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En memoria de Santiago Maldonado. Pedimos justicia.

8/25/2014

Kerruf Mapú, el país del viento



Kerruf Mapú, el país del viento
Por Pedro Patzer

El viento suele ser el biógrafo de los pueblos, aunque el poeta del pueblo suele escribir las memorias de los vientos. El viento de la Pampa desnuda sus libros ancestrales en la lírica voz de Edgar Morisoli: “En el imaginario de la América Austral, el viento es un gran pájaro insomne. El hombre y la mujer de las planicies centrales lo saben desde siempre, desde la maravilla o el terror iniciales, desde la temblorosa raíz de la inocencia”

Todos los ríos y todos los desiertos que habitan en el viento, los oriundos de las soledades pampeanas y sus forasteros; los que interpretaron lo que prefiere callar el caldén y los que aún esperan hallar la antigua canción del salitral. Todo, todo cabe en Kerruf Mapú, el país del viento, el poema de Morisoli: “Los confidentes del pampero custodian los signos de prodigio y misterio, conocen gestos o conjuros para propiciar al bronco señor de las vastedades esteparias. A veces lo seducen con un preludio de guitarra, con una canción, con un humo color olvido alzándose sobre las mahuidas o los médanos”

Hubo un tiempo en que el viento fue el gran enemigo del habitante de la Pampa, el que indagaba en sus abismos, el que averiguaba sus desasosiegos, el que desarrollaba su intemperie, el que lo empujara al éxodo: “Los pueblos huyeron en una diáspora alucinada. Hacia las remotas ciudades, hacia las calientes selvas del Norte, hacia cualquier lado lejos del espanto. Los que quedaron, los que resistieron, y algunos pocos que retornaron mucho después, cuentan hoy a sus nietos aquellos días de interminable rigor. “Los años malos” o “El viento grande” dan nombre a sus recuerdos”

Viento, primer escultor del mundo, anciano de aire que golpea las puertas del horizonte, antiguo morador del silencio humano que le has dictado al poeta Morisoli, el mapa lírico de tu patria errante: “¡Ventear el río en lontananza! ¡Ventear la luz feliz, el derramado sueño de los valles, el trémulo y menudo azul de los potreros en flor! ¡Facundia de maizales, aroma de lavanda y yerbabuena, sordo vibrar de abejas y sanjorges bajo la siesta de los manzanares! Allí el ángel o dios se torna duende, y mueve en brisabrisa al álamo temblón; corteja los racimos; arrulla a la primer hoja dorada sobre el tajamar de los silencios; y celebra, danzando, los esponsales del sietecolores. Ángel o demonio, el gran pájaro insomne canta para la soledad del corazón”

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