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Este blog está dedicado a mi musa Mercedes

8/28/2014

El país de Domingo Zerpa, el país de la puna


El país de Domingo Zerpa, el país de la puna 

por Pedro Patzer*
 
Los datos cronológicos indican que Domingo Zerpa nació cuando el siglo XX apenas tenía nueve años, en un diciembre de la puna. Se aclara esto ya que el diciembre puneño es parecido al pesebre donde naciera el hijo de un Dios, aunque en el diciembre del Jujuy profundo nacen hijitos de la Pachamama, entre vicuñas y mulas, sin reyes magos, pero rodeados de kollas que obsequian los viejos tesoros de inti y villancicos criollos que no son otras cosas que canciones de los llameros: “...soy llamerito puneño soy soldadito jujeño/ manso como agua e´laguna/ pero a veces soy un puma/ llamerito…”
Atahualpa Yupanqui definió a Domingo Zerpa claramente:  “Zerpa no buscaba la raíz. El traía consigo la raíz", y tal vez esto se deba a que un poeta nacido en uno de los santuarios de la puna, como Runtuyoc,  no tiene otro destino más que ser un sagrado lírico consagrado a los ritos paganos de su hermanos: “¡Juira juira! De repente, sobre el abra, se arrodilla el caminante ante un mojón, balbuceando quedamente estas palabras, esta súplica bañada en emoción: - ¡Pachamama, santa tierra, Pachamama/ de la Puna: io te juro ser tu esclavo, / si es que suben mis burritos y mis llamas, / sin cansarse ni gotita, el cerro bravo!”
Domingo Zerpa, hijo del inabarcable cielo de la puna, hijo de la copla criolla, hijo de toda la poesía que se aprende del silencio una pastora y de un labrador: “Mi madre es una pastora, mi padre es un labrador; él de su vida hace un grano, ella de su alma un vellón” El lírico jujeño construyó una obra poética con la tonada y el color de su gente, olvidándose de las convenciones y modas literarias, entregándose al misterioso sino del habitante de Abra Pampa: “Romance del Río Chico, / romance del Río Grande,/ el uno de pura nieve,/ el otro de pura sangre,/ y entre la sangre y la nieve,/ San Salvador de Jujuy,/ que Dios la proteja y guarde” Los versos de amor de Zerpa, no piden permiso a la gendarmería literaria, y aman como se ama en el altiplano: “Te ofrezco mi choza/ guaillada con iros,/ pircada con champas;/ te doy, como a nadie,/ los blancos corderos/ del corral de mi alma” La respiración de la poesía de Domingo Zerpa jamás se apuna, ella masca cosa, tiene el rumor del misachico y el silencio de las salinas, el oleaje de los pensamientos del que cuida su majada, el canto desesperadamente lento del arriero: “...Amados hermanos, repiten los cerros, como conmovidos por nuestras plegarias, hasta las estrellas tiemblan más medrosas y la luna llena se pone más blanca...” La poesía de don Domingo alcanza la cima de su raza (sin apunarse): “...la Puna tristona,/ desnuda, lejana,/ que esta en las alturas/ como nuestra Virgen/ de la Candelaria…”

La dictadura, en 1976, censura “ Los Arriendos” poema que Domingo Zerpa intentara grabar en un disco, obra que denuncia la pobreza y el desdén que padecen estos trabajadores de la puna: “Hace varios años,/ señor tata cura,/ que vengo escuchando tu sermón de Pascua;/ cada año la misma procesión doliente,/ y la misma queja que se va del alma./ Cada año la tierra desnuda y sedienta/ nos quita el granero, /nos priva del agua;/y en la altiplanicie pastores/ y arrieros bebemos las gotas piadosas de tu habla...Hace varios años,/señor tata cura,/que vengo escuchando tu sermón de Pascua;/ Mas hoy, ya no puedo/quedarme en silencio,/ que adentro me dicen /que grita con ganas
y adentro yo tengo,/ señor tata cura,/mis padres ancianos,/ mi esposa,/ mis guaguas”


La obra de Domingo Zerpa nace de la necesidad, sus poemas no se leen, sus poemas se oran: “Versos, versitos del alma mía/ para rezarlos todito el día./ Versos, versitos de la Quebrada/ aunque son de oro no valen nada/ Versos tristecitos como un "dios te salve"
que los hice anoche por no estar de balde”
Una de las formas de emancipación cultural, un guiño de independencia pedadógica es transitar los caminos de la poesía de Domingo Zerpa, que no nos invita a hacer turismo en la puna, sino que nos ofrece un espejo ancestral donde reconocernos.

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