalotes (con memoria de selva), la sudestada que es el embrujo del idilio del aire y el río
¿Hacia dónde se lleva lo que se lleva la sudestada? ¿en qué galpón de viento guardará los botes quebrados, los árboles vencidos, las redes de arcos solitarios y el corazón de los isleños como su única ancla ante la prepotencia de la inundación?
La Sudestada recupera antiguos alaridos y los reparte , recupera los tesoros del galeón hundido y los escombros del zapato que tantas veces ilusionara al pescador, la sudestada es la hija del río de la Plata, es su milonga rea, su tango rabioso, su lunfardo de invierno, la amante fatal del orillero.
Hay quien cree que la sudestada es el fantasma del Río de la Plata, el alma de los barcos espectrales que regresan en forma de viento, sin embargo la sudestada es una misteriosa flor silvestre que crece en el aire, una flor desesperada que azota los muelles, una flor que protesta contra la ribera de las ciudades marchitas

Entrevista a Pedro Patzer en Radar Libros de Página 12

  https://www.pagina12.com.ar/857478-tierra-de-rios-de-pedro-patzer-cronica-y-poetica